sábado, 1 de enero de 2022









INICIO DE AÑO

Z y yo caminamos por primera vez por la pequeña ciudad a donde llegamos a vivir en el año 2001. Son como las 3 de la tarde. Salimos de la casa y al avanzar, cruzamos sobre la línea del tren. La ciudad se llama Tuscaloosa, y es como un pueblo de la costa sur guatemalteca. Sabemos por los libros de historia que en esta ciudad hubo campos de algodón en los alrededores. Y seguramente esclavos. Sus descendientes sobreviven en esta ciudad, y tienen los trabajos menos aventajados que se ofrecen aquí.
La experiencia de vivir en un lugar como Tuscaloosa no la volveremos a tener nunca. Aquí el tiempo se encuentra detenido. Es posible tener distintas experiencias que se vienen sucediendo a lo largo de mucho tiempo. Seguimos caminando, es un típico domingo en el sur norteamericano. Buses me dijo Z. No veíamos buses, porque en esta ciudad en el año que les menciono, no había buses. No tengo seguridad si ahora haya. En ese entonces el que no tenía carro, debía usar taxi. Los ancianos del lugar se podían subir al troli que existía en ese momento. Los estudiantes de las escuelas primaria y secundaria, usaban el bus escolar. El punto de todo es que nadie caminaba. Y si alguien lo hacía, podía ser detenido por la policía. Esa práctica debía ser un resabio de los tiempos fuertes de la segregación. No lo podría afirmar. Continuamos nuestra caminata. No veíamos a nadie. Luego sabríamos que toda la gente estaba en las diferentes iglesias. Nosotras somos tradicionalmente católicas. La comunidad católica de Tuscaloosa, es mexicana (lo aprenderíamos después). Sin embargo nunca fuimos a una misa católica dentro de esa comunidad. Empecé a ir a la iglesia pequeñita de la universidad entre semana, para no perder la costumbre de escuchar la misa. Esto lo hice durante 9 años. Nunca dejé de ir. La misa siempre era en inglés. Y la comunidad que asistía era mínima. Eso me gustaba mucho. Negros y blancos, y su mexican girl, que era yo. Con el tiempo aprenderíamos que la gente empezaba a circular en domingo después de la una de la tarde. Cuando el servicio terminaba. Durante nuestra estancia en Tuscaloosa que nos duró 9 años, la costumbre no cambió. Si querías salir a las pocas tiendas que existían en la ciudad y que no hubiera tanta gente, eso debía hacerse domingo por la mañana. Por otro lado en esa ciudad existía la ley seca cuando vivimos allí. No se podía comprar ni consumir licor el día domingo. Al menos no en público. Y ahora que lo recuerdo, yo que no bebo mucho, siempre tenía ganas de tomar un traguito los domingos, como que fuera un reflejo de la resistencia que se debe hacer a ese tipo de leyes raras, a las que yo no estaba acostumbrada por cuestiones religiosas. El tiempo pasó y lo medí en el crecimiento de mi hija. Llegó para hacer sexto primaria y terminó la secundaria para ir hacia la universidad, en el mismo lugar. Ahora que lo recuerdo, fue una especie de privilegio para mí, ver crecer a mi hija, estar con ella, acompañarla en todo. Porque mi vida en esa ciudad fue muy reposada. No hacíamos nada de actividad social. Lo que sí hicimos fue viajar. Fuimos por distintos lugares. Fuera y dentro de Estados Unidos. Conocimos personas y lugares insospechados. A propósito de inicios de año, entre el año 2003 y 2004 fuimos a París, Francia. Salimos de Tuscaloosa 18 días antes de que terminara el año. Fue muy intenso. Nunca imaginé conocer París. El padrino de mi hija, nos albergó. Visitamos la ciudad museo. Estuvimos compartiendo con Dante y Marjorie. Volvimos a Estados Unidos el día 31 de diciembre de 2003. Un día como hoy despertamos en esa ciudad tan rara y tan nuestra en ese momento. A inicios del año 2008, decidimos ir a New Orleans. Nos preparamos temprano para salir en carro. El viaje sería de 6 horas desde Tuscaloosa. Por seguridad les dije que mejor si llevábamos unos sandwiches, galletas, fruta y bebida. Todos pensamos que en los descansos del camino, siempre hay tiendas pequeñas abiertas, y el baño para poder descansar un momento y seguir el viaje largo. Que no habría problema para encontrar un lugar abierto para comer. En tanto salimos de la ciudad y empezamos el viaje, muy a pesar de ya llevar más de cinco años de vivir en dicha ciudad, nunca habíamos notado la total ausencia de gente un día primero del año que iniciaba hasta en ese momento, que habíamos decidido salir hacia New Orleans. El viaje fue mucho más silencioso que nunca. Muchas imágenes de películas se nos venían a la memoria, donde los personajes iban viajando absolutamente solos por caminos raros y agrestes. No sé si lo saben, pero el camino hacia New Orleans desde Tuscaloosa es recto. No encontrás curvas. Todo es recto y te podés dormir de la monotonía que puede surgir de ir viajando de manera inamovible por el camino. Las curvas las íbamos a encontrar al casi llegar a la otra ciudad. Las ciudades pequeñas que iban apareciendo eran todavía más muertas que Tuscaloosa, porque íbamos ya por Mississippi, y allí el paisaje iba cambiando. Era todavía más rural el ambiente. Una casita por allá, otra todavía más lejos, graneros y construcciones rurales que solo se ven si viajás en carro. Todos pensábamos que en el primer descanso encontraríamos la tienda abierta, los baños y gente. Pero nada de eso sucedió. Nos paramos un momento, pero decidimos continuar. No pudimos casi parar sino cuando ya íbamos más cerca de New Orleans. Sentíamos cierto temor. Y debíamos ser precavidos. En ningún descanso hubo comida o gente atendiendo. Tarde sabíamos que los primero de cada año, nadie salía de sus casas a esa hora. Viajamos todas las horas comiendo lo que yo había preparado. Bebiendo lo que llevábamos. Ya cuando estuvimos a dos horas de New Orleans, el tiempo había ya transcurrido, y en el descanso al que llegamos sí había baños abiertos. Al fin. Pero nada de comida disponible, ni café ni nada. Fue hasta que por fin se acabó la recta e iniciaron las curvas, y apareció la ciudad a lo lejos, que supimos que la pesadilla de película se había acabado. Buscamos el hotel. Nos instalamos. Allí encontramos cafe y donas para comer. Pero la ciudad lucía vacía. Decidimos bañarnos, arreglarnos un poco y salir, y a buscar un lugar donde comer algo. Caminamos mucho. Al fin un restaurante chino a la vista era lo único abierto. Allí degustamos lo que había. Además habíamos aprendido que los primero de enero nadie sale a la calle en esas ciudades. Solo nosotros habíamos tenido la experiencia del nuevo año, en medio de una profunda soledad. Nos habíamos aventurado hacia New Orleans, que por suerte no nos había acontecido nada malo. Fue intenso. Como muchos días primero del año que iniciábamos viviendo en el sur de Estados Unidos.

