sábado, 1 de enero de 2022
martes, 28 de diciembre de 2021
ANGÉLICAS Y OBNUBILADAS
He estado recordando a otras mujeres escritoras que como yo han dedicado buena parte de su energía intelectual a la escritura creativa. Cuando una escribe, se evade de la realidad hostil que a veces atosiga nuestras vidas. Pienso en escritoras como Marta Josefina Herrera, Leonor Paz y Paz, Walda Valenti, Teresa Arévalo, Malin de Echevers, Ligia Escribá, Catalina Barrios, Elisa Rodríguez Chávez, Alaide Foppa, Rigoberta Menchú, Isabel de los Ángeles Ruano, Luz Méndez, Calixta Gabriel, Maya Cú, Ana Ardón, Nora Murillo, Rosa Chávez y Ana María Rodas, entre otras. Todas han entregado parte de sus vidas a la soledad de la escritura. Han saltado al vacío. Buscando la nada. Han estado en medio de los tentáculos de la censura, intentando infructuosamente deshacerse de ella. Se han visto en las garras de la mala crítica, que las descontaba por el hecho de ser mujeres, de ser débiles, de escribir fácil, de hablar banalidades, de tener una obra olvidable, de no parecer feministas, de ser contradictorias, de no estar comprometidas ni política ni socialmente. Otras al igual que yo nunca supieron por qué tanto odio, tanta envidia, tanto rencor, casi por nada. Y no solo en bocas venenosamente masculinas. También a través de lenguas de mujeres, que nunca comprendieron los alcances de nuestras obras, sus tonalidades contradictorias y divergentes. La versatilidad del registro de obras que no se resignaban a la anonimia. Sí, he estado pensando en esta realidad que les tocó a ellas, que nos tocó a nosotras, que todavía vivimos, que les tocará a las más jóvenes. Porque nos movemos en espacios infructuosamente patriarcales. Circulamos en lugares hechos contra nosotras. Escribimos marcadas por un sistema que nos ha enajenado. Y que nos coloca cerca de la estulticia. Escribimos contra todo lo que nos conmina a no hacerlo. Resistimos. Somos sobrevivientes escriturales. Caminamos azarosamente sobre la cuerda floja del sistema que nos indica, todo el tiempo lo que debemos y no debemos escribir. La que pretende enseñarnos estrategias de escritura gastadas y desgastadas como si fueran nuevas. Y darnos un ultimatum, que dice que si no obedecemos corremos el riesgo de fenecer como escritoras. De desaparecer, como que si no estar, fuera nuevo. Así bordeamos el sistema. Nos escabullimos. Les dejamos creer que nos han derrotado. Pero no. Nos rehacemos. Pendulamos. Sobrevivimos a los embates de la mediocridad. Renacemos en otras. Nuestra tradición la recogen las más jóvenes. Superadas. Angélicas. Obnubiladas. Muláticas. Originarias. Secretamente nuevas y resistentes.
domingo, 27 de septiembre de 2020
MÁS QUE UNA
PEQUEÑA TRAMPA
de AIDA
TOLEDO
Rachele
Airoldi
Un fuerte miedo empapa los versos de la primera parte del
poemario de Aida Toledo. “Miedo burócrata, miedo fregado / Miedo oseo / Miedo
en planilla / Miedo burócrata / Miedo pendejo / Miedo que no para”.
Una sensación de instabilidad, fragilidad, vulnerabilidad
constante que refleja la que se vive en la sociedad guatemalteca de hoy donde
el miedo invade tanto nuestros días que ya fue incorporado como parte de
nosotros, donde la muerte es elemento cotidiano que deja de escandalizar. Sensación
que Aida Toledo resume en la imagen de la cuerda floja: estamos caminando sobre
una “cuerda floja” y el vacío nos amenaza.
Este vacío que nos espera es la muerte que anda cerca de
nosotros cada día y es una muerte “disfrazada” de consuetudinario y normalidad.
