domingo, 2 de enero de 2022



Presentación del libro Meter la mano en las entrañas – sobre teoría y prácticas del género testimonial1 

Dr. Jorge Oswaldo Andrade Tapia 

Universidad Nacional de Educación de Ecuador

 

En primer lugar, quisiera agradecer a Aída Toledo por la invitación a presentar su libro. Lo considero un verdadero privilegio y una responsabilidad que espero poder cumplir satisfactoriamente. Voy a organizar mi presentación desde mi experiencia como lector y desde varios puntos de vista y los iré explicando de uno en uno, sin extenderme demasiado.  

  1. El primero punto de vista sería presentar el libro desde mi posición como un outsider, alguien que viene desde afuera, y nuevamente desde varios niveles.  

  1. Para empezar, debo decir que no soy un experto en el testimonio, aunque conozco algo sobre el tema. 

  1. También soy un outsider porque conozco muy poco de la literatura (y la historia) guatemalteca. 

  1. Y, por último, había conocido a Aída Toledo solamente como poeta. Leer su prosa ha sido solo una confirmación de talento como escritora y como crítica literaria y cultural 

  1. El segundo punto de vista gira en torno al texto de Aída como una experiencia de aprendizaje, de reaprendizaje y, lo que podríamos llamar, desaprendizaje 

  1. Por último, este libro me ofrece un desafío y una oportunidad. 

 

Como decía, no soy un experto en el testimonio, pero como cualquier estudiante de literatura latinoamericana, en la maestría y el doctorado conocí algunas de las obras analizadas por Aída en la primera parte de su libro. En los tiempos en los que hacía mis estudios de posgrado me familiaricé con las discusiones teóricas y no teóricas sobre el testimonio, y, en particular, con la obra Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia, que es uno de los ejes sobre los que gira el texto de Aída 

Aunque no es posible en pocos minutos hacer un resumen del texto, es posible señalar los aspectos que como lector me han resultado más valiosos.  

La primera parte del libro de Aída es un recorrido teórico e histórico del testimonio en Latinoamérica, un recorrido rápido pero puntual por los aspectos más relevantes de este género. Las páginas del libro me permiten refrescar mi memoria sobre aspectos que se me habían escapado con el tiempo: el rol del autor, del intermediario, del intelectual solidario, del transcriptor, del editor, los testimonios autoriales y la transdisciplinariedad descolonialPero también me recuerdan las teorías del subalterno y de la otredad. En ese sentido para mí ha sido un acto de reaprendizaje. 

El testimonio, como bien lo establece Aída, es en sí mismo un fenómeno complejo y complicado. Políticamente está marcado por una especie de estigma ideológico, el de la izquierda – con algunas excepciones, como los textos de Ujpan, analizados en este libro – lo que causa desconfianza en el establecimiento. También es un tipo de relato fragmentario, a momentos incompleto y hasta desinformado (cabe recordar que los autores – la autoría es uno de los debates por los que transitamos de la mano de Aída – son en muchos testimonios personas sin educación formal o personas que no hablan o no dominan el castellano)Los productores de estos relatos – orales o escritos – se encuentran en espacios políticos y sociales vulnerables y en ocasiones surgen de experiencias de supervivencia, como en las guerrillas o los periodos de guerra y exterminación. El relato testimonial también puede olvidar o recordar parcialmente hechos trascendentes, pero también es un texto necesario porque aporta para completar o reparar hechos históricos no registrados, intencionalmente o no. Es una especie de contrahistoria o archivo alternativo y eso también causa contratiempos frente al orden hegemónico. 

El libro de Aída me ha permitido hacer un recorrido por mi memoria de estudiante. Había olvidado los detalles de las discusiones – a menudo candentes – de la obra de Rigoberta Menchú. Me hizo recordar la visita de Rigoberta a la Universidad de California hace casi 20 años y todo el alboroto que causó en la universidad y en la ciudad. El teatro estaba tan lleno que tuvieron que pasar la charla por circuito cerrado para que todos los interesados pudieran escucharla. Pero también esta experiencia de reaprendizaje me ha hecho recordar el trabajo investigativo y los escalofriantes reportes de Rodolfo Walsh, en Operación masacre, la obra de los cubanos Esteban Montejo y Miguel Barneten Biografía de un cimarrón, el testimonio de la boliviana Domitila Chungara, la relación conflictiva ente Josefina Bórquez y Elena Poniatowska, en Hasta no verte Jesús mío, y más. 