martes, 28 de diciembre de 2021

 ANGÉLICAS Y OBNUBILADAS



He estado recordando a otras mujeres escritoras que como yo han dedicado buena parte de su energía intelectual a la escritura creativa. Cuando una escribe, se evade de la realidad hostil que a veces atosiga nuestras vidas. Pienso en escritoras como Marta Josefina Herrera, Leonor Paz y Paz, Walda Valenti, Teresa Arévalo, Malin de Echevers, Ligia Escribá, Catalina Barrios, Elisa Rodríguez Chávez, Alaide Foppa, Rigoberta Menchú, Isabel de los Ángeles Ruano, Luz Méndez, Calixta Gabriel, Maya Cú, Ana Ardón, Nora Murillo, Rosa Chávez y Ana María Rodas, entre otras. Todas han entregado parte de sus vidas a la soledad de la escritura. Han saltado al vacío. Buscando la nada. Han estado en medio de los tentáculos de la censura, intentando infructuosamente deshacerse de ella. Se han visto en las garras de la mala crítica, que las descontaba por el hecho de ser mujeres, de ser débiles, de escribir fácil, de hablar banalidades, de tener una obra olvidable, de no parecer feministas, de ser contradictorias, de no estar comprometidas ni política ni socialmente. Otras al igual que yo nunca supieron por qué tanto odio, tanta envidia, tanto rencor, casi por nada. Y no solo en bocas venenosamente masculinas. También a través de lenguas de mujeres, que nunca comprendieron los alcances de nuestras obras, sus tonalidades contradictorias y divergentes. La versatilidad del registro de obras que no se resignaban a la anonimia. Sí, he estado pensando en esta realidad que les tocó a ellas, que nos tocó a nosotras, que todavía vivimos, que les tocará a las más jóvenes. Porque nos movemos en espacios infructuosamente patriarcales. Circulamos en lugares hechos contra nosotras. Escribimos marcadas por un sistema que nos ha enajenado. Y que nos coloca cerca de la estulticia. Escribimos contra todo lo que nos conmina a no hacerlo. Resistimos. Somos sobrevivientes escriturales. Caminamos azarosamente sobre la cuerda floja del sistema que nos indica, todo el tiempo lo que debemos y no debemos escribir. La que pretende enseñarnos estrategias de escritura gastadas y desgastadas como si fueran nuevas. Y darnos un ultimatum, que dice que si no obedecemos corremos el riesgo de fenecer como escritoras. De desaparecer, como que si no estar, fuera nuevo. Así bordeamos el sistema. Nos escabullimos. Les dejamos creer que nos han derrotado. Pero no. Nos rehacemos. Pendulamos. Sobrevivimos a los embates de la mediocridad. Renacemos en otras. Nuestra tradición la recogen las más jóvenes. Superadas. Angélicas. Obnubiladas. Muláticas. Originarias. Secretamente nuevas y resistentes.
(P. Nicho, imagen)

domingo, 27 de septiembre de 2020

 

 

                                              (m. meyer, mex)

MÁS QUE UNA PEQUEÑA TRAMPA

de AIDA TOLEDO

Rachele Airoldi

 Viernes 16 Noviembre 2018/ Caravasar, zona 1, Ciudad de Guatemala 

Un fuerte miedo empapa los versos de la primera parte del poemario de Aida Toledo. “Miedo burócrata, miedo fregado / Miedo oseo / Miedo en planilla / Miedo burócrata / Miedo pendejo / Miedo que no para”.