Quizás de hecho, el miedo que se confiesa no es el miedo a la muerte en sí,
sino a la muerte como costumbre, o sea a la costumbre de la muerte como amenaza
normal, cotidiana.
De vos/de mi/de nosotros
En cada esquina
Ella nos espera
La muerte finge indigencia y saca la pistola
Cuando bajás/bajo/ bajamos el vidrio
Para darle una moneda
La muerte lleva cuchillo
Cuchillo lleva la muerte
Cuando en la 6° avenida
Y la 1° calle de la zona 9
Introduce la descarnada y huesuda mano
Y te/me/nos mete el cuchillo
Y vos/yo/nosotros creemos
Estar dentro de una horrible pesadilla
La muerte anda cerca
De vos/de mi/de nosotros
(La muerte anda cerca)
La poesía de Aida denuncia esta “horrible pesadilla” en la
cual se vive en Guatemala.
Pesadilla que se confunde siempre más con la realidad,
que quiere volverse realidad. Este es el verdadero miedo: volvernos incapaz de
distinguir pesadilla y realidad. “Es jodido el miedo” escribe la autora “miedo
a no sentir más” (El miedo es fuerte). El miedo a aceptar la pesadilla como
realidad. A volvernos impermeables frente a las lágrimas y al dolor. A
volvernos, utilizando unas imágenes de Aida, “cosas quietas” como una “planta
plástica/ que ni roba oxígeno”:
Como una cosa que se queda quieta
Alli
Exactamente donde la pusieron
A veces si
Estás detenida
En un espacio que te queda ajeno
Que parece de otros
Estás allí
Inmóvil como un adorno
Sobre su mesita
Con su mantelito
Bordado a mano
Parecés si un objeto
Un objeto soso que han posado
Hace algún tiempo
Y han olvidado que tiene historia
Lucis sì sì sì
Como planta plástica
Que ni roba oxigeno
Disimuladamente
Te olvidaron
En un lugar como éste
Hecho
Totalmente contra vos
(Sentada asì como asì)
Este es el verdadero miedo que se vive en la sociedad
guatemalteca de hoy, devorada por la violencia, la corrupción y la injusticia:
el miedo a que el absurdo se normalice. El miedo a volvernos de plástico,
incapaces de reacción, aceptando impasibles un lugar hostil “hecho totalmente
contra nosotros”. El miedo a
acostumbrarnos a lo inhumano y de consecuencia volvernos inhumanos, como una
“estatua” blanca erguida en medio de una plaza.
Digo que lo de las estatuas
Da pavor
Da pavor verse
Tan blanca
Tan erguida
Tan sensual
Tan desnuda
En medio de una plaza
Da verdaderamente
Miedo
(Da miedo lo de las estatuas)
La voz de Aida Toledo se traduce en una poesía
desesperada, angustiada que lucha para no dormirse, para no acostumbrarse a una
realidad injusta, para quedar despierta, porque si se duerme, la pesadilla se
vuelve realidad y esta no es la realidad que queremos. La poesía de Aida Toledo
es una poesía que despierta y evita que uno muera lentamente “hervido”.
El síndrome que padece el guatemalteco de hecho es el de
la “rana hervida”: un experimento científico demuestra que, si se pone una rana
en una olla de agua tibia y se sube gradualmente la temperatura hasta
ebullición, el animal muere lentamente sin darse cuenta, hervido.
Por eso la poesía de Aida tiene voluntad de despertar, se
podría decir que “nos hace saltar fuera de la olla”. La poetisa se preocupa de averiguar
si está despierta, quiere saber si está viva. En su poema “Para saber si estoy
viva”, leemos: “Me jalo el pelo / Me pellizco / Me doy mordidas / Me guillotino.”
