martes, 7 de abril de 2020



Más que una pequeña trampa: Del vacío, la memoria y la palabra

La obra poética de Aída Toledo es todo menos certidumbre, lo vemos –sentimos- en este nuevo libro con el que parece continuar el desdoblamiento existencial que inició desde sus poemas más tempranos. Mientras leo los poemas de este nuevo libro resuenan libros como Brutal batalla de silencios (1990) o Realidad más extraña que el sueño (1994), o bien obras más recientes, como Con la lengua pegada al paladar (2006) o Un hoy que parece estatua (2010), pero no como repetición, sino como diálogo constante consigo misma y como confirmación de una línea de reflexión sobre sí misma y sobre su entorno que se nos presenta siempre coherente y honesta, eso sí, presente de manera fragmentaria y obligando a los lectores a descifrar y a seguir ese hilo de Ariadna que no deja que nos perdamos.
Pero no estamos frente a una poeta que se mueve dentro del plano de lo puramente referencial. Lo suyo es la construcción de poemas que pueden leerse a diferentes niveles, pero para quien conoce su obra –y su vida- es obvio que Más que una pequeña trampa es muchas cosas al mismo tiempo: lectura de sí misma en clave poética; diálogo con sus lecturas literarias y filosóficas; apuesta lúdica por el enigma; invitación a dejarse llevar por el ritmo y la sensualidad de la palabra. En fin, lo suyo es el reto y la apuesta de quien se lanza al abismo de la palabra y de la vida como abismo, como cenote.
Y es que en medio de todo se encuentra el cenote como símbolo camaleónico de una persona poética que dialoga consigo misma, con la vida y con ese ser que se define desde el juego de tiempos paralelos pasado/presente/futuro que coinciden en el poema y en donde la memoria se mezcla con el deseo. De tono filosófico, los poemas de Más que una pequeña trampa nos hablan también de una poeta que indaga sobre sí misma a partir de lecturas y preocupaciones existenciales que se yerguen también como una biografía en clave académica e intertextual. Reconocemos, por ejemplo, la presencia de Nicanor Parra o de María Zambrano, pero también nos encontramos frente a agudos guiños literarios, como el de esa rosa puntual  del “Nocturno rosa” de Xavier Villaurrutia y de “La rosa puntual” de Enrique Noriega, poetas que forman parte de su biografía personal y literaria y con los que la voz poética de Más que una pequeña trampa dialoga. De ahí que esa pequeña trampa  vaya más allá que aquellos itinerarios que la poeta pueda haber definido de manera consciente.
Dividido en dos partes: O la nada o el vacío y Cenotes, el libro se sostiene sobre la idea del abismo y el vacío. A su vez, la primera parte está dividida en La cuerda y De la ahorcada, aludiendo a ese constante ir y venir del riesgo y la probabilidad –la cuerda- a esos saltos al vacío que suponen el reconocimiento de la derrota y la imposibilidad –la ahorcada. Allí volvemos a encontrar nuevamente la presencia de tópicos conocidos y ahora presentes de forma renovada:  el amor y la pérdida; la memoria; el desdoblamiento del sujeto poético (“Fuera lindo / Que yo / Fuera la otra, nos dice en Cenote V); la muerte; y, por sobre todo, la palabra que convoca y que concede existencia sobre una página en blanco que también es cuerpo y es vacío–abismo-cenote, como lo leemos en el Cenote I, que se nos ofrece casi como un manifiesto:
La soledad de la palabra
Imaginada
Antes de ser escrita por la mano
Lista para saltar
A la página en blanco
Pequeña suicida
Sin cenote

Y sí, la persona poética se lanza a Más que una pequeña trampa de una manera brutal en donde la reiteración hace que leamos este libro como un largo poema en donde la pregunta central que se platea es sobre la vida, el desamor, el miedo y abismo de una voz que, sin embargo, se salva y se reivindica por el cuestionamiento a través de la palabra, que la define y la salva:  “en esta página escribo mi nombre”, “digo la palabra rosas y ellas aparecen”, dice la poeta.
Maestra del ritmo y de la adjetivación, Aída Toledo nos entrega un libro en donde cada poema es una construcción poética cuidadosamente diseñada y en donde la memoria personal se ve acompañada por una serie de sutiles referencias contextuales y literarias que hacen que la persona poética se vea acompañada de otras presencias y otras voces, algunas más obvias que otras. Cada poema de este libro es, de alguna manera, la construcción de una escena, de ahí su carácter cuasi cinematográfico, eso sí, a partir de la sugerencia, el fragmento y el juego de planos.
De poemas desgarradores y duros por momentos –aunque sin abandonar ese humor negro tan suyo-, Más que una pequeña trampa, vuelve de nuevo a esa sensualidad y ese erotismo que la poeta ha cultivado a lo largo de su trayectoria y que se nos aparece en este libro quizás de manera más introspectiva y sutil, pero siempre presente, como se nos presenta en el Cenote VIII: 
Este cuerpo se escribe
En estas líneas
Se posa sobre la página
Acariciándolo a usted
Que se encuentra tan lejos
Estamos ante una voz poética que se va dibujando a partir de esos cenotes que se presentan como abismos a los que acude ante la soledad, el abandono, el miedo y el abandono, pero que también son la posibilidad de dejarnos atrapar por una palabra que nos reta y nos interpela. Más que una pequeña trampa no solo es la reflexión sobre la vida, es también la invitación a lanzarnos a una experiencia poética de la cual podemos ser cómplices.

Introducción. Anabella Acevedo


jueves, 19 de marzo de 2020

                                           (Diamela Eltit en una de las acciones de CADA)

                                                            C.A.D.A.: LA FRANJA DEL NO+

En 1979 Diamela Eltit y otros artistas de Chile, entre ellos Raúl Zurita, Lotty Rosenfeld, Fernando Balcells y Juan Castillo, fundan el colectivo de arte, C.A.D.A., que se constituiría en un colectivo de acciones de resistencia, sobre las problemáticas, políticas, económicas y culturales en el Chile de la década del 70.
Leyendo las acciones que ejecutaron en un periodo beligerante políticamente, son altamente significativas para la historia del arte latinoamericano. Sobre todo para países que como Guatemala y Chile, han experimentado ciudadanamente la fuerte represión de estados dictatoriales.
Una de las acciones que el grupo realizó fue el de "Para no morir de hambre en el arte" en 1979, donde trabajaron con sus acciones el problema del hambre y la pobreza, y señalaron un alto valor simbólico a la leche. Repartieron medio litro de leche en un lugar de extrema pobreza como una de sus más importantes acciones.
Se mantuvieron activos toda la década del 80 y se enfrentaron con distintas acciones, creando finalmente una frase que tuvo mucho impacto político y donde discutieron todas las problemáticas del Chile de Pinochet. En 1983, crearon el No+, cuyo impacto fue central en la población, ya que se añadía y toda la gente lo podía hacer en distintos lugares, uno de los problemas que aquejaban a la población de aquel entonces: No +  muerte, tortura, desapariciones, hambre, pobreza, cesantía. La consigna sería usada en 1988 en lo que llamaron, la Franja del No. 