Una sensación de instabilidad, fragilidad, vulnerabilidad constante que refleja la que se vive en la sociedad guatemalteca de hoy donde el miedo invade tanto nuestros días que ya fue incorporado como parte de nosotros, donde la muerte es elemento cotidiano que deja de escandalizar. Sensación que Aida Toledo resume en la imagen de la cuerda floja: estamos caminando sobre una “cuerda floja” y el vacío nos amenaza.

Este vacío que nos espera es la muerte que anda cerca de nosotros cada día y es una muerte “disfrazada” de consuetudinario y normalidad. Quizás de hecho, el miedo que se confiesa no es el miedo a la muerte en sí, sino a la muerte como costumbre, o sea a la costumbre de la muerte como amenaza normal, cotidiana.

 

De vos/de mi/de nosotros

En cada esquina

Ella nos espera

La muerte finge indigencia y saca la pistola

Cuando bajás/bajo/ bajamos el vidrio

Para darle una moneda

La muerte lleva cuchillo

Cuchillo lleva la muerte

Cuando en la 6° avenida

Y la 1° calle de la zona 9

Introduce la descarnada y huesuda mano

Y te/me/nos mete el cuchillo

Y vos/yo/nosotros creemos

Estar dentro de una horrible pesadilla

 

La muerte anda cerca

De vos/de mi/de nosotros

 

(La muerte anda cerca)

 

La poesía de Aida denuncia esta “horrible pesadilla” en la cual se vive en Guatemala.  

Pesadilla que se confunde siempre más con la realidad, que quiere volverse realidad. Este es el verdadero miedo: volvernos incapaz de distinguir pesadilla y realidad. “Es jodido el miedo” escribe la autora “miedo a no sentir más” (El miedo es fuerte). El miedo a aceptar la pesadilla como realidad. A volvernos impermeables frente a las lágrimas y al dolor. A volvernos, utilizando unas imágenes de Aida, “cosas quietas” como una “planta plástica/ que ni roba oxígeno”:

 

Como una cosa que se queda quieta

Alli

Exactamente donde la pusieron

A veces si

Estás detenida

En un espacio que te queda ajeno

Que parece de otros

Estás allí

Inmóvil como un adorno

Sobre su mesita

Con su mantelito

Bordado a mano

Parecés si un objeto

Un objeto soso que han posado

Hace algún tiempo

Y han olvidado que tiene historia

Lucis sì sì sì

Como planta plástica

Que ni roba oxigeno

Disimuladamente

Te olvidaron

En un lugar como éste

Hecho

Totalmente contra vos

 

(Sentada asì como asì)

 

Este es el verdadero miedo que se vive en la sociedad guatemalteca de hoy, devorada por la violencia, la corrupción y la injusticia: el miedo a que el absurdo se normalice. El miedo a volvernos de plástico, incapaces de reacción, aceptando impasibles un lugar hostil “hecho totalmente contra nosotros”.  El miedo a acostumbrarnos a lo inhumano y de consecuencia volvernos inhumanos, como una “estatua” blanca erguida en medio de una plaza.

 

Digo que lo de las estatuas

Da pavor

Da pavor verse

Tan blanca

Tan erguida

Tan sensual

Tan desnuda

En medio de una plaza

Da verdaderamente

Miedo

 

(Da miedo lo de las estatuas)

 

La voz de Aida Toledo se traduce en una poesía desesperada, angustiada que lucha para no dormirse, para no acostumbrarse a una realidad injusta, para quedar despierta, porque si se duerme, la pesadilla se vuelve realidad y esta no es la realidad que queremos. La poesía de Aida Toledo es una poesía que despierta y evita que uno muera lentamente “hervido”.

El síndrome que padece el guatemalteco de hecho es el de la “rana hervida”: un experimento científico demuestra que, si se pone una rana en una olla de agua tibia y se sube gradualmente la temperatura hasta ebullición, el animal muere lentamente sin darse cuenta, hervido.

Por eso la poesía de Aida tiene voluntad de despertar, se podría decir que “nos hace saltar fuera de la olla”. La poetisa se preocupa de averiguar si está despierta, quiere saber si está viva. En su poema “Para saber si estoy viva”, leemos: “Me jalo el pelo / Me pellizco / Me doy mordidas / Me guillotino.”

El poemario presenta una poesía que es eterno despertar a la vida, una poesía que lucha para despertar y hacernos sentir vivos, para salir de la pequeña trampa – que es más que una pequeña trampa – en la cual vivimos. En este sentido, la poesía de Aida Toledo, es una voz epifanica como la que despierta a los personajes del teatro de Pirandello que de repente se miran y se dan cuenta que son “personajes” actuando en la escena, que el mundo que los rodea es falso, ficticio, no es real. Es un momento desconcertante ya que equivale al colapso de todas certezas. Pirandello representa este momento en su obra “Il Fu Mattia Pascal”, con la imagen del “desgarro del cielo de papel” (lo strappo nel cielo di carta) imaginándose un títere, Oreste, que en el momento culminante de la tragedia en la cual está por matar a su madre, mira hacia al cielo y observa un desgarro en el papel tapiz que representaba el cielo pintado. El títere entra en crisis, desconcertado, paralizado ya que finalmente, a través del desgarro, ve la realidad como es y entiende que el mundo así como lo conocía es mentira, se da cuenta de la “trampa” de lo que vivía. Aida en su poesía “El Ángel Caido” parece explicar este mismo sentido de vértigo:

 

Le da vueltas más vueltas

Todo el salon le da vueltas

El cielo falso del salón

Le da mil vueltas

 

(El Angel Caido)

 

La poesía de Aida Toledo es el desgarro que revela al guatemalteco lo injusto e inaceptable que es una realidad que pensamos normal. Hay una fuerte voluntad de reivindicación de la vida en sí, ya que la que definimos y creemos ser vida por simple costumbre, en realidad no lo es, es todo “menos que vida”, como escribe la autora:

 

La vida más bien

Parece una perinola

Una caotica perinola

Aerea

Que vueltas da

Vertiginosamente

Parece un avion

Enloquecido

Dibujando poemas

En el aire

En un cielo enrarecido

Como en Chile

Parece libelula

Que ha perdido

La brujula

De todo parece

La muy pendeja

Menos vida

 

(Menos Vida)

 

La verdadera vida que se busca es una “vida que late” en la cual no existe un tiempo medido por las manecillas ya que el tiempo está marcado por el reloj que late, el reloj de nuestro corazón. Es una vida que tendemos a olvidar y para volverla a encontrar a veces es necesario “jugarla”:

 

Por eso

Juego mi vida

A la ruleta la meto

En el poker la apuesto

En el palenque

La rajo para que sangre

La juego la presto la apuesto

La coloco y la vendo

[…]

Luego me encuentro

Y atormentada

Me veo en el espejo

De la misma existencia

 

(Para saber si estoy viva)

 

El juego podría ser la solución para volvernos a encontrar, para cambiar perspectiva y abrazar una realidad verdadera y más digna.

¿Y entonces como despertar de este torpor de una vida que es todo “menos que vida”? ¿Como “desgarrar el cielo” de una pesadilla social que se quiere afirmar como real? Un chapuzón en un cenote congelado.

Para despertar de la pesadilla la autora nos propone lanzarnos al cenote.

 

Me veo

Me siento

Estoy cenotica

Y abrumada

Parada

En el filo

De un precipicio

Que me seduce

 

(Cenote II)

 

En este sentido, un salto en un cenote nos despierta, nos devuelve a la existencia. Recientemente fui a visitar el Cenote de Candelaria y pude vivir esta experiencia. Cuando el corazón empieza a latir más fuerte mientras miramos abajo en una mezcla de vértigo y atracción. Allí la adrenalina empieza a despertarnos por esta irracional necesidad de desafiarnos, de sentirnos cerca de un peligro para percibir nuestros cuerpos, para sentirnos vivos. “Me veo/ me siento/ estoy cenotica” afirma la autora mientras está “en el filo/ de un precipicio” que la “seduce”. Sube desde los pies hacia arriba, la adrenalina invade cada célula, las piernas empiezan a temblarnos, el pecho sigue rítmico la respiración que acelera, el corazón finalmente late fuerte, la cabeza despejada e infinitamente llena al mismo tiempo. Salto. No, no salto. Sí, salto. El vacío abajo, nos llama, nos llama por nombre. Y nos acordamos de nosotros. El cenote nos llama para devolvernos quienes somos.

 

Volar me preguntaste

Volar sì/ me dijiste

Sìsìsìsì

Respondí exaltada

Alucinada

Con ese vértigo

Que me da a veces

Yo quiero volar te dije

Y vos me sujetaste

Lanzandonos al vacío

De aquel cenote

 

(Cenote VII)

 

El cenote entonces devuelve a la vida. Un chapuzón que nos despierta de repente ya que “La caída / Es vertiginosa / Y / El agua verdosa/ Está fría” (Cenote XI). Este lugar sagrado que es puerta al inframundo maya, se vuelve para la poetisa en una vía para regresar al mundo real, para despertar de una pesadilla que no queremos se vuelva realidad. Ocurre entonces trascender la imagen poética y preguntarnos que es el cenote, que representa en realidad el cenote. Leemos:

 

El poema es un cenote

La poeta salta

El sacrificio

Está en vencer el miedo a desnudarse

En público

 

(Cenote XI)

 

El cenote es la poesía entonces. Esta es la respuesta de Aida Toledo. Se rescata una literatura capaz de participar al proyecto social, despertando, concientizando, denunciando para que lo absurdo no se normalice. Porque la literatura latinoamericana es necesariamente comprometida, social y políticamente, y hasta la poesía, que es por excelencia la voz literaria que puede aislarse ensimismándose en un mundo introspectivo, se siente llamada a tratar la realidad de afuera.

 

La poesía es la voz que despierta, como un chapuzón, evitando que nos durmamos aceptando como realidad definitiva una pesadilla social que no corresponde a nuestros deseos, que no corresponde a lo por cual el hombre está hecho – concepto indefinido que etiquetamos banalmente con la palabra “felicidad”.

 

 

Esferas del tiempo (2020), es una antología de poesía iberoamericana editada por Floriano Martins y Omar Castillo. Como es una antología cronológicamente situada, de poetas nacidos en la década del 50 por suerte, Floriano a quién conocí en Granada hace ya años, me pidió poemas para ser incluidos en esta antología.

En un curso de poesía de maestría de la U. Landívar, yo les insinúo a los estudiantes que revisen las antologías publicadas en el siglo XX, porque a través de ellas podemos leer entre líneas, las formas que asume la investigación sobre poesía latinoamericana, con distintas pulsiones, muy relacionadas con los cambios de sensibilidad estética, los acontecimientos políticos y económicos en la región, las consolidaciones de las minorías en el espacio textual, y otro tipo de variables que van apareciendo en un corpus fluctuante y diverso a lo largo de un siglo.