El poemario presenta una poesía que es eterno despertar a
la vida, una poesía que lucha para despertar y hacernos sentir vivos, para
salir de la pequeña trampa – que es más que una pequeña trampa – en la cual
vivimos. En este sentido, la poesía de Aida Toledo, es una voz epifanica como
la que despierta a los personajes del teatro de Pirandello que de repente se
miran y se dan cuenta que son “personajes” actuando en la escena, que el mundo
que los rodea es falso, ficticio, no es real. Es un momento desconcertante ya
que equivale al colapso de todas certezas. Pirandello representa este momento en
su obra “Il Fu Mattia Pascal”, con la imagen del “desgarro del cielo de papel”
(lo strappo nel cielo di carta) imaginándose un títere, Oreste, que en el
momento culminante de la tragedia en la cual está por matar a su madre, mira
hacia al cielo y observa un desgarro en el papel tapiz que representaba el cielo
pintado. El títere entra en crisis, desconcertado, paralizado ya que
finalmente, a través del desgarro, ve la realidad como es y entiende que el
mundo así como lo conocía es mentira, se da cuenta de la “trampa” de lo que
vivía. Aida en su poesía “El Ángel Caido” parece explicar este mismo sentido de
vértigo:
Le da vueltas más vueltas
Todo el salon le da vueltas
El cielo falso del salón
Le da mil vueltas
(El Angel Caido)
La poesía de Aida Toledo es el desgarro que revela al
guatemalteco lo injusto e inaceptable que es una realidad que pensamos normal. Hay
una fuerte voluntad de reivindicación de la vida en sí, ya que la que definimos
y creemos ser vida por simple costumbre, en realidad no lo es, es todo “menos
que vida”, como escribe la autora:
La vida más bien
Parece una perinola
Una caotica perinola
Aerea
Que vueltas da
Vertiginosamente
Parece un avion
Enloquecido
Dibujando poemas
En el aire
En un cielo enrarecido
Como en Chile
Parece libelula
Que ha perdido
La brujula
De todo parece
La muy pendeja
Menos vida
(Menos Vida)
La verdadera vida que se busca es una “vida que late” en
la cual no existe un tiempo medido por las manecillas ya que el tiempo está
marcado por el reloj que late, el reloj de nuestro corazón. Es una vida que
tendemos a olvidar y para volverla a encontrar a veces es necesario “jugarla”:
Por eso
Juego mi vida
A la ruleta la meto
En el poker la apuesto
En el palenque
La rajo para que sangre
La juego la presto la apuesto
La coloco y la vendo
[…]
Luego me encuentro
Y atormentada
Me veo en el espejo
De la misma existencia
(Para saber si estoy viva)
El juego podría ser la solución para volvernos a
encontrar, para cambiar perspectiva y abrazar una realidad verdadera y más
digna.
¿Y entonces como despertar de este torpor de una vida que
es todo “menos que vida”? ¿Como “desgarrar el cielo” de una pesadilla social
que se quiere afirmar como real? Un chapuzón en un cenote congelado.
Para despertar de la pesadilla la autora nos propone lanzarnos
al cenote.
Me veo
Me siento
Estoy cenotica
Y abrumada
Parada
En el filo
De un precipicio
Que me seduce
(Cenote II)
En este sentido, un salto en un cenote nos despierta, nos
devuelve a la existencia. Recientemente fui a visitar el Cenote de Candelaria y
pude vivir esta experiencia. Cuando el corazón empieza a latir más fuerte
mientras miramos abajo en una mezcla de vértigo y atracción. Allí la adrenalina
empieza a despertarnos por esta irracional necesidad de desafiarnos, de
sentirnos cerca de un peligro para percibir nuestros cuerpos, para sentirnos
vivos. “Me veo/ me siento/ estoy cenotica” afirma la autora mientras está “en
el filo/ de un precipicio” que la “seduce”. Sube desde los pies hacia arriba, la
adrenalina invade cada célula, las piernas empiezan a temblarnos, el pecho
sigue rítmico la respiración que acelera, el corazón finalmente late fuerte, la
cabeza despejada e infinitamente llena al mismo tiempo. Salto. No, no salto. Sí,
salto. El vacío abajo, nos llama, nos llama por nombre. Y nos acordamos de
nosotros. El cenote nos llama para devolvernos quienes somos.
Volar me preguntaste
Volar sì/ me dijiste
Sìsìsìsì
Respondí exaltada
Alucinada
Con ese vértigo
Que me da a veces
Yo quiero volar te dije
Y vos me sujetaste
Lanzandonos al vacío
De aquel cenote
(Cenote VII)
El cenote entonces devuelve a la vida. Un chapuzón que
nos despierta de repente ya que “La caída / Es vertiginosa / Y / El agua
verdosa/ Está fría” (Cenote XI). Este lugar sagrado que es puerta al inframundo
maya, se vuelve para la poetisa en una vía para regresar al mundo real, para
despertar de una pesadilla que no queremos se vuelva realidad. Ocurre entonces
trascender la imagen poética y preguntarnos que es el cenote, que representa en
realidad el cenote. Leemos:
El poema es un cenote
La poeta salta
El sacrificio
Está en vencer el miedo a desnudarse
En público
(Cenote XI)
El cenote es la poesía entonces. Esta es la respuesta de
Aida Toledo. Se rescata una literatura capaz de participar al proyecto social,
despertando, concientizando, denunciando para que lo absurdo no se normalice. Porque
la literatura latinoamericana es necesariamente comprometida, social y
políticamente, y hasta la poesía, que es por excelencia la voz literaria que
puede aislarse ensimismándose en un mundo introspectivo, se siente llamada a
tratar la realidad de afuera.
La poesía es la voz que despierta, como un chapuzón, evitando
que nos durmamos aceptando como realidad definitiva una pesadilla social que no
corresponde a nuestros deseos, que no corresponde a lo por cual el hombre está
hecho – concepto indefinido que etiquetamos banalmente con la palabra
“felicidad”.
Esferas del tiempo (2020), es una antología de poesía iberoamericana editada por Floriano Martins y Omar Castillo. Como es una antología cronológicamente situada, de poetas nacidos en la década del 50 por suerte, Floriano a quién conocí en Granada hace ya años, me pidió poemas para ser incluidos en esta antología.
En un curso de poesía de maestría de la U. Landívar, yo les insinúo a los estudiantes que revisen las antologías publicadas en el siglo XX, porque a través de ellas podemos leer entre líneas, las formas que asume la investigación sobre poesía latinoamericana, con distintas pulsiones, muy relacionadas con los cambios de sensibilidad estética, los acontecimientos políticos y económicos en la región, las consolidaciones de las minorías en el espacio textual, y otro tipo de variables que van apareciendo en un corpus fluctuante y diverso a lo largo de un siglo.
Acompañada por distintos grupos en el estudio de la poesía de la región, notaba cómo en la primera mitad del siglo, las antologías tenían un origen español por un lado, se hacían con una mirada todavía peninsular y eran altamente masculinas. Casi no aparecían autoras, y en algunos casos radicales, ninguna mujer era incluida en el corpus. Pero al rebasar la primera mitad del siglo, las coyunturas del emerger de las minorías desde distintos espacios en la cultura latinoamericana, aparecían más mujeres, los primeros autores indígenas y continuaban apareciendo más textualidades de autores y autoras afrodescendientes.
Como la mirada y perspectiva crítica de esas primeras antologías era muy occidental, sucedía que aparecían autores regularmente varones, originarios de España, que habían tenido relaciones cercanas con algunos de los más famosos autores latinoamericanos del corpus. Lo que a todas luces causa desde nuestra actual mirada crítica un desfase muy fuerte, que leemos como todavía, la presencia de las neocolonizaciones poéticas de la región, que seguían viéndose desde la herencia española y portuguesa. Con lo cual no se permitía en dichas antologías considerar mayor presencia de autores de los pueblos originarios y de las mujeres que venían invisibilizadas por su propio corpus desde inicios del siglo XX.
Una antología como Esferas del tiempo me hace pensar en cómo se mueven las flujos poéticos hoy. Existe una mayor presencia de mujeres poetas de la región. Y la amplitud de parte de los antologadores o editores es distinta completamente. Tratan de incluir a países que antes habían sido totalmente borrados, invisibilizados, como poéticamente no fuertes, tal y como ha sucedido con Guatemala, en buena cantidad de antologías que si mucho daban un espacio para que aparecieran poetas guatemaltecos como Luis Cardoza y Aragón, que está si lo leemos hoy, a la misma altura que otros famosos poetas de los corpus de antologías que inician a publicarse a inicios del siglo, y en donde Cardoza nunca fue incluido.
¿Qué significará antologar poetas, hombres y mujeres, nacidos en una sola década? Se puede una preguntar a esta altura. Y una buena razón es acotar la investigación que sobre poesía, proponen estas publicaciones. Y es que las antologías definitivamente cuando no nacen de una pulsión de indagación seria y concisa, resultan siendo largas listas de poetas con poca muestra discursiva, para dar cuenta de la cantidad de poetas de la región. En cambio una antología tan precisa con mayor cantidad de textos por autores/as, puede dar cuenta de otras variables en el corpus, y las razones por las cuales no aparecen en antologías que vienen mucho más ligadas a versiones occidentalizadas del corpus de poetas de la región.
Los y las poetas nacidos a mitad del siglo, crecerán y desarrollarán sus carretas literarias dentro de otra sensibilidad. Van creciendo en medio de la agonía de la modernidad latinoamericana. Desarrollarán su obra dentro de otros ejes estéticos y participarán de la entrada de la postmodernidad en general. Asistirán a eventos y desastres políticos muy distintos, a los que vivieron los y las poetas de inicio de siglo, que estuvieron en medio de dos tremendas guerras mundiales, que afectaron de distintas maneras a sus países de origen, dependiendo de las relaciones económicas con sus centros de poder hegemónicos.
Los y las escritoras incluidos en esta antología, son los hijos de aquellos otros, que percibieron la entrada de la modernidad con el shock que todo aquello contuvo. Son testigos y testigas de la nueva era. La de la guerra fría. La de la guerra de Vietnam, que sacude los cimientos del centro cultural de poder en la década de los 60, y de su impacto en las políticas de los Estados Unidos y el mundo. Verán caer el muro de Berlin, sin inmutarse, y asistirán paulatinamente al incremento de la digitalización del fin de siglo, sin tener dispositivos para esos embates.
En su mayoría, todavía no lo sé, siguen todos y todas vivas. Se trata de una poesía viva iberoamericana, que contiene experiencias de vida totalmente distintas que las de sus antecesores. Darán cuenta de un mundo que camina aceleradamente hacia los espacios de la comunicación virtual, que excederá los límites de lo real. En sus textos podríamos leer estas experiencias, un nuevo cambio de registro del que no se ha dado cuenta todavía, porque solemos ver lo general y no lo particular a través de las lecturas de obra poética.
Esta antología es una especie de lupa para leer la vida y las experiencias de un grupo generacional que ya no se amarra a los impulsos de inicios del siglo XX, sino que se encuentra exactamente en la década en que la poesía de la región se politiza dentro de los ejes del realismo socialista, allí tiene su inicio. Casi todos empezamos a escribir entre 15 y 20 años después de iniciada la segunda mitad del siglo, y somos observadores de la agónica caída de la modernidad en la década del sesenta. Nuestra primera poesía posiblemente, en líneas generales, se publica en la década del setenta y se desarrolla más en las subsiguientes, siempre atentos a las beligerancias políticas, a los enfrentamientos de la guerra fría y sus repercusiones en nuestros propios países de origen. Pero además sobreviviendo a los cambios, las fluctuaciones en los desplazamientos humanos que se incrementan y de los que sabemos a fondo, gracias a las nuevas comunicaciones mundiales. Así llegamos al siglo XXI, en donde aparece esta antología. Tras largos años de ver, vivir y sufrir los cambios, los acelerados cambios digitales, en medio de un tiempo sin utopías, en medio de una época de simulacros, ciegos y obnubilados algunos de nosotros/as, estamos dando cuenta del amor, el odio, el radical escepticismo heredado de nuestros mayores. Con nuestras trashumancias a cuestas.
sábado, 12 de septiembre de 2020
COMO UNA PRUEBA DE LA EXISTENCIA EN ESTE MUNDO
Le pregunté a una amiga por qué hacían esas listas de escritoras en las redes sociales del facebook. Mi falta de atención sobre ese tipo de cosas, me hacía no haberme dado cuenta, lo que había suscitado que se hicieran de nuevo largas listas de escritoras de mi país, para volver a darnos existencia.
Hacer listados de escritoras ha sido una labor que venimos estudiando y haciendo algunas escritoras aparecidas en la década del ochenta, a raíz de la poca oportunidad que tuvimos de publicar en distintos medios nuestros escritos. Publicar un libro en ese momento, no es como hoy. No había posibilidad, sino de hacer un libro artesanal, que en el fondo, dentro de un contexto de guerra, no se nos ocurrió como una solución. Además íbamos escribiendo nuestros textos a mano. En algunos casos se perdieron en servilletas utilizadas en cafeterías de la USAC, que luego fueron a parar a los botes de basura.
Yo solía hacer grafiti en los baños. Con otras compañeras hicimos pintas en los baños de cafeterías, restaurantes, pasajes, escribiendo textos nuestros, que al rato eran cubiertos por capas de pintura, evidenciando que vivíamos un tiempo efímero. Lo hicimos principalmente en las aulas de la USAC, no quedaron vestigios de esas "acciones poéticas", que le llaman ahora, los entendidos en festivales. Buscábamos la publicación sin encontrarla en esa década, en que obviamente otros y otras andaban militando en las filas de la guerrilla. Nuestra labor parecía a todas luces nihilista, no estábamos allá en la montaña, ni tampoco estudiábamos en la Landívar, que era el lugar opuesto ideológicamente a la USAC, al menos en ese momento.
Me he recordado de los esfuerzos por publicar en algún medio que nos diera existencia, al inicio de nuestras carreras literarias. No existía en ese entonces, la buena cantidad de pequeñas editoriales independientes que existen ahora. Ni tampoco existían al inicio de la del noventa. Ese año por cuestiones coyunturales, tuve mi primera oportunidad, después de haber estado un año en un taller de escritura creativa. Al inicio éramos cuatro, luego se agrandó y estuve junto a otros escritores de USAC más jóvenes que yo. Entre ellos Juan Carlos Lemus, Johanna Godoy, Rolando Umul, Francisco Méndez, Sergio Morales, Shirley Mazariegos, y quizás otros que a veces aparecían en el taller. El grupo pequeño inició entre octubre de 1988 y 1989, luego con el grupo más grande se extendió de 1989 a 1991. De la primera fase de taller, yo extraje mi primer libro, que se fue recortando, dejando fuera muchos poemas que luego fueron al segundo libro. Lo cierto es que en enero de 1990, Sergio Morales, Violeta Blanco y yo, miembros del taller pequeño, publicamos una plaqueta en una colección, con poetas que ya tenían libros publicados. También apareció por primera vez en la colección, Edgar Gutiérrez. Y junto a nosotros, libros de Rafael Gutiérrez, Luis Eduardo Rivera, Mario Roberto Morales, Antonio Brañas, Héctor Rodas, Méndez Vides y Francisco Nájera, todos escritores con libros publicados. El más desconocido de ellos era Héctor Rodas, originario de Quetzaltenango.
Todo esto viene a colación por lo del listado de hace algunos días. En esa colección éramos dos mujeres. Y la publicación estaba financiada por la Editorial Cultura, que dirigía Juan Fernando Cifuentes, a quién le gustaban mis poemas. No hay duda que hace más de 30 años como hoy, lo que Mónica Albizúrez ha llamado el "patronazgo masculino", era la única vía para que dos mujeres publicaran en esa colección. No había otra opción. Además de las particulares relaciones sentimentales que también entraban en juego, y que no deseo contarles, para despertar un poco la intriga.
No dudo que muchas mujeres en ese tiempo y hoy, deben entrar a jugar esos u otros papeles para conseguir una publicación. La diferencia que yo puedo testimoniar de ese momento, es que los libros de Violeta y el mío, sí fueron producto de la actividad del taller al que asistíamos. Fue un año de taller, haciendo que los poemas tomaran forma. Que el libro tomara forma. Discutiendo los criterios, analizando nuestros propios textos. Hasta que estuviéramos listas para enfrentar a la ciudad letrada patriarcal, con quien nos íbamos a ver, al salir los libros. No tengo la menor duda que publicar un libro junto a "celebridades masculinas", era doblemente duro en ese momento, que hoy. Y las críticas podían ser mucho más viscerales, dependiendo de la suerte que tuviéramos en la lectura que los miembros de la ciudad letrada nos iban a hacer, para reconocer o no la poesía en nuestros libros. Los de los hombres estaban bien, las que íbamos al tribunal de la inquisición, éramos nosotras. Y sí, nos criticaron duro. Nos quisieron borrar en distintos y variados momentos del corpus de autores-as del país. No lo dudo. En mi caso, que es del que puedo dar fe a la distancia, no se logró, porque tengo una exacerbada pulsión de escritura.
Al encontrar mi nombre en los listados, escritos por unas y otras escritoras y ensayistas guatemaltecas que se han dado a la tarea de reaccionar frente a una publicidad de feria de libro nacional, aparecida recientemente en redes sociales, me hizo recordar y traer a la historia de la literatura de mujeres, mi propia experiencia, y quizás por eso, entender desde mi, la desatención a este tipo de acciones del mercado del libro en Guatemala, que suele tener ese perfil de exclusión.
La tarea que como escritora y estudiosa de la literatura guatemalteca he realizado, junto a otras colegas ha sido la de trabajar más mujeres que hombres, a lo largo de por lo menos tres décadas. He publicado y difundido la literatura de mujeres de mi país, aún, cuando yo misma no he sido incluida por ellas en antologías y estudios especializados en los temas que yo abordo como escritora. Entiendo que hay factores externos e internos que provocan esa exclusión. Por eso siempre recomiendo a los alumnos de tesis que desean hacer tesis de corte literario, trabajar Guatemala y trabajar mujeres principalmente, y si no estamos en ese contexto, promover igualdad en el tratamiento de mujeres y hombres. Porque allí sí que añadimos historia, hacemos una historiografía más justa y rehacemos el mal, que una perspectiva demasiado patriarcal, dentro del campo de los estudios literarios, le ha hecho a un país como el de nosotros-as, al invisibilizar la escritura de mujeres ladinas y mayas.
Hacer listados no es una tarea inútil. Agradezco a quiénes se han ocupado estos días de hacerlas. Es necesario poner por escrito, los nombres, las obras, los alcances, dar opinión, no solo por ser mujeres, también valorando la escritura, buscando en esas obras, aportes al mundo de hoy. A su crueldad, a su bondad, a sus aciertos y desaciertos.
Ser escritoras de un país tan tradicionalmente patriarcal, es terrible. Sin embargo, el que estemos aquí, hoy escribiendo, pensando, imaginando otros mundos diversos y posibles, es una prueba concreta de nuestra existencia, y de nuestro paso por este mundo tan desigual. Algunas de las obras escritas y publicadas por nosotras, en distintos momentos, son el único testimonio de nuestro paso por este mundo y como decía Balsells, "son las que harán florecer nuestros sepulcros".
domingo, 6 de septiembre de 2020
Enfrentadas a nuestros niveles de racismo
En la década del 80 fuimos a Nahualá a jugar volibol, un equipo que se llamaba Deportivo del Valle, contra el equipo de mujeres de ese lugar. Eran tiempos raros, peligrosos para viajar por el interior, pero nos habíamos comprometido a ir, y viajamos desde la federación de volibol en un busito de allí con nuestro entrenador y un grupo de 8 o 9 jugadoras. Llegamos temprano porque el juego iba a ser hacia el mediodía. La cancha era sencilla, pero con la net y las medidas que se requerían. Estábamos rodeadas de montañas con un intenso color verde oscuro. Eran otros tiempos, la postmodernidad no había entrado en Nahualá. Era una localidad sencilla y sin servicios sofisticados. Como no era tiempo de cable ni de celulares, pues estamos hablando de otro momento de la historia del país. Hoy que vi a estas muchachas en su traje tradicional me recordé de esa vez, que tal vez mis compañeras recordarán. Llegamos, comimos, supongo ahora, conocimos un poco el lugar, donde podíamos cambiarnos y nos dispusimos a calentar. Para nada veíamos al otro equipo, hasta que por fin nos dimos cuenta, que las chicas que habían estado cerca de nosotras, con sus trajes (cortes y guipiles) eran nuestras contrincantes. Jugaron volibol con sus cortes, que a mí hoy se me hace difícil de pensar. Fue muy interesante en el recuerdo, y las implicaciones culturales que todo aquello tenía. Yo personalmente estaba desconcentrada, por tanto impacto cultural. Nunca me imaginé estar frente a esa experiencia. Luego cuando ya íbamos a comenzar el juego, nosotras usábamos una pantaloneta muy corta, y nos pidieron que no nos quitáramos el pantalón de pants. Eran otros tiempos, y el respeto era no descubrirse las piernas enfrente del público supongo yo ahora en el recuerdo. Ellas jugaban muy bien, nosotras con nuestros estereotipos, jamás lo hubiéramos pensado. Jugamos un juego interesante y duro, ellas nos ganaron un set, nosotras finalmente ganamos el juego, pero no sin dificultad que no imaginamos cuando íbamos hacia allá. Había en todo, un poco por orgullo, esa falsa dignidad ladina, porque supongo que hubiéramos querido darles el juego. En el fondo nos enfrentamos en ese lugar a todas las dinámicas culturales, fue un juego entre dos grupos étnicos. Las muchachas mayas de Nahualá todas estudiantes de secundaria, y nosotras ladinas de la ciudad, algunas ya trabajando, con una mezcla de edades, porque había gente muy joven y otras ya mayores, en ese equipo capitalino. Después de almuerzo volvimos a la ciudad con una sensación tan rara como el tiempo que vivíamos, que por lo menos a mí se me hizo central, para reconocernos en lo que somos unas y otras. Nos dio la oportunidad de medir nuestros niveles de racismo.
sábado, 11 de julio de 2020
Una de las banalidades del mal es creer que solo él está en este mundo. Es pensar que el mundo gira siguiendo el movimiento de su dedo. Uno de sus errores es creer que no somos capaces de observarlo. De medir sus movimientos. De esperar. La banalidad del mal llega al extremo de pensar, que en medio de la injusticia, ha ganado, y que no somos capaces de reaccionar. Apela a que hemos sufrido. Y que cuando las mujeres han sufrido tanto, se han debilitado, al extremo de callar. No sabe el mal, tan masculino que es, que la resiliencia ha sido la estrategia para deshacernos de él.
viernes, 3 de julio de 2020
lunes, 1 de junio de 2020
UNA LECTURA DEL ENSAYO DE MARÍA LUGONES:
SE VA A CAER (patéticas historias para celebrar el 8 de marzo y que nos nazca la consciencia feminista) Han pasado ya muchos años desde que ...