miércoles, 18 de marzo de 2020


CON PENÉLOPE EN EL TRÓPICO
Hace años me senté a la par de una persona en Antigua. Estábamos almorzando con los participantes de un congreso de literatura. Era una época de viajes, de aviones, de fronteras, de aduanas, de idas y venidas de uno a otro lado. Yo viajaba casi siempre con mi hija. Sin ella yo no habría podido hacer todo lo que he hecho. Entonces me senté a la par de un hombre norteamericano. Me preguntó dónde podía conseguir el libro de los poemas que yo había leído en una de las lecturas de obra del congreso. Le interesaba el tema de mis poemas.
Eran poemas sobre Penélope, de hecho yo había creado una/otra Penélope en los poemas. Estaba tropicalizada. Dialogaba esasuvozmía con la del mito. El tema de la fidelidad lo iba yo desarrollando en la poesía.
Nos tocó vivir una época de transición. Digamos que era difícil ser una joven en ese entonces. Nos movíamos gelatinosamente entre ser vírgenes y no serlo. Todavía creímos lo de los príncipes de los cuentos. Creer religiosamente en algo te hace caer de una altura mayor. Y las desilusiones nos llevaron a algunas a cuestionarnos, a través de nuestra propia experiencia, qué significaba para nosotras ser o no ser puras, ser o no ser diáfanas, ser o no ser fieles. ¿Y que era eso de ser fieles? ¿En que consistía?Nos repetían aquello basados en el concepto tradicional del término.
Leer la literatura griega, al menos a mí, me hizo cuestionarme mi propia experiencia periférica, desde un lugar en caos casi siempre, desde que nací. Siempre la situación política mediaba nuestras vidas. Crecimos en medio de conflictos estudiantiles, enfrentamientos entre estudiantes y policía, huelgas de maestros, de trabajadores, de gente que se atrevía a pelear derechos. Asistimos a ver en las calles la muerte de líderes, desapariciones forzadas, desapariciones por estar militando de forma subversiva. Todo aquello es nuestro contexto histórico y político. ¿Cómo congeniar todo aquello con las relaciones amorosas? ¿Qué oportunidad teníamos de concretar algo? Cuando el amor siempre parecía un cadáver. Así fue. Por eso viramos, hicimos un desplazamiento. Nacimos para reinas, pero nos transformamos en brujas, por no insertarnos muchas de nosotras en la vida tradicional de nuestras mayores. Transgredimos la vida planeada por nuestros padres. Nunca nos adecuamos. Conozco muchas compañeras del mismo momento que tampoco iban concretando lo que llamaban una "vida normal". No pudimos.
Las coordenadas políticas también incidieron. Nuestra vida de juventud se fue entre el compromiso político de amigos, familiares, conocidos; la inestabilidad política, los problemas laborales, la vida mustia que vivíamos en medio de tanto miedo, nos cansó.
Cuando empecé a desarrollar hacia la escritura, el personaje de Penélope fue central. Me di cuenta que ella había inventado una estrategia. Y que la historia detrás de esos subterfugios no estaba contada. Así desarrollé ese libro que le gustó al norteamericano, a dos voces. El libro se llama Realidad más extraña que el sueño (1992), me gané un segundo lugar en el Certamen 15 de septiembre en ese mismo año. Se publicó en 1994, por la Editorial Cultura. Escribí ese libro cuando mi hija ya existía, era una bebé cuando yo estaba escribiéndolo. Lo escribí enferma. Penélope me hizo comprender que iba a cambiar mi vida. Que si sobrevivía, mi vida ya no iba a ser la misma. Tenía una tremenda responsabilidad. Ser madre ya tarde es una responsabilidad que una no se imagina. En ese momento, era la primera vez que tenía una relación que requería que me comprometiera con el concepto de fidelidad. Y quizás por eso apareció Penélope hablándome al oído.
Pensar, repensar, volver a la figura de Penélope me hizo reflexionar sobre mi propia existencia. Buscar un subterfugio, encontrar ese algo para que mi vida no fuera tomada por otros. Los pretendientes fueron una alegoría para mí. Ese libro sobre Penélope lo escribió una madre que estaba enferma, una mujer que se daba cuenta que sentimentalmente su vida también había cambiado. Penélope me salvó. Escribir ese libro fue hacer un análisis sobre mi propia conducta, entender por qué hacía lo que hacía. En el fondo yo tenía mi propia Penélope en el trópico.
El amigo norteamericano del que en este momento no recuerdo el nombre, le llevó ese libro a Brigidina Gentile, escritora italiana que estudiaba mujeres de habla española, que trataran el tema en la poesía. Fue el destino pienso. Sentarme a la par del amigo norteamericano. Que él me hubiera escuchado los poemas sobre Penélope. Que ese fuera el tema que Brigi andaba buscando. todo se conjugó, y por primera vez una traductora italiana, hizo traducciones de mis poemas, y los colocó en esta antología.
La historia escrita es larga, pero la historiografía literaria necesita de detalles a veces.
Hoy recibí un mensaje de Brigidina, saludando en tiempos de coronavirus, para decirme que si podía actualizar mis datos, para una reedición de la antología. No todo es malo pensé. En tanto unos nos buscan de forma extrañamente inquisitorial, otros y otras, nos buscan con el respeto que ofrece la escritura de poesía.

viernes, 6 de marzo de 2020




DE ROSA A LUISA: UNA FEMINISTA GUATEMALTECA DE LOS AÑOS 20

Rosa Rodríguez López nace en 1907 en Guatemala y fallece en la misma ciudad en 1992. Desde un inicio Rodríguez es enviada por su familia a los Estados Unidos a la edad de nueve años para continuar allá su formación en una escuela religiosa. Al volver a Guatemala cuatro años después se encuentra con que en el país las muchachas no tienen oportunidad de ir a la Universidad, lo cual le causa gran impacto.  Además porque se veía a sí misma como escritora y periodista, se da cuenta rápidamente que en el medio político en el que se encontraba tendría que insertarse de una u otra forma, en las redes sociales que se encontraban abiertas por un movimiento social y cultural de transformaciones de la sociedad. De esa manera entra a pertenecer a esa red social que giraba en torno a una serie de publicaciones en forma de revistas y periódicos, que intentaban de varias maneras modernizar los espacios públicos. Dichos espacios de acuerdo a la crítica, eclosionaron tras el derrocamiento de Estrada Cabrera y proliferaron durante la dictadura de Ubico. Las mujeres de este grupo a donde se integra Rodríguez, provenían en su mayoría de la generación de 1920 en Guatemala, y se presentaban como poetas y escritoras. Poseían en los medios de comunicación, una sección cultural llamada “Sociedad Gabriela Mistral”, y manejaban para sí, al menos dos columnas fijas para debatir los derechos de género y pelear por las reivindicaciones ciudadanas. La red de mujeres estaba influenciada fuertemente por la teosofía y las mismas autoras pertenecían  a asociaciones y clubs espiritistas.[1]
 Es en este contexto que Rosa Rodríguez inicia el largo camino de asaltar como puede los espacios abiertos por las coyunturas políticas y culturales. Llegando de alguna forma a fundar esta sociedad con su hermana y otras de las mujeres de la misma generación.   No podemos dejar de mencionar que durante este periodo de tiempo con la “Sociedad Gabriela Mistral”, Rodríguez aprende a valorar los densos vínculos de solidaridad e identificación que existen entre estas escritoras de la sociedad Mistral. Ya que se sienten de alguna manera, pertenecientes a las redes teosóficas, pero principalmente por la identificación de género. 
Ya se ha señalado que fue Rodríguez quién asumió un papel protagónico en estos grupos de mujeres organizadas y unidas por dos fuertes vínculos. Es importante desde nuestra óptica, cómo ella logra aprovechar con sus compañeras, un espacio que las ayudó a salir del ámbito doméstico-privado, donde se movían, y empezar a generar opinión desde distintos medios de comunicación, con lo que realizan lo que llamaremos aquí el “asalto del espacio público”. En sus escritos periodísticos trató temas feministas, y la agenda que manejaban a nivel de grupo les dio la oportunidad de discutir estos temas que no habían sido todavía debatidos, sino únicamente en círculos reducidos o dentro del espacio doméstico.
Rosa Rodríguez al igual que otras de las mujeres de la sociedad Mistral, también aprovecharon la coyuntura del estudio de la teosofía. Ya que no se veía mal que las élites intelectuales urbanas, se dedicaran a su estudio y que lo ampliaran hacia las reflexiones sobre el espiritismo.  Esto las privilegió para poder discutir abiertamente por los periódicos, los asuntos relativos no solo al derecho de las mujeres respecto al trabajo y el voto, sino a tocar otros temas como el del regeneracionismo.[2] Rodríguez López y sus compañeras aparecieron publicadas en la revista Vida, cuya duración fue de dos años, publicando de septiembre de 1925 al 15 de junio de 1927. Fueron 48 números, pero donde es significativo  que los directores fueran siempre varones. Sin embargo esto no lo discutían ellas, ya que estaba en uso el padrinazgo de algunos escritores de su propia generación. Su participación en la sociedad Mistral le enseñaría y ayudaría al trabajo que haría en el futuro. Este momento coyuntural le enseñaría a discutir ampliamente los asuntos de género sin apasionadas y radicales posturas feministas. Y aprendería en la práctica que era necesario trabajar para abolir la inferioridad de las mujeres, de la cual nos deja noticia en sus ensayos, demostrando que podían ser dignas de igualdad política y social.
Cuando Rodríguez decide salir para México ha cumplido 19 años, es el año 1926, podemos señalar que la revista Vida, se deja de publicar en junio de 1927. Lo que nos hace conjeturar sobre el liderazgo que tenía esta escritora en las publicaciones de la sociedad Mistral.   Se desplaza hacia la ciudad de México, para estudiar en la UNAM donde logra inscribirse sin problema alguno. Además pronto encuentra trabajo como periodista en un diario que da noticias sobre Guatemala. Aquí inicia su participación dentro de un grupo de intelectuales entre los cuales estaba Diego Rivera. Al mismo tiempo conoce a quién será su primer esposo, Miguel Ángel de León, dieciséis años mayor que ella. Es el momento también de su primera publicación, un libro de poemas titulado El vendedor de cocuyos (1927). Luego de un tiempo en este círculo junto a su esposo, continúa una travesía, que en la vida de la guatemalteca no se detendría. Además con de León procrea su única hija y de México se trasladan a Nueva York, en un momento duro de la depresión económica en Estados Unidos, durante la década del 20.  Su vida daría en Estados Unidos un cambio radical, ya que debe dedicarse a trabajar como obrera en un taller de costura. De ese aprendizaje como costurera, viviendo en el Spanish Harlem, Rodríguez obtiene una fuerte experiencia de sobrevivencia y de conocimiento, ya que deberá hacerse cargo de su propio hogar cuando colapsa su matrimonio. Sería haciendo este trabajo que conocería las condiciones miserables de vida de los trabajadores hispanos en Nueva York. De ese periodo es la fundación de la “liga de las costureras” donde participa activamente. La organización se convertiría con el tiempo, en un espacio legal para buscar mejores condiciones laborales para el colectivo donde se encontraba inserta. Pero uno de los movimientos políticos más fuertes que hace en ese momento, es el de unirse tanto al “Centro Obrero de Habla Hispana” como al “Partido Comunista Estadounidense”, acción que le representaría con el tiempo una gran desventaja para su estatus migratorio.
Su matrimonio finalmente fracasa y abandona Nueva York con su hija en 1935, marchándose solas a Florida, donde ha aceptado un trabajo para organizar a los trabajadores  fabricantes de cigarros, cuando laboraba para la Federación Americana del Trabajo. Y es allí cuando decide dar el salto del que hablamos, en primer lugar porque toma conciencia de su nueva clase social.  Se cambiará inicialmente el nombre y asumirá de allí en adelante una nueva identidad, más en relación  con las mujeres que vivían en condiciones similares a las de ella en posición de inmigrantes.  Asume entonces el nombre de Luisa Moreno, cuyo homenaje se lo hace a una obrera común y corriente. Se sabe ahora por recientes investigaciones, que su nombre de pila cambia a Luisa, en honor a Luisa Capetillo, de origen puertorriqueño, quién trabajara por los derechos de las inmigrantes en Florida al menos dos décadas antes que Rodríguez López apareciera en la escena. Y el apellido lo toma del nuevo color con el cual se identifica, en oposición al color blanco, que su nombre de pila rezaba. Y de allí en adelante lo utilizará en sus batallas pro organización de los trabajadores en Florida, Texas y California.[3]   
“La caravana de penas”
Así tituló Rodríguez López, alias, Luisa Moreno, el discurso que dictara en Washington D.C. en 1940, con el que denunció la dura vida y el mal trato del trabajador inmigrante, ante la Convención del Comité Americano para la Protección del Inmigrante (CAPI). A partir de esta acción política, directamente en el espacio público como inmigrante, va a iniciar su propia peregrinación. Esta acción realizada por la guatemalteca es uno de los acontecimientos de mayor envergadura realizado por las mujeres de la primera mitad del siglo XX, del que tengamos noticia. Su presencia en el espacio público-privado, fuera del país será tan visible que terminará por ser detectada por las autoridades de migración, dado que nunca había aplicado a la ciudadanía estadounidense.   De esa cuenta en 1948 a cambio de mal informar a otro líder de estos movimientos, el FBI le ofrece la ciudadanía, pero ella se niega y junto a su actual esposo, Gray Bemis , sale de Estados Unidos en 1950, para no regresar jamás.
De vuelta en Guatemala asume su identidad real, y participa por supuesto en las actividades del gobierno de Jacobo Arbenz. Una de sus actividades fue la de la campaña de alfabetización para las mujeres en las comunidades indígenas del altiplano. Y aunque no se haya estudiado bien este periodo, ella aparece como una de las escritoras de lo que se conoce como la primavera democrática.  Al caer el gobierno de Arbenz, sale para México en un nuevo proceso de exilio, donde trabajará como traductora, y seguidamente se va a vivir a Tijuana, trabajando para una galería de arte. Allí recibe en alguna ocasión a los activistas César Chávez y Dolores Huerta , buscando consejo por su experiencia política con los migrantes y las leyes. A mediados de 1980 intenta ingresar a Estados Unidos desde México, por problemas de salud, pero le es negada la entrada, por lo que regresa a Guatemala a vivir con los familiares que le quedaban y fallece en la ciudad en 1992.



[1] Las autoras estaban vinculadas a las redes latinoamericanas y mantenían abierta una columna de debate con otros compañeros de su generación, tratando de crear opinión pública, y en las mujeres en particular, sobre la necesidad de incorporarse a la sociedad con plenos derechos al trabajo, a la maternidad libre, al acceso a la cultura y al voto femenino. Para este tema ver, Marta Casaús Arzú, “La creación de nuevos espacios públicos en Centroamérica a principios del siglo XX: La influencia de redes teosóficas en la opinión pública centroamericana”. Revista Universum. No. 17, 2002, 297-332
[2] En el país se fundó el Círculo de Estudios Teosóficos en 1922. “Es interesante mencionar que el vicepresidente era Carlos Wyld Ospina y de vocales estaban las señoras de Quiroz y Vives. En otros artículos se refleja la alta participación de las mujeres en las sociedades teosóficas, la  que será permanente y muy extendida a lo largo de tres décadas, desde 1920 hasta 1950”. Ver Casaús, “Las redes teosóficas de mujeres en Guatemala: la Sociedad Gabriela Mistral, 1920-1940”. Revista Complutense de Historia de América, 2001, 27: 219-255.
[3] En 1938, como miembro de la Unión de Trabajadores Envasadores, Agrícolas, Empacadores y Afines de América, organizó a los desgranadores de nueces de San Antonio, Texas, en su reclamo por un mejor pago. Más adelante, trabajó con los laborantes de las plantaciones en el Valle del Río Grande, Texas. Posteriormente, en 1939, fue una de las fundadoras del primer Congreso de Pueblos de Habla Hispana en los Estados Unidos, organización que perseguía dar fin a la segregación en lugares públicos, en la educación, vivienda y trabajo. Efraín Figueroa. Diario de Centroamérica. Guatemala, 11 de septiembre de 2015. Revisado el 12 de septiembre de 2017. https://dca.gob.gt/revistaviernes/index.php/contando-el-tiempo/932-luisa-moreno-poetisa-y-lideresa-de-los-inmigrantes

(Fragmento del capítulo En el filo del cenote (Interioridades críticas de lo literario en Guatemala de Aida Toledo. Guatemala: Cara Parens, 2019)


lunes, 10 de febrero de 2020

A
costumbrada a que la vida era una mierda Mikaela pensó
que lo mejor era suicidarse, pero quitarse la vida seguro
iba a ser una tarea difícil para alguien tan cobarde como ella.
Cada mañana amanecía pensando que si la muerte viniera y se
la llevara como en los cuentos, ella ya no tendría que hacer esfuerzo
alguno. Pero la muerte no lo hacía por lo tanto habría que poner
manos a la obra.
Desde pequeñita había sentido el dolor, le retorcían los dedos
si se quejaba, la pellizcaban si la veían feliz, le tiraban objetos
en la cara sin razón aparente.
No, no había sido fácil. Sabía que irse de esta historia lugar
común, acerca de niños maltratados era lo mejor, sobre todo si
su madrastra, pues la había (si no no fuera tragedia completa), le
tenía deparado un destino de perros apaleados.
Había leído en su diario que pensaba venderla a un viejo de
esos libidinosos que compran niñas como esposas, cuando se
cansan de la anterior, lo cual no le parecía muy gratificante, allí
pasaría el resto de su vida, probablemente apaleada también,
pues no iba a dejarse hacer nada por semejante gusano.

Su padre (personaje trivial de toda historia trivial) había
muerto de una enfermedad mal cuidada y la había dejado, sin
quererlo, en manos de la bruja de su última esposa. Y sí, también
había hermanastras que eran peores que la madre.
Y para hacer más traumática esta historia, de edad un tanto
mayor que ella, se habían dedicado a explotarla, en el buen sentido
de la palabra, pues además de hacerles la comida, servírselas,
esperar a que terminaran, lavarles y plancharles la ropa, ya
adolescentes, les había dado por tocarla por las noches y le pedían
todo tipo de caricias que ella suponía se hacía sólo con los novios.
De esa cuenta había decidido buscar una salida. Los
subterfugios de los cuentos que su padre le leía cuando era niña,
y que ahora sólo existían en su memoria infantil tales como ruecas,
manzanas envenenadas, hadas salvadoras, príncipes de beso o
peroles de agua caliente, eran únicamente parte de su imaginario
personal, y además sus hermanastras, temerosas de los deseos
suicidas que advertían en su mirada mientras le hacían el amor,
la vigilaban constantemente. Así que luego de reflexionar decidió
que lo mejor era quitárselas de en medio.
La señora que llegaba a dejar la leche y el pan y con quien ella
había hecho una buena relación, la ayudó recomendándola con una
mujer que preparaba además de pociones de amor, también de odio,
envidia, cólera, resentimiento, abulia, hastío, bueno le hacía a los
mil oficios.
Esto era lo que necesitaba pensó, y decidió regalarles un via-
jecito al otro mundo. Tenía que ser fuerte, se había acostumbrado
 
a ellas, 
de alguna manera les debía su voraz sensualidad. Era
entonces el momento del trillado adiós.
(de Pezóculos, 2001)
TRACTATUANA
Si lo que sucede se da en un tiempo determinado. Lo que acontece son precisamente hechos que se producen en un tiempo tal, medido o no medido. "Yo bebo mi té". El hecho acontece en este preciso momento en que lo menciono, lo empalabro y está descrito en el presente de la escritura. Si algo acontece en el sueño, también existe, significa algo, y se sucede en el tiempo del sueño, que no se mide de la misma forma que el de realidad. Cuando yo lo escribo hay un proceso de extrañamiento, porque la palabra tomó distancia del acontecer en el sueño. Regularmente se escribe despierto. Lo que acontece sucedió en el sueño. Lo que se escribe es lo que sucedió allí en ese tiempo alíneal, fragmentado, errático. Y posiblemente guarde en la escritura una marca onírica en el uso del lenguaje que intenta atrapar el momento de ocurrir, y que no alcanza a describir el porqué de algo que acontenció de esa manera, algo que ya sucedió en el sueño. La indagación de la escritura será entonces, si acaso ya terminó de suceder. O sigue sucediendo detenido en el tiempo del sueño. La/mi escritura a veces se sitúa allí, acontece como mundo, afuera de la realidad. Se hace lenguaje en el instante en que yo lo escribo, construyo una realidad cuyo tiempo posiblemente está fuera de las coordenas de lo real.
(imagen, arte entre guerras)

domingo, 26 de enero de 2020


HACIA LA FRONTERA
Aida Toledo/El mundo es todo lo que acaece/ Ri nik' ulwachitäj chi ruwach' ulew (Editorial Universidad de Aguascalientes, 2018)

Martita se casó con el novio con quien mantuvo una relación de noviazgo durante ocho años, tarde se dio cuenta que nunca lo había llegado a conocer bien. Un primer dato interesante para probar lo dicho, fue que no sabía que bebía tanto y que se ponía como loco, casi enfermo. Agarraba el carro, recuerda que tenía un picop celeste, con el cual solía asustarla al inicio, manejando tan rápido, de una manera que ella sólo había visto en las películas de gringos. Una segunda señal que le dio el marido cuando estaban recién casados, fue que le molestaban muchas cosas que ella hacía, a las que solía llamar “manías de niña consentida”, como sentarse rápidamente sobre la cama, dejar la ropa interior en el baño o hacer mucho ruido al abrir la bolsa del cereal. Casi todo lo que ella hacía de la vida cotidiana, como dejar abierto el tapón de la pasta de dientes, lo ponía fuera de sí. Se ponía a gritar desaforadamente, hasta que ella se iba empequeñeciendo y se iba a esconder al cuarto. Si él entraba al cuarto, se metía dentro del closet o debajo de la cama. Allí amanecía, le quedaba como remedio bañarse, lavarse los dientes, y prepararse para el trabajo si era entre semana, pero si no, era peor, porque se tenía que quedar a aguantar las cóleras del día siguiente, que le duraban horas a su ahora marido. Lo peor de todo es que ella nunca lo había oído gritarle a nadie, y menos a ella. Le parecía imposible que eso estuviera pasándole, lucía como de pesadilla, de película de miedo, de esas series en que los personajes viven en una casa con un asesino en serie, o con un loco de esos que aparecían en las películas que habían ido a ver en el tiempo del noviazgo. Total que las cosas no caminaban nada bien. Para empeorar el cuadro matrimonial desde el inicio se fueron a vivir con la suegra, alquilando una casa para los tres. Ovidio, que así se llamaba el susodicho, dividió las obligaciones de la siguiente manera: su mamá pagaría el alquiler, Martita compraría la comida para todos y él pagaría el carro, que solamente él usaría por supuesto. A Martita no le gustó y cada actitud de él le parecía esquizofrénica, y aunque estaba acostumbrada a alegar sus derechos, se le hizo callar de parte de los dos nuevos miembros de la familia de una manera que ella no reconocía. La vida en la casa de sus papás era bastante democrática, por llamarle de alguna manera, a la armonía que reinaba en ese hogar. Casi sin creerlo tuvo que guardar silencio, porque de lo contrario hubiera tenido que aguantar sus buenas horas de gritos desaforados, al mismo tiempo que ver a la madre de Ovidio llorando desconsolada con miedo a todo, e invocando por ayuda, a los brujos del pueblo de donde ella era originaria. Firmada el acta matrimonial todo cambió. Ella había leído los cuentos de Horacio Quiroga, y se le imaginaban esos espacios en los cuales los personajes debatían su destino. En su experiencia actual, parecía haber firmado un acta de esclavitud, sumisión y silencio, puro siglo xix. Así pasaron los meses. Tanto lo desconocía cada día que pasaba, que notó muy tarde que la época de novios se había acabado, y que él ya no estaba dispuesto a llevarla hasta el trabajo, como hacía antes, sino que la dejaría a mitad del camino, para que se fuera como pudiera y volviera de la misma manera. Lo que sí era importante era que a él debía quedarle bien la ruta para no malgastar tanta gasolina, después de todo él pagaba el combustible y ella sólo la comida para todos. A Ovidio este trato dado a las mujeres con las cuales vivía, le parecía justo y necesario, aunque a Martita le pareciera un abuso extraño y con su buena dosis de locura. La muchacha llegó a un estado en el cual sólo lo observaba en absoluto silencio, sin comprender completamente por qué él hacía una cosa como ésa, por qué había cambiado tanto. Ante el absurdo, Martita no acertó sino a pensar que la vida que había buscado no era lo que ella esperaba, y que no estaba segura de poder aguantarla. Bastante tarde se daba cuenta que tenía un marido a medias, pero no quiso re pensarlo mucho, y menos analizar los motivos por los cuales él se había transformado en otro, y los de ella, de quedarse a esperar si él otro que él había sido durante ocho años, volvía a su lado. Probablemente no había sido preparada para una situación como la que vivía. Se dejó llevar por las horas, los días, los meses y los años. Porque sin darse cuenta un día dentro del closet se fijó que habían pasado diez años y ella seguía allí dentro de aquella pesadilla de película de terror. No tuvieron hijos, ya que la práctica marital no existía entre ellos. Él seguía pagando el carro, ella la comida y la mamá el alquiler de la casa; parecía que sólo la había adquirido como algo que se compra para sacarle el mejor provecho, y no para que tuviera opinión. No le interesaba para nada lo que ella pensara, y lo peor de todo es que en medio de toda esa tortura, no había ni siquiera amor, era sin nada, de gratis como dicen. Su rutina diaria durante ese tiempo, era la de tomar varios buses para volver a la casa, aunque esto no fuera necesario. Como sabía bien que él no llegaría al mediodía para almorzar, práctica de Ovidio durante los años vividos junto a él, se tomaba su tiempo, y vagaba un poco por los centros comerciales, leyendo sus libros y escribiendo su diario sentada en cualquier lugar que la albergara. La vida se le iba yendo, ya no deseaba mirarse en los espejos cada mañana, porque veía el paso de los años en su propio rostro y cuerpo, y se espantaba de no ser ya la novia joven y bonita de vestido blanco, de la foto del casamiento colocada en la sala. Una noche de esas en que volvió a la casa, se encontró con la mala noticia que su suegra había fallecido. La hermana de doña Ada la había encontrado recostada, como dormida viendo la televisión, le había hablado, la había movido, pero doña Ada no había dado señales de vida. Le entró una angustia, una verdadera angustia, ganas de llorar, de gritar, no por la muerte de la suegra, sino por ella misma, por los gastos, por los pagos, por la ausencia de la otra mujer a quien Ovidio explotaba sin ningún pudor, aún siendo su madre, y pensó, ¿quién pagará ahora el alquiler de la casa? Su suegra había sido una mujer bastante callada, casi no pronunciaba ninguna palabra, si no había necesidad, nunca se supo qué pensaba realmente sobre lo que el hijo le hacía a ella ni a la otra. Al principio le decía a Martita que debía volver temprano a la casa para evitar el enojo de Ovidio. Al paso de los años se había olvidado de ella y sólo la miraba llegar de noche, entrar a su habitación tal y como veía con indiferencia una serie televisiva. Al volver del trabajo doña Ada solo pensaba en sentarse frente a la televisión, y le preocupaba únicamente si había suficiente que comer, no estaba ella para cuidar de nadie, tenía suficiente con su realidad. Así Martita, sin estar vigilada por la suegra, podía pasear más por los parques, caminar a lo largo de las avenidas sin rumbo, hasta que habiendo anochecido, llegaba a la siguiente parada de un bus que la llevaría hasta la casa donde no la esperaba nunca nadie. En diversas ocasiones había querido indagar con su suegra qué realmente hacía el hijo, a dónde se iba, por qué llegaba tarde todos los viernes, sábados y domingos, ya que a veces no se aparecía por la casa. Pero la suegra le había explicado que lo mejor era no preguntar, porque Ovidio podría molestarse con ella, y pedirle que se largara de la casa. No es bueno le dijo, que el hombre la deje a  una o la saque de su vida, se ve muy mal delante de los vecinos, tal y como le había sucedido a ella, que nunca había tenido marido. En una sola ocasión, la suegra le comentó que Ovidio nunca había conocido a su padre biológico, porque ni ella misma sabía quién era él. Estando enferma hacía años, había salido del hospital con el hijo en el vientre, y nadie le dio razón de nada. A Martita la historia de la suegra y la explicación sobre los valores de la sociedad respecto a las mujeres repudiadas le parecieron estúpidas, al menos no había perdido su capacidad de distinguir entre la estupidez y la ignorancia, pero se daba cuenta perfectamente que con su suegra, no sacaría nada más de historia real de su hijo. Tal vez ni sabía qué hacía, así como era cero a la izquierda para él. Y decidió nunca más preguntarle nada. Su vida había ido transformándose poco a poco, al principio era de profunda sorpresa ante cada elemento de la realidad que no lograba comprender, luego ya no lo hacía, todo era tan absurdo y alucinante, que empezó a no fijarse en los detalles, en las señales, y había cambiado su ánimo y caído en una tristeza profunda que luego se volvió tedio absoluto. Lo único bueno de esa nueva vida, porque tenía que encontrarle el lado positivo, era que al menos le daba tiempo después del trabajo de leer lo que quisiera y seguir escribiendo el diario. Éste iba tomando la forma de una de esas novelas sicológicas que había leído en la secundaria, eso le gustaba mucho y le daba aliento. Allí un día, su familia sabría la verdadera historia, y probablemente la perdonarían por no haberles contado nada, por el famoso miedo a que Ovidio les hiciera algún daño físico, tal y como la había amenazado una noche hacía años, cuando ella enfurecida y llorando le gritó que se iba a ir esa misma noche de vuelta a su casa paterna, porque ya no aguantaba la vida que llevaban juntos. Martita siempre se preguntó por qué le había tocado esa suerte tan mala, parecía conjuro o maleficio. No tenía amigas a quiénes contarles lo que le sucedía y pedirles consejo. Y tal era el mal carácter, y digamos la maldad de Ovidio, que ni siquiera la había dejado quedarse con un gatito que le habían regalado en la vecindad. Las razones que había expuesto eran en relación a los gastos de la comida, como que él hubiera tenido que pagar algo. Esa noche que ella había regresado un poquito después que él, ya no había encontrado a su gato. Ovidio se había hecho cargo de perderlo o quien sabe qué. Y ni siquiera le había preguntado por qué había llegado a esa hora, ya que en realidad él había llegado temprano, para deshacerse del animalito y hacerla sufrir un poquito, sin tener una razón para ello, porque se había desentendido hacía muchos años de ella. Pero la horrible realidad del presente era que su suegra ya no estaría, para mediar en esa vida que parecía puro castigo, para al menos estar allí entre los dos como una sombra. Se había ido dormida, tranquila, en cambio ella que innumerables veces se había acostado, esperando no despertar nunca más, y nunca lo había logrado. Había tenido que levantarse cada día a esa realidad, que aunque ya se hubiera acostumbrado a vivir, siempre al final del día, le parecía de sueño malo, como cuando una come mucho de noche, y la acosan las pesadillas de horribles pedazos de carne fría sobre el cuerpo y de simios bajándose de la cama donde ella estaba acostada. Era una paradoja su situación, ya que ella que nunca dio dinero para la manutención de su casa, ahora le tocaba mantener bien alimentados, a dos personas casi desconocidas y no tenía opción. Se recordó de la trama de varias telenovelas que había visto donde esto sucedía, y a ella solo le daba por reírse o enojarse con los personajes, pensando que era pura ficción, y que eso no era posible en la realidad. Esas imágenes bajaban a su cerebro, como cuando se están viendo cortos en el cine, para atraer la atención del público. Alucinada con todas esas visiones, parecía estar en otro lado, cuando de repente volvió a ver hacia la gente que dentro de la casa, muy amable y diligentemente, ayudaban a la hermana de su suegra a vestir a la fallecida, a preparar el café, el té y el chocolate caliente, los sándwiches, la sopa, la comida especial para el velorio, todo por supuesto, pagado con el sueldo de Martita, que había conseguido un crédito en la abarrotería de la colonia donde vivían. No habían escatimado los gastos, hasta licor y unas copas habían comprado, había que despedir a doña Ada como se lo merecía. No supo en qué momento, pero algo le dijo que ese era el instante, escuchó una voz parecida a la suya que le decía desde algún lugar, que ya no tendría nunca más la misma oportunidad, y que tenía que aprovechar el momento de lucidez y claridad que el destino le ofrecía. Ovidio no había llegado aún. Vio el paisaje del velorio y entonces decididamente agarró su bolsa, su suéter, abrió la puerta diciendo que ya volvía que iba a comprar más comida y salió de la casa. Todavía tenía que caminar los dos kilómetros para salir de la colonia, procurando ocultarse tras los vehículos, con miedo que Ovidio al volver la encontrara en el camino y así lo hizo. Por suerte él no se apareció. Cayó entonces en la cuenta que era viernes, y que posiblemente ni se enteraría que la madre había muerto, sino cuando volviera el lunes por la noche. Su práctica había sido nunca darle el teléfono donde se le podía localizar a ninguna de las dos. Tampoco conocían a sus compañeros de trabajo, ni amigos de chupaderas. En esto pensaba cuando llegando al boulevard agarró más valor al verse tan lejos de la casa, y entre contenta, excitada y un poco demente al haber dejado atrás la vida que había llevado todos esos años, se sonreía de una manera extraña, casi alucinada. Decidió cruzar la ancha avenida, corriendo junto a otras personas que aprovechaban la ausencia del tráfico tupido para pasar al otro lado. Corrió junto a todos y se colocó en el otro extremo a esperar el bus expreso, una ruta nocturna, que según había leído en los periódicos esa tarde, la llevaría directamente hacia la frontera mexicana.




Los libros de mujeres tienen todos su historia. Para poder nacer, para poder escribirse, para editarse, para salir sin miedo al público. Para todo. Este libro es mi primer libro de narraciones cortas y de poemas en prosa. Titulado Pezóculos (2001), nombre pensado por mí, a raíz de estar leyendo los textos de Cortázar con lo de textículos, me di en pensar cómo decirle a aquellos textos salidos del cuerpo de lo femenino. Así nació el título, Pezóculos, formado de dos palabras con las cuales "ellos" nos nombran, nos miran y nos comprenden, "pezones y culos". Para elevarle la categoría a título de arte decidí fundirlos y llamarles así a mis textos, que en general, vienen de este cuerpo.
Muchos de ellos tildados "procaces", y eso que Ana María Rodas y las feministas de los 60 y 70, ya habían acuñado palabras y textos que le paraban el pelo a los varones (que tenían pelo). Mis textos fueron llamados por José Mejía en un articulito reseñal sobre el libro como: "ensarta de culos y pezones", dada cuenta que no le había gustado mi perspectiva, y muy a pesar de que en aquel final de siglo, él había mostrado gusto por mis textos poéticos. Me parece que estos no le habían gustado. Y pienso reflexivamente que no le gustaron, porque tenían "gesto y tono" desacralizantes, que tanto les había molestado de Rodas. Pero qué podemos hacer. Esos textos en por lo menos el 50% los había yo escrito en la década del 80. En alguna ocasión le mostré a varios amigos los textos, y se rieron algunos, otros dijeron que "necesitaba sexo", algunos otros me dijeron que no era poesía, lo que venía en prosa poética, y que los textos narrativos, no parecían cuentos. Y así iba la opinión de mis lectores y lectoras, hasta que se los mostré una vez a Rafael Gutiérrez. A él sí le gustaron y me mostró algunos textos eróticos que él estaba haciendo, con lo que yo pensé que habíamos algunos que para nada seguíamos a Neruda, éramos puros pinches discípulos de Parra.
Hacia el final de la década del 80. leyendo a los escritores de la generación del 70 (Rodas, Noriega, Rivera y Martínez) supe epifánicamente, que tanto Rafael G., Sergio Morales y yo éramos seguidores de aquellos, aunque no lo supiéramos. Digamos que encontramos el hilo para entrar al laberinto. Este libro publicado hasta el año 2001, no hubiera sido posible, si no conozco a Juan Fernando Cifuentes, que solía publicar libros de mujeres. (por si no lo saben y están inventando más mitos pos-postmodernos fue quién publicó Torres y tatuajes de Isabel de los Ángeles Ruano). Me comentó que quería publicarme un librito de narrativa, yo le di mi borrador, con los textos que tiene el libro en su forma original. Poemas en prosa y microficciones. A él le gustaron, pero le dio cierto temor y resquemor, porque yo ya en ese momento (2001) vivía con E. Noriega, y como los textos eran "gruesos" (como él mismo los llamó) para el momento en que él los estaba leyendo, entonces me dijo que llamaría a Enrique por tel (no existían los celulares para que uds calculen el inicio de siglo y las tecnologías de punta). Seguro quería que E. le dijera si no había problema en publicarlos. (risas) De hecho cuando lo llamó yo estaba a la par. E. conocía bien los textos. Solíamos mostrarnos y leernos los textos en aquel fin e inicio de siglo. Además yo me apoyaba bastante en la forma en que E. limpiaba y trabajaba los textos, algo que yo había ido practicando en un taller con él en el ya olvidado año de 1989 e inicios de 1990. Entonces E. le dijo que le gustaban mis textos y que los conocía bien. Hagan de caso que había dado su venia. Yo por supuesto, le agradezco a los dos haber confiado en mi libro. Y creo sinceramente que si E. dice que no sabe bien, etc. no se hubiera publicado por mucho que Juan F. me apreciara como escritora. En fin, esa es la historia del libro, y claro, no tuve reseñas casi. La de Mejía que fue muy dura, pequeña y dura. Y la de Lucía Escobar, que me hizo una entrevista muy profesional. Ahorita agradezco a Lucía hacerme la entrevista y ocuparse en ese momento de mi libro. Yo tuve un apoyo más para ese libro, la excelente presentación-introducción que le hizo Regina Schroeder, maestra en literatura latinoamericana por la U. de Pittsburgh, quién entre 1995 y 1997 me introdujera a la literatura de mujeres que yo no había leído. Ella hizo un excelente prólogo de ese libro, incluido en la edición de Palo de Hormigo. Pero fíjense como es la cosa. Hoy yo me recuerdo de ese libro a raíz de todas las acciones contra la violencia sobre las mujeres, que al paso del tiempo no han parado. Mi libro relata violencias y recurrencias de las violencias, entre 1980 y 1990, que fue cuando yo tenía el libro armado, con textos viejos de la década del 80 y otros de la del 90. Las cosas se han recrudecido. Si la guerra los hizo practicar torturas terribles contra las mujeres, hoy la violencia cotidiana, migratoria y político-económica (narcotráfico, pandillas y otros grupos) ha superado las expectativas de las violencias, convirtiéndolas en prácticas terribles, que ni siquiera tienen explicaciones en la moral colonialista, la han rebasado. Por eso traigo a colación el libro. Se paró en la llaga abierta de los patriarcalismos guatemaltecos. Dice cosas terribles de las que yo no me averguenzo, porque son denuncias artísticas, como las que hoy se siguen haciendo, y tienen razón, porque las violencias crecen, dan risa, son mediáticas, siguen siendo terribles, al menos reflexionemos sobre ellas. Han sido y siguen siendo horribles. No hay nada peor que temerle a quién queremos amar.

jueves, 9 de enero de 2020

BIOLIBROVIDAS
Los libros pasan a constituir parte de la vida de las personas que los hacen. Se convierten en etapas de sus vidas. Fases por las que atraviesa la persona. Acompañan etapas de duelo y de alegorías de la felicidad. Pero sobre todo se van escribiendo como dentro de una biografía literaria. En mi caso, me considero una escritora que se dedica a la escritura creativa. Los designios del destino me han llevado a dedicarme a la academia literaria y cultural, pese a haberme resistido a caer en sus tentáculos. Las formas de resistencia que he utilizado han sido no doblegar mi alma poética, en favor de la mirada solo académica. Reconozco que soy una escritora que se dedica a la academia y la resiste. Soy una "feminista de color", desde hace años, viviendo en Estados Unidos me di cuenta de algo real. Y fue que aunque quisiera colocar en un formulario mi identidad, no había entre las opciones, la que me correspondía. En el año 1995 marcar la casilla de "white hispanic" no me interrogaba. Era la única que existía en el formulario y en ausencia, yo la marcaba como la sujeta que estaba allí, dentro de la vida del formulario. Viviendo esos años en Pittsburgh, que fueron años de gran crecimiento intelectual, no solo académico sino escritural, supe que algo en mí se había transformado. Pude ver de cerca las comunidades donde me insertaba. Esa ciudad es cosmopolita. Tiene barrios que deben haber estado segregados en la primera mitad del siglo, pero que cuando yo llegué allí en la década del 90 ya no lo estaban. Entonces crecí como escritora. Me hice a la academia pittsburguesa por suerte para mí, que estaba más encaminada a dejar de pensarnos universalmente, o como descendientes de europeos. De alguna manera los cursos académicos en la U. de Pitt nos orientaron hacia temas más latinoamericanos, al punto que en el programa de maestría, yo recibí una sola clase de literatura española, por suerte también, la de la generación del 27. Cuando me gradué me fui a trabajar al hoyo del kukushklan. Allí aprendí mucho más sobre la desigualdad y le sentimiento de opresión que mis paisanos originarios de las culturas mayas, vivían en ese momento, habían vivido y hoy siguen viviendo. Pude, viviendo en Alabama, saber hasta dónde se estira el racismo, el clasismo y como intersectado con el género, te pueden excluir aunque estés presente en un espacio prestigioso. Los tres libros que están en la foto son parte de mi biografía ya en un espacio mucho más liberado. No porque no haya exclusión de género, por ejemplo, que es la más fuerte. También a veces siento la de clase social, la económica. La de raza, la de periferia. En fin. Los libros se arman en ese nuevo contexto guatemalteco. El libro sobre Asturias (2017) fue libro peleado con los encargados editoriales, que de lo que menos entendían era de eso. Se trataba de un grupo inquisitorial, al que no le gustaban las mujeres, y yo dirigía el volumen. En el libro hay una igualdad de géneros en las publicaciones. 4 hombres y 4 mujeres. Qué por qué? Porque mi perspectiva crítica tiene un fuerte componente que piensa en la igualdad de condiciones de acuerdo a los géneros. Entre los ocho ensayistas tres son extranjeros, el especialista mayor en Asturias y el compañero mío de Pittsuburgh que se dedicó a la Colección Archivos. Dante Liano y Mario Roberto Morales son guatemaltecos y pertenecen a una misma generación. Entre las mujeres, la más conocida como crítica asturianista es Lucrecia Méndez, luego Anabella, le sigo yo y por último la compañera argentina, también compañera mía de estudios en Pittsburgh. Es un libro realizado a través de complicidades. Y dificultoso para aparecer. El segundo libro es un proyecto en el que me embarqué junto a Consuelo Meza Márquez y con las compañeras de Chile y Venezuela, sobre ensayistas latinoamericanas. Pasaron cinco años para que el proyecto se hiciera realidad, y salió en 2018. Menos sufrido que el otro, porque yo no lo coordinaba. El tercero es mi hijo personal. Salió porque tengo alguien que cree en mí en esta universidad. Se trata de reflexiones que vienen de ese feminismo de color en el cual yo me reconozco. Porque tengo la conciencia clara que las mujeres escritoras -sobre todo desde las periferias y las de color-- necesitan, precisan de mayo atención y salió en 2019. Son tres libros fraguados en cinco años, El destino me los envió. Yo los acepto como hijos pródigos que vienen engrosar la lista de libros que he podido hacer. Y que de alguna forma cuentan mi vida, mis ilusiones y todas mis desgracias.

jueves, 12 de diciembre de 2019

DESCENDIENTES DE LA LÍNEA IMAGINARIA
La manera en que utilizamos el concepto "ladino-ladina" en la actualidad nos muestra que el término ha ido cambiando al paso de los años. Sobre todo cuando iniciamos para bien o mal, un periodo distinto de las economías emergentes, en las cuales nos encontramos desde antes del conflicto armado en Guatemala. Ungido de connotaciones peyorativas, ladino-a significaba una manera de sentirse descendiente de españoles, pero venidos a menos, empobrecidos y sin genealogías. Los ladinos dentro de este concepto se percibían abusivos e irrespetuosos. Se trataba de una especie de casta, que abusaba de quienes estaban por debajo de ellos, ya fuera sobre todo por pruritos raciales o en su defecto por asuntos de clase social y económica. Se definía el término como "no indígena", defendiendo esa bandera, bajo el concepto de lo nacional.
Lo cierto es que en recientes trabajos lo hemos utilizado desde lo que el nuevo concepto significa para algunos-as de nosotras desde espacios intelectuales, donde lo conceptuamos como una manera otra de entender quiénes somos, aquellos, que actualmente para mal, nos damos cuenta que aunque tengamos sangre maya, no somos mayas, pero que nos ha quedado claro por generaciones, que tampoco somos descendientes directos de criollos, y menos de españoles, por más apellidos castellanos o sefarditas que tengamos. El asunto de la identidad ha creado grandes conflictos de vida en nuestros antecesores, nosotros como descendientes de ellos, de esos que nunca vieron con claridad cuál era su origen o encontraron su línea genealógica, no queremos más sufrir lo que ellos sufrieron, al vivir la exclusión desde distintos frentes. Y que de eso dependa nuestro desarrollo como seres humanos. Un punto central es dejar de buscar algo que es inencontrable. Dejar de inventarnos pedigrís que no podemos probar. Y quedar en ridículo, porque en el fondo, quiénes nos excluyeron como grupo social nuevo y emergente, tenían la certeza que no éramos descendientes ni lejanos de alguna de esas líneas imaginarias que martirizaron a muchos hombres y mujeres, que vivieron con el estigma de no saber de dónde venían. En suma, el concepto de ladino-a se ha ido convirtiendo en un concepto relacionado con una nueva manera de pensarse como mestizo, palabra que tampoco nos define, porque está bien atada a las primeras mezclas violentas, ya fuera en pactos o sin ellos, que se hicieron en época de descubrimiento y conquista por quienes tenían el poder militar o en su defecto, por los mismos jefes originarios, que se mezclaron con españoles.
Ser ladino-a en el siglo XXI, se ha ido llenando de otras connotaciones que se tratan de alejar de ese término ominoso de la época colonial, y pre-post-independentista , tan rechazada por los grupos mayas todavía hoy. Porque claro, el término se cargó de odio, la práctica ladina colonial y postcolonial, se identificaba sobre todo más modernamente, con esos hacendados y sus familias, donde ya el perfil mestizo existía, que explotaron a las comunidades originarias y sus descendientes. Traigo a colación una figura importante de mencionar, respecto al concepto ladino explotador-abusivo sobre la vida y culturas originarias, el llamado "Tigre de Ixcán", que fuera ajusticiado enfrente de todos sus explotados por el EGP, en la década del 70. Ese hombre y otros hombres de su familia, habían abusado por generaciones de familias indígenas, que se encontraban en la parte norte de Guatemala, y a quienes les pagaban una miseria por el jornal diario, además de tener pernada entre las mujeres y niñas. Me parece que simbólicamente allí en ese acto de ajusticiamiento, cae el último ladino abusivo y explotador, tan odiado y repudiado por las comunidades. No digo que no haya otros hoy, pero el EGP le demostró a la gente, que sí es posible quitarlos de en medio con decisión, para parar la cadena de explotación. ¿Quiénes lo ajusticiaron? No fueron sujetos mayas, fueron esos otros ladinos que estaban en transformación y que pensaban distinto. Que creían que eso no era justo. Allí se produce un cambio simbólico en el concepto. Y me parece que de ese grupo de ladinos, es desde donde se desprende el concepto en evolución. Porque dejar de ser los descendientes de la línea imaginaria no se puede. Si fuéramos descendientes de los mestizos iniciales, de todos modos nos sentiríamos descendientes criollos, porque hubo composición española inicialmente. Y muchos de sus descendientes todavía hoy, tienen bonitos árboles genealógicos donde aquello se explica, sintiéndose unidos a las familias coloniales del famoso libro de Marta Casaús aunque sea del lado de la cocina.
El punto a discutir es que el concepto sí ha evolucionado. Se trata de sujetos sociales guatemaltecos que se transformaron política, ideológica y culturalmente. Cierto, no somos indígenas, aunque nuestras prácticas estén tan cercanas. Aunque nuestro español se encuenre matizado por voces mayas, de la región de donde vinieron nuestros padres y abuelos, cuando todavía no se hablaban abiertamente los idiomas mayas antes de la segunda mitad del siglo XX. Nos parece que ha habido una evolución del concepto desde una posición cultural e ideológica. Se trata de una cultura ladina, que ya tiene introyectada una cultura híbrida,al  haber mezclado costumbres-ambiguas, procedentes de la línea imaginaria de identidad, con las costumbres de las culturas originarias, que siempre tuvimos cercanas y en el mismo territorio. Tener esa cultura híbrida y una ideología no racista, es un cambio esencial en el concepto. No se trata de pensarnos identitariamente distintos, sino parecidos a los otros de los cuales hemos asumido cultura y voces. De quiénes aprendimos en el trato, formas de ser, que nos definen como grupo. Sin poder apartarnos totalmente, de la otra cultura heredada y rechazada, de la cual ya casi no podemos encontrar las pistas.

SE VA A CAER (patéticas historias para celebrar el 8 de marzo y que nos nazca la consciencia feminista) Han pasado ya muchos años desde que ...