Quienes, por desconocimiento o porque no es nuestra área de especialización, nos hemos mantenido al margen o solo hemos topado superficialmente los debates sobre el testimonio, el texto de Aída nos lleva por el camino del desaprendizaje. Recuerdo de mis años de estudiante de posgrado las acusaciones que se hacían a Rigoberta Menchú sobre supuestas falsedades en su primer libro. El testimonio es un tipo de historia paralela a la historia oficial, que dice lo que la historia oficial oculta. Y lo va a decir desde una memoria fragmentada, colectiva, una conjunción de recuerdos y testimonios orales. En el libro de Menchú se trata específicamente de la capacidad comunal del relato oral”. 

También hemos escuchado que el testimonio como género ya se ha agotado, pero como lo demuestra el análisis de Aída, “el testimonio no se ha agotado, ha mutado, se ha hibridizado más, se ha desplazado hacia un arte de la memoria principalmente”. Los textos testimoniales siguen apareciendo y siguen siendo necesarios, especialmente en países como Guatemala, cuya historia parecería ser una espiral eterna en la que la violencia, la pobreza, la discriminación son el eje constante sobre el que gira este círculo vicioso. 

Me ha impactado conocer por primera vez a autores como el Padre Ricardo FallaMario Payeras, y otros. Me ha sorprendido mirar el libro de Balam Rodrigo El libro centroamericano de los muertos en la categoría de testimonio, y puedo entender con claridad los argumentos de Aída. En este sentido, el libro de Aída ha sido también una experiencia de aprendizaje para quienes, como yo, conocemos tan poco sobre Guatemala.  

Conocía a Aída como poeta y muy buena en su arte. Ha sido una grata revelación confirmar su talento como escritora y crítica literaria y cultural en este libro. No puedo, sin embargo, dejar pasar un momento, de muchos, en el que la prosa y la lírica se mezclan en el ensayo académico. Me permito citar un párrafo de la conclusiónEn este momento utilizo esa imagen de La hora de la estrella de Lispector, para salir por la puerta del fondo. No estoy convencida que podamos concluir algo definitivo sobre el testimonio como género, sobre el testimonio como discurso, como gesto descolonizador. No me cabe la menor duda que el testimonio es un género literario que ha sobrevivido a la larga polémica teórica y práctica del siglo XX. Ha aguantado los golpes suaves o rudos de la crítica más convencional y conservadora. Ha estado en el banquillo de los acusados. Ha sido condenado como no- género, como no-literatura, se le ha negado la existencia. Y ha seguido reapareciendo en otros campos, entre otras disciplinas se ha colado, para seguir adelante discutiendo sus particularidades, su metamorfosis y su camaleonismo”. 

A veces discutimos con nuestros colegas y estudiantes y tratamos de convencerlos de que la escritura creativa nos permite acceder a la escritura académica. La prosa de Aída confirma lo que para los estudiosos de la lengua siempre ha sido una certeza. Un buen escritor creativo es un buen escritor académico.  

Al final, me parece que Meter la mano en las entrañas es un libro necesario, porque nos permite, como en mi caso, aprender, reaprender y hasta desaprender lo que conocíamos o pretendíamos conocer sobre el testimonio. Creo que los numerosos textos y temas que trata la autora merecían un poco más de espacio, pero la economía del lenguaje de Aída le ha permitido darles un lugar, aunque sea un poco apretado, en un libro que se lee rápido, que se disfruta y que al mismo tiempo afecta incomoda al lector. Deja en mi mente la sed por conocer más y mejor los autores que antes desconocía, buscar un libro del padre Falla, leer Los días de la selvade Payeras y releer y tratar de asimilar el contenido a veces brutal y a menudo doloroso de Balam Rodrigo en El libro centroamericano de los muertos, buscar el relato de Reyna Cabalibros que no son fáciles de conseguir en Ecuador.  

El libro de Aída también abre una puerta para mi propio trabajo como investigador: a eso me refiero con que es un desafío y una oportunidad. En los últimos meses hemos estado desarrollando un proyecto de investigación sobre la migración en el Ecuador, un tema presente que nos afecta como ciudadanos, como compatriotas, como docentes e investigadores. En el Ecuador, la migración – la emigración debería aclarar – se trata desde las estadísticas y los ensayos sociológicos, políticos, económicos y hasta históricos, pero no se le ha dado voz al migrante, y ese es un espacio en el que el testimonio nos puede ayudar a reconocer esta herida que, literalmente, desangra a nuestro país, y una vez que la reconozcamos, podamos buscar maneras de cerrarla, y si no sanarla, al menos dejar constancia de la importancia de la emigración, de los peligros, los riesgos y los resultados. 

Por todo lo dicho, por este recorrido por un género que no pasa, que no puede pasar de moda, agradezco a Aída por su libro que definitivamente mete las manos en las entrañas, unas manos que no salen limpias – no pueden hacerlo – pero que de alguna manera se purifican en las duras memorias que van apareciendo, fragmentadamente, a veces incompletas o inconclusas, pero siempre necesarias.  

sábado, 1 de enero de 2022









INICIO DE AÑO

Z y yo caminamos por primera vez por la pequeña ciudad a donde llegamos a vivir en el año 2001. Son como las 3 de la tarde. Salimos de la casa y al avanzar, cruzamos sobre la línea del tren. La ciudad se llama Tuscaloosa, y es como un pueblo de la costa sur guatemalteca. Sabemos por los libros de historia que en esta ciudad hubo campos de algodón en los alrededores. Y seguramente esclavos. Sus descendientes sobreviven en esta ciudad, y tienen los trabajos menos aventajados que se ofrecen aquí.
La experiencia de vivir en un lugar como Tuscaloosa no la volveremos a tener nunca. Aquí el tiempo se encuentra detenido. Es posible tener distintas experiencias que se vienen sucediendo a lo largo de mucho tiempo. Seguimos caminando, es un típico domingo en el sur norteamericano. Buses me dijo Z. No veíamos buses, porque en esta ciudad en el año que les menciono, no había buses. No tengo seguridad si ahora haya. En ese entonces el que no tenía carro, debía usar taxi. Los ancianos del lugar se podían subir al troli que existía en ese momento. Los estudiantes de las escuelas primaria y secundaria, usaban el bus escolar. El punto de todo es que nadie caminaba. Y si alguien lo hacía, podía ser detenido por la policía. Esa práctica debía ser un resabio de los tiempos fuertes de la segregación. No lo podría afirmar. Continuamos nuestra caminata. No veíamos a nadie. Luego sabríamos que toda la gente estaba en las diferentes iglesias. Nosotras somos tradicionalmente católicas. La comunidad católica de Tuscaloosa, es mexicana (lo aprenderíamos después). Sin embargo nunca fuimos a una misa católica dentro de esa comunidad. Empecé a ir a la iglesia pequeñita de la universidad entre semana, para no perder la costumbre de escuchar la misa. Esto lo hice durante 9 años. Nunca dejé de ir. La misa siempre era en inglés. Y la comunidad que asistía era mínima. Eso me gustaba mucho. Negros y blancos, y su mexican girl, que era yo. Con el tiempo aprenderíamos que la gente empezaba a circular en domingo después de la una de la tarde. Cuando el servicio terminaba. Durante nuestra estancia en Tuscaloosa que nos duró 9 años, la costumbre no cambió. Si querías salir a las pocas tiendas que existían en la ciudad y que no hubiera tanta gente, eso debía hacerse domingo por la mañana. Por otro lado en esa ciudad existía la ley seca cuando vivimos allí. No se podía comprar ni consumir licor el día domingo. Al menos no en público. Y ahora que lo recuerdo, yo que no bebo mucho, siempre tenía ganas de tomar un traguito los domingos, como que fuera un reflejo de la resistencia que se debe hacer a ese tipo de leyes raras, a las que yo no estaba acostumbrada por cuestiones religiosas. El tiempo pasó y lo medí en el crecimiento de mi hija. Llegó para hacer sexto primaria y terminó la secundaria para ir hacia la universidad, en el mismo lugar. Ahora que lo recuerdo, fue una especie de privilegio para mí, ver crecer a mi hija, estar con ella, acompañarla en todo. Porque mi vida en esa ciudad fue muy reposada. No hacíamos nada de actividad social. Lo que sí hicimos fue viajar. Fuimos por distintos lugares. Fuera y dentro de Estados Unidos. Conocimos personas y lugares insospechados. A propósito de inicios de año, entre el año 2003 y 2004 fuimos a París, Francia. Salimos de Tuscaloosa 18 días antes de que terminara el año. Fue muy intenso. Nunca imaginé conocer París. El padrino de mi hija, nos albergó. Visitamos la ciudad museo. Estuvimos compartiendo con Dante y Marjorie. Volvimos a Estados Unidos el día 31 de diciembre de 2003. Un día como hoy despertamos en esa ciudad tan rara y tan nuestra en ese momento. A inicios del año 2008, decidimos ir a New Orleans. Nos preparamos temprano para salir en carro. El viaje sería de 6 horas desde Tuscaloosa. Por seguridad les dije que mejor si llevábamos unos sandwiches, galletas, fruta y bebida. Todos pensamos que en los descansos del camino, siempre hay tiendas pequeñas abiertas, y el baño para poder descansar un momento y seguir el viaje largo. Que no habría problema para encontrar un lugar abierto para comer. En tanto salimos de la ciudad y empezamos el viaje, muy a pesar de ya llevar más de cinco años de vivir en dicha ciudad, nunca habíamos notado la total ausencia de gente un día primero del año que iniciaba hasta en ese momento, que habíamos decidido salir hacia New Orleans. El viaje fue mucho más silencioso que nunca. Muchas imágenes de películas se nos venían a la memoria, donde los personajes iban viajando absolutamente solos por caminos raros y agrestes. No sé si lo saben, pero el camino hacia New Orleans desde Tuscaloosa es recto. No encontrás curvas. Todo es recto y te podés dormir de la monotonía que puede surgir de ir viajando de manera inamovible por el camino. Las curvas las íbamos a encontrar al casi llegar a la otra ciudad. Las ciudades pequeñas que iban apareciendo eran todavía más muertas que Tuscaloosa, porque íbamos ya por Mississippi, y allí el paisaje iba cambiando. Era todavía más rural el ambiente. Una casita por allá, otra todavía más lejos, graneros y construcciones rurales que solo se ven si viajás en carro. Todos pensábamos que en el primer descanso encontraríamos la tienda abierta, los baños y gente. Pero nada de eso sucedió. Nos paramos un momento, pero decidimos continuar. No pudimos casi parar sino cuando ya íbamos más cerca de New Orleans. Sentíamos cierto temor. Y debíamos ser precavidos. En ningún descanso hubo comida o gente atendiendo. Tarde sabíamos que los primero de cada año, nadie salía de sus casas a esa hora. Viajamos todas las horas comiendo lo que yo había preparado. Bebiendo lo que llevábamos. Ya cuando estuvimos a dos horas de New Orleans, el tiempo había ya transcurrido, y en el descanso al que llegamos sí había baños abiertos. Al fin. Pero nada de comida disponible, ni café ni nada. Fue hasta que por fin se acabó la recta e iniciaron las curvas, y apareció la ciudad a lo lejos, que supimos que la pesadilla de película se había acabado. Buscamos el hotel. Nos instalamos. Allí encontramos cafe y donas para comer. Pero la ciudad lucía vacía. Decidimos bañarnos, arreglarnos un poco y salir, y a buscar un lugar donde comer algo. Caminamos mucho. Al fin un restaurante chino a la vista era lo único abierto. Allí degustamos lo que había. Además habíamos aprendido que los primero de enero nadie sale a la calle en esas ciudades. Solo nosotros habíamos tenido la experiencia del nuevo año, en medio de una profunda soledad. Nos habíamos aventurado hacia New Orleans, que por suerte no nos había acontecido nada malo. Fue intenso. Como muchos días primero del año que iniciábamos viviendo en el sur de Estados Unidos.

SE VA A CAER (patéticas historias para celebrar el 8 de marzo y que nos nazca la consciencia feminista) Han pasado ya muchos años desde que ...