Acompañada por distintos grupos en el estudio de la poesía de la región, notaba cómo en la primera mitad del siglo, las antologías tenían un origen español por un lado, se hacían con una mirada todavía peninsular y eran altamente masculinas. Casi no aparecían autoras, y en algunos casos radicales, ninguna mujer era incluida en el corpus. Pero al rebasar la primera mitad del siglo, las coyunturas del emerger de las minorías desde distintos espacios en la cultura latinoamericana, aparecían más mujeres, los primeros autores indígenas y continuaban apareciendo más textualidades de autores y autoras afrodescendientes. 

Como la mirada y perspectiva crítica de esas primeras antologías era muy occidental, sucedía que aparecían autores regularmente varones, originarios de España, que habían tenido relaciones cercanas con algunos de los más famosos autores latinoamericanos del corpus. Lo que a todas luces causa desde nuestra actual mirada crítica un desfase muy fuerte, que leemos como todavía, la presencia de las neocolonizaciones poéticas de la región, que seguían viéndose desde la herencia española y portuguesa. Con lo cual no se permitía en dichas antologías considerar mayor presencia de autores de los pueblos originarios y de las mujeres que venían invisibilizadas por su propio corpus desde inicios del siglo XX.

Una antología como Esferas del tiempo me hace pensar en cómo se mueven las flujos poéticos hoy. Existe una mayor presencia de mujeres poetas de la región. Y la amplitud de parte de los antologadores o editores es distinta completamente. Tratan de incluir a países que antes habían sido totalmente borrados, invisibilizados, como poéticamente no fuertes, tal y como ha sucedido con Guatemala, en buena cantidad de antologías que si mucho daban un espacio para que aparecieran poetas guatemaltecos como Luis Cardoza y Aragón, que está si lo leemos hoy, a la misma altura que otros famosos poetas de los corpus de antologías que inician a publicarse a inicios del siglo, y en donde Cardoza nunca fue incluido.

¿Qué significará antologar poetas, hombres y mujeres, nacidos en una sola década? Se puede una preguntar a esta altura. Y una buena razón es acotar la investigación que sobre poesía, proponen estas publicaciones. Y es que las antologías definitivamente cuando no nacen de una pulsión de indagación seria y concisa, resultan siendo largas listas de poetas con poca muestra discursiva, para dar cuenta de la cantidad de poetas de la región. En cambio una antología tan precisa con mayor cantidad de textos por autores/as, puede dar cuenta de otras variables en el corpus, y las razones por las cuales no aparecen en antologías que vienen mucho más ligadas a versiones occidentalizadas del corpus de poetas de la región.

Los y las poetas nacidos a mitad del siglo, crecerán y desarrollarán sus carretas literarias dentro de otra sensibilidad. Van creciendo en medio de la agonía de la modernidad latinoamericana. Desarrollarán su obra dentro de otros ejes estéticos y participarán de la entrada de la postmodernidad en general. Asistirán a eventos y desastres políticos muy distintos, a los que vivieron los y las poetas de inicio de siglo, que estuvieron en medio de dos tremendas guerras mundiales, que afectaron de distintas maneras a sus países de origen, dependiendo de las relaciones económicas con sus centros de poder hegemónicos.

Los y las escritoras incluidos en esta antología, son los hijos de aquellos otros, que percibieron la entrada de la modernidad con el shock que todo aquello contuvo. Son testigos y testigas de la nueva era. La de la guerra fría. La de la guerra de Vietnam, que sacude los cimientos del centro cultural de poder en la década de los 60, y de su impacto en las políticas de los Estados Unidos y el mundo. Verán caer el muro de Berlin, sin inmutarse, y asistirán paulatinamente al incremento de la digitalización del fin de siglo, sin tener dispositivos para esos embates.

En su mayoría, todavía no lo sé, siguen todos y todas vivas. Se trata de una poesía viva iberoamericana, que contiene experiencias de vida totalmente distintas que las de sus antecesores. Darán cuenta de un mundo que camina aceleradamente hacia los espacios de la comunicación virtual, que excederá los límites de lo real. En sus textos podríamos leer estas experiencias, un nuevo cambio de registro del que no se ha dado cuenta todavía, porque solemos ver lo general y no lo particular a través de las lecturas de obra poética.

Esta antología es una especie de lupa para leer la vida y las experiencias de un grupo generacional que ya no se amarra a los impulsos de inicios del siglo XX, sino que se encuentra exactamente en la década en que la poesía de la región se politiza dentro de los ejes del realismo socialista, allí tiene su inicio. Casi todos empezamos a escribir entre 15 y 20 años después de iniciada la segunda mitad del siglo, y somos observadores de la agónica caída de la modernidad en la década del sesenta. Nuestra primera poesía posiblemente, en líneas generales, se publica en la década del setenta y se desarrolla más en las subsiguientes, siempre atentos a las beligerancias políticas, a los enfrentamientos de la guerra fría y sus repercusiones en nuestros propios países de origen. Pero además sobreviviendo a los cambios, las fluctuaciones en los desplazamientos humanos que se incrementan y de los que sabemos a fondo, gracias a las nuevas comunicaciones mundiales. Así llegamos al siglo XXI, en donde aparece esta antología. Tras largos años de ver, vivir y sufrir los cambios, los acelerados cambios digitales, en medio de un tiempo sin utopías, en medio de una época de simulacros, ciegos y obnubilados algunos de nosotros/as, estamos dando cuenta del amor, el odio, el radical escepticismo heredado de nuestros mayores. Con nuestras trashumancias a cuestas.



sábado, 12 de septiembre de 2020

COMO UNA PRUEBA DE LA EXISTENCIA EN ESTE MUNDO

(c.rippey, imagen)

 Le pregunté a una amiga por qué hacían esas listas de escritoras en las redes sociales del facebook. Mi falta de atención sobre ese tipo de cosas, me hacía no haberme dado cuenta, lo que había suscitado que se hicieran de nuevo largas listas de escritoras de mi país, para volver a darnos existencia.

Hacer listados de escritoras ha sido una labor que venimos estudiando y haciendo algunas escritoras aparecidas en la década del ochenta, a raíz de la poca oportunidad que tuvimos de publicar en distintos medios nuestros escritos. Publicar un libro en ese momento, no es como hoy. No había posibilidad, sino de hacer un libro artesanal, que en el fondo, dentro de un contexto de guerra, no se nos ocurrió como una solución. Además íbamos escribiendo nuestros textos a mano. En algunos casos se perdieron en servilletas utilizadas en cafeterías de la USAC, que luego fueron a parar a los botes de basura. 

Yo solía hacer grafiti en los baños. Con otras compañeras hicimos pintas en los baños de cafeterías, restaurantes, pasajes, escribiendo textos nuestros, que al rato eran cubiertos por capas de pintura, evidenciando que vivíamos un tiempo efímero. Lo hicimos principalmente en las aulas de la USAC, no quedaron vestigios de esas "acciones poéticas", que le llaman ahora, los entendidos en festivales. Buscábamos la publicación sin encontrarla en esa década, en que obviamente otros y otras andaban militando en las filas de la guerrilla. Nuestra labor parecía a todas luces nihilista, no estábamos allá en la montaña, ni tampoco estudiábamos en la Landívar, que era el lugar opuesto ideológicamente a la USAC, al menos en ese momento.

Me he recordado de los esfuerzos por publicar en algún medio que nos diera existencia, al inicio de nuestras carreras literarias. No existía en ese entonces, la buena cantidad de pequeñas editoriales independientes que existen ahora. Ni tampoco existían al inicio de la del noventa. Ese año por cuestiones coyunturales, tuve mi primera oportunidad, después de haber estado un año en un taller de escritura creativa. Al inicio éramos cuatro, luego se agrandó y estuve junto a otros escritores de USAC más jóvenes que yo. Entre ellos Juan Carlos Lemus, Johanna Godoy, Rolando Umul, Francisco Méndez, Sergio Morales, Shirley Mazariegos, y quizás otros que a veces aparecían en el taller. El grupo pequeño inició entre octubre de 1988 y 1989, luego con el grupo más grande se extendió de 1989 a 1991. De la primera fase de taller, yo extraje mi primer libro, que se fue recortando, dejando fuera muchos poemas que luego fueron al segundo libro. Lo cierto es que en enero de 1990, Sergio Morales, Violeta Blanco y yo, miembros del taller pequeño, publicamos una plaqueta en una colección, con poetas que ya tenían libros publicados. También apareció por primera vez en la colección, Edgar Gutiérrez. Y junto a nosotros, libros de Rafael Gutiérrez, Luis Eduardo Rivera, Mario Roberto Morales, Antonio Brañas, Héctor Rodas, Méndez Vides y Francisco Nájera, todos escritores con libros publicados. El más desconocido de ellos era Héctor Rodas, originario de Quetzaltenango.

Todo esto viene a colación por lo del listado de hace algunos días. En esa colección éramos dos mujeres. Y la publicación estaba financiada por la Editorial Cultura, que dirigía Juan Fernando Cifuentes, a quién le gustaban mis poemas. No hay duda que hace más de 30 años como hoy, lo que Mónica Albizúrez ha llamado el "patronazgo masculino", era la única vía para que dos mujeres publicaran en esa colección. No había otra opción. Además de las particulares relaciones sentimentales que también entraban en juego, y que no deseo contarles, para despertar un poco la intriga. 

No dudo que muchas mujeres en ese tiempo y hoy, deben entrar a jugar esos u otros papeles para conseguir una publicación. La diferencia que yo puedo testimoniar de ese momento, es que los libros de Violeta y el mío, sí fueron producto de la actividad del taller al que asistíamos. Fue un año de taller, haciendo que los poemas tomaran forma. Que el libro tomara forma. Discutiendo los criterios, analizando nuestros propios textos. Hasta que estuviéramos listas para enfrentar a la ciudad letrada patriarcal, con quien nos íbamos a ver, al salir los libros. No tengo la menor duda que publicar un libro junto a "celebridades masculinas", era doblemente duro en ese momento, que hoy. Y las críticas podían ser mucho más viscerales, dependiendo de la suerte que tuviéramos en la lectura que los miembros de la ciudad letrada nos iban a hacer, para reconocer o no la poesía en nuestros libros. Los de los hombres estaban bien, las que íbamos al tribunal de la inquisición, éramos nosotras. Y sí, nos criticaron duro. Nos quisieron borrar en distintos y variados momentos del corpus de autores-as del país. No lo dudo. En mi caso, que es del que puedo dar fe a la distancia, no se logró, porque tengo una exacerbada pulsión de escritura. 

Al encontrar mi nombre en los listados, escritos por unas y otras escritoras y ensayistas guatemaltecas que se han dado a la tarea de reaccionar frente a una publicidad de feria de libro nacional, aparecida recientemente en redes sociales, me hizo recordar y traer a la historia de la literatura de mujeres, mi propia experiencia, y quizás por eso, entender desde mi, la desatención a este tipo de acciones del mercado del libro en Guatemala, que suele tener ese perfil de exclusión. 

La tarea que como escritora y estudiosa de la literatura guatemalteca he realizado, junto a otras colegas ha sido la de trabajar más mujeres que hombres, a lo largo de por lo menos tres décadas. He publicado y difundido la literatura de mujeres de mi país, aún, cuando yo misma no he sido incluida por ellas en antologías y estudios especializados en los temas que yo abordo como escritora. Entiendo que hay factores externos e internos que provocan esa exclusión. Por eso siempre recomiendo a los alumnos de tesis que desean hacer tesis de corte literario, trabajar Guatemala y trabajar mujeres principalmente, y si no estamos en ese contexto, promover igualdad en el tratamiento de mujeres y hombres. Porque allí sí que añadimos historia, hacemos una historiografía más justa y rehacemos el mal, que una perspectiva demasiado patriarcal, dentro del campo de los estudios literarios, le ha hecho a un país como el de nosotros-as, al invisibilizar la escritura de mujeres ladinas y mayas. 

Hacer listados no es una tarea inútil. Agradezco a quiénes se han ocupado estos días de hacerlas. Es necesario poner por escrito, los nombres, las obras, los alcances, dar opinión, no solo por ser mujeres, también valorando la escritura, buscando en esas obras, aportes al mundo de hoy. A su crueldad, a su bondad, a sus aciertos y desaciertos. 

Ser escritoras de un país tan tradicionalmente patriarcal, es terrible. Sin embargo, el que estemos aquí, hoy escribiendo, pensando, imaginando otros mundos diversos y posibles, es una prueba concreta de nuestra existencia, y de nuestro paso por este mundo tan desigual. Algunas de las obras escritas y publicadas por nosotras, en distintos momentos, son el único testimonio de nuestro paso por este mundo y como decía Balsells, "son las que harán florecer nuestros sepulcros".


domingo, 6 de septiembre de 2020


 Enfrentadas a nuestros niveles de racismo

En la década del 80 fuimos a Nahualá a jugar volibol, un equipo que se llamaba Deportivo del Valle, contra el equipo de mujeres de ese lugar. Eran tiempos raros, peligrosos para viajar por el interior, pero nos habíamos comprometido a ir, y viajamos desde la federación de volibol en un busito de allí con nuestro entrenador y un grupo de 8 o 9 jugadoras. Llegamos temprano porque el juego iba a ser hacia el mediodía. La cancha era sencilla, pero con la net y las medidas que se requerían. Estábamos rodeadas de montañas con un intenso color verde oscuro. Eran otros tiempos, la postmodernidad no había entrado en Nahualá. Era una localidad sencilla y sin servicios sofisticados. Como no era tiempo de cable ni de celulares, pues estamos hablando de otro momento de la historia del país. Hoy que vi a estas muchachas en su traje tradicional me recordé de esa vez, que tal vez mis compañeras recordarán. Llegamos, comimos, supongo ahora, conocimos un poco el lugar, donde podíamos cambiarnos y nos dispusimos a calentar. Para nada veíamos al otro equipo, hasta que por fin nos dimos cuenta, que las chicas que habían estado cerca de nosotras, con sus trajes (cortes y guipiles) eran nuestras contrincantes. Jugaron volibol con sus cortes, que a mí hoy se me hace difícil de pensar. Fue muy interesante en el recuerdo, y las implicaciones culturales que todo aquello tenía. Yo personalmente estaba desconcentrada, por tanto impacto cultural. Nunca me imaginé estar frente a esa experiencia. Luego cuando ya íbamos a comenzar el juego, nosotras usábamos una pantaloneta muy corta, y nos pidieron que no nos quitáramos el pantalón de pants. Eran otros tiempos, y el respeto era no descubrirse las piernas enfrente del público supongo yo ahora en el recuerdo. Ellas jugaban muy bien, nosotras con nuestros estereotipos, jamás lo hubiéramos pensado. Jugamos un juego interesante y duro, ellas nos ganaron un set, nosotras finalmente ganamos el juego, pero no sin dificultad que no imaginamos cuando íbamos hacia allá. Había en todo, un poco por orgullo, esa falsa dignidad ladina, porque supongo que hubiéramos querido darles el juego. En el fondo nos enfrentamos en ese lugar a todas las dinámicas culturales, fue un juego entre dos grupos étnicos. Las muchachas mayas de Nahualá todas estudiantes de secundaria, y nosotras ladinas de la ciudad, algunas ya trabajando, con una mezcla de edades, porque había gente muy joven y otras ya mayores, en ese equipo capitalino. Después de almuerzo volvimos a la ciudad con una sensación tan rara como el tiempo que vivíamos, que por lo menos a mí se me hizo central, para reconocernos en lo que somos unas y otras. Nos dio la oportunidad de medir nuestros niveles de racismo.

sábado, 11 de julio de 2020

Banalidad del mal

Una de las banalidades del mal es creer que solo él está en este mundo. Es pensar que el mundo gira siguiendo el movimiento de su dedo. Uno de sus errores es creer que no somos capaces de observarlo. De medir sus movimientos. De esperar. La banalidad del mal llega al extremo de pensar, que en medio de la injusticia, ha ganado, y que no somos capaces de reaccionar. Apela a que hemos sufrido. Y que cuando las mujeres han sufrido tanto, se han debilitado, al extremo de callar. No sabe el mal, tan masculino que es, que la resiliencia ha sido la estrategia para deshacernos de él.

viernes, 3 de julio de 2020



LA NUEVA VERSIÓN DE LA LOLITA: ÁNGEL DE FUEGO DE DANA ROTBERG

El ángel de fuego se titula la película mexicana de Dana Rotberg aparecida en 1991, y que ganara entre los premios, el de Fantasporto International Fantasy Film Festival en Portugal., y el International Critics Award el mismo año, festival que se da cita en Nueva York.
El film en sí se inserta en una tradición neorrealista del cine latinoamericano, donde los temas tabú siguen estando a la orden del día. En general la historia es la de una joven adolescente que ha sido abusada por el padre desde niña. La película elabora un cambio en la conducta del personaje central, porque se aleja del cine de crítica social, en donde se victimiza totalmente al personaje femenino, enfrentando a la audiencia ante un cine estereotípico, que tiene relación con los filmes de los años cuarenta en México. A diferencia de Chachita, la niña de las películas de Pedro Infante en Nosotros los pobres, la niña-adolescente de El Angel de Fuego, es una especie de Lolita que busca al padre enfermo y degradado por la vida cirquera como payaso, para enfatizar el asunto del incesto. La película posee pasajes sumamente grotescos pero que están en consonancia con la perificidad de la gente del circo ambulante y pobre. La Lolita mexicana queda embarazada del padre y debe abandonar el circo a causa de esta circunstancia, luego que el padre ha fallecido. Dentro de la fantasia creada por Rotberg en la película, la adolescente se dedica a echar fuego por la boca en las esquinas de las calles de los suburbios de la ciudad de México, en donde se gana la vida,  Dicho oficio sirve en la película para aludir en los imaginarios latinoamericanos a la extrema pobreza de los niños de la calle, procedentes de las distintas grandes ciudades del área. Por asuntos del destino, elemento que está muy trabajado en este film de Rotberg, conoce a una familia religiosa que lleva una vida itinerante por las zonas más pobres de la ciudad. El encuentro y las vivencias con esta familia le sirve a la muchacha para reflexionar acerca de su estado y del deseo perverso de criar a un hijo, que es producto de su relación incestuosa,. El film elabora una serie de claves de comprensión de ese mundo perverso en el cual el personaje se encuentra inserto. Uno de los símbolos de la mala maternidad es un muñeco o títere que le ha sido dado a Alma, para que juegue como niña a tener en los brazos a su hijo. La imagen del títere es diabólica, posee un rostro grotesco y una especie de cachos o cuernos que nos indican el sentido del símbolo. Sin embargo el personaje femenino está creado por Rotberg como un ser amoral que no reconoce el pecado, sino que se deja llevar por el deseo de la maternidad, sin cuestionar su procedencia. Alma que así se llama la muchacha, se encuentra necesitada del afecto familiar que llevara en el circo, y de alguna manera decide adoptar simbólicamente a la familia cristiana como su segunda familia, y en el seno de la cual desea tener su hijo. Sin embargo el destino le sigue poniendo trampas, y por querer entrar al mundo alucinado de los profetas pobres con los cuales se relaciona, pierde al niño al hacer una penitencia que se le pide. Para el espectador este desenlace provoca una especie de catarsis al ver a Alma libre del pecado. Sin embargo para el personaje la pérdida implica el odio y la venganza que sirven de motor de desenlace de la historia.
Es indudable que Rotberg se mueve en una frecuencia muy buñueleana, como en Los olvidados, en donde las salidas exitosas o por la puerta de enfrente para los personajes, son imposibles. Al final y sin ningún cargo de conciencia, Alma seduce al supuesto elegido del señor y luego lo abandona. El final es crudo, como en las mejores películas naturalistas, porque el profeta se suicida y Alma simplemente se va del lugar, sin que sienta ningún tipo de remordimiento. Pero el castigo está cerca, Alma regresa al circo y allí se inmola, subida en el trapecio le prende fuego al pequeño y pobre circo,. En este sentido Rotberg no se aleja del cine de catarsis desde donde le viene la tradición, porque el personaje femenino desde el título se encuentra diabolizado y Alma es una más de las niñas maléficas, que tuercen el camino y la vida de los otros. A nuestro entender, el personaje femenino está estructurado dentro de un perfil malinchesco, en donde la lucha por la supervivencia se torna absolutamente fuerte y descarnado. Alma en el fondo al inmolarse, provoca la catarsis del espectador, al ver a la Lolita de cuerpo turgente y deseoso, morir entre las llamas. Sin embargo Rotberg como en otros filmes dirigidos por mujeres, maneja un simