SE VA A CAER
(patéticas historias para celebrar el 8 de marzo y que nos nazca la consciencia feminista)
Han pasado ya muchos años desde que me diera cuenta que aquello que me decían que tenía que hacer no tenía sentido para mí, y solo servía para no hacer quedar mal a otra persona, fuera esta un hombre o una mujer.
He estado recordando anécdotas de situaciones en las que me vi envuelta a veces con mi consentimiento, otras veces por inercia, o por no darme cuenta que me estaban manipulando. Y es que manipular a una mujer, joven o mayor es un arte del patriarcado o de quienes defienden esos valores, aunque sean mujeres.
Las anécdotas que se me vienen a la cabeza son reales, les han sucedido a distintas mujeres, y en conversaciones que sostuvimos hace dos años para hacer terapia nos hemos reído de lo ridículas que pueden parecer hoy, pero cuando sucedieron fueron hasta dramáticas, increíbles e insostenibles.
Una de ellas es la historia de una chica que recién casada, descubre que tiene que hacer todo el oficio de la casa (además de trabajar y devengar un sueldo en una oficina) y que el marido no va a ayudar, a pesar de que cuando ella lo conoció, él siempre hacía oficio de la casa, lavaba su ropa, la tendía, y realizaba todo tipo de oficio casero, que ahora ya no quería hacer, porque ya tenía quién se lo hiciera. Como que el matrimonio traía una empleada doméstica inserta con el contrato matrimonial.
Otra historia muy ilustrativa es la de la explotación. Una chica nos comentó que recién casada, el marido explicó cómo serían los gastos de la casa, la madre (con quien vivirían) pagaría el alquiler de la casa, la esposa (que era quien nos contaba la historia) pagaría la comida, y él pagaría las cuotas del carro y la gasolina (el carro que solo él usaba porque no llevaría a ninguna de las dos mujeres a sus trabajos). Esa historia siempre me ha parecido muy interesante y desquiciada. Cómo imaginar que un hombre con el que te acabás de casar diga semejante infamia, y que crea que está bien, que así debe de ser.
La tercera historia es más actual, el hombre con el cual la chica se había juntado no trabajaba, pues tenía que cuidar de sus hijas en la tarde, y solo hubiera tenido que conseguir un trabajo de mañana y eso no existía en su universo. Entonces solo la chica trabajaba, él se quedaba en la casa leyendo, escribiendo, por la tarde veía a sus hijas, y cuando ella volvía de sus trabajos, porque tenía dos, allí estaba él muy solícito y descansado, esperándola para cenar. Pero ella era tan feliz que no se daba cuenta de que era un error.
La cuarta historia es un poco distinta, la mujer se había unido con un hombre casado, y se llevaban muy bien, ella nunca había conocido a alguien como él, era tan feliz que no discutía ni argumentaba nada de lo que hacía con él, que le parecía diferente. A veces ella ayudaba y lo apoyaba en los trabajos free lance que él conseguía, pero él no le agradecía con nada. Siempre fue de gratis digamos. Hasta que un día su comadre le preguntó a él, que cuánto iba a ganar la chica por todo el apoyo que le había dado en un proyecto que él había terminado. La realidad fue que él respondió, que ella tenía trabajo, que no necesitaba que él le pagara por lo que hacía, y que ella estaba de acuerdo. Y ella pensó, que efectivamente hasta ese momento, no se había dado cuenta de que la explotaba, y no contra su voluntad.
La quinta historia es la de una chica que estando casada y con mal matrimonio, resulta enredada amorosamente con un hombre casado. Tienen un romance secreto, hasta que un día se dejan de ver e inician a escribirse cartas, porque él vivía en otro departamento, y no eran los tiempos de los celulares. La chica que trabajaba en la capital empieza a enviarle cartas con una mujer que llega al trabajo de ella pero que va los fines de semana al lugar donde vive el amante. Cada semana le informa que le entregó la carta, pero que él no dijo nada más, y así hasta que la chica se cansa, y un día se va al lugar donde él vive, y le pregunta si acaso le han entregado las cartas. La chica había pensado que la mujer intermediaria no le daba las cartas, pero allí descubre que sí se las había entregado, pero que él era quien no quería responder. Enamorada como estaba le pregunta que por qué, y él responde que le había agarrado miedo la fuerza con la que ella lo amaba, y que sentía que se lo iba a comer un día, que ella daba miedo. Y que entonces había decidido no responder y continuar con la relación.
Esa situación nos pareció terriblemente colonialista cuando ella lo contó. Porque sabemos que durante la colonia española, los hombres les tenían miedo a las mujeres nativas porque se los podían comer. Y en plena transmodernidad había un hombre que creía ciertamente que la amante se lo quería engullir. Lo cual es verdaderamente desquiciado, pero muy ilustrativo de que las cosas no han cambiado tanto en el imaginario de las postcolonialidades. Una mujer que decide amar a un hombre contra las convenciones y lucha por ese amor, es rara, da miedo colonial.
El punto central de todas estas historias es una falta de sentido crítico, dinámica que podría ayudarnos a analizar nuestra situación e intentar salir de ella.
Personalmente me he equivocado muchas veces en cuanto al amor se trata. Nunca alcancé a tener una relación amorosa estable. Hoy considero que cuando te quedás a vivir una relación donde se repiten patrones de explotación, abusos verbales o corporales, o permitimos que los hombres agredan a nuestros hijos e hijas, estamos mal. He visto situaciones donde o no queremos aceptar esa realidad, o no tenemos fuerza para enfrentar a nuestros agresores o a los agresores de personas a quienes amamos.
Pero la agresión mayor que nos pueden hacer los hombres y lo siguen intentando es creer que no somos capaces de alcanzar metas, que no somos lo suficientemente inteligentes para cambiar nuestras vidas para mejorarlas con mayores conocimientos, oportunidades y decisiones.
Seguimos teniendo miedo a la soledad, al desamor, a morir solas o momificadas en una habitación donde el agresor todavía entre ante nuestros restos a fumar un cigarrillo.
Las historias que escuchamos hace dos años nos sirvieron mucho a algunas de nosotras, abrieron nuestras consciencias y nos permitieron buscar más dentro de nosotras mismas. Si emanciparnos mentalmente es feminista, pues hicimos eso. ¿Hasta dónde alcanza esa emancipación? Pensamos cuando nos hicimos esa pregunta, que al menos somos más capaces hoy, de decidir por nuestras propias vidas. Hemos aprendido a ser económicamente libres, y eso ayuda a resolver parte del conflicto de seguir bregando y de estar en medio de situaciones muy patriarcales.
Es importante escuchar las historias de las otras mujeres, pero con una actitud crítica. No paternalista ni maternalista, tratar de ver dentro de esas historias como a través de una especie de espejo, que nos refleja, que ahonda en nuestras propias pasiones, que permite que veamos en las historias de las otras, nuestras propias deformaciones.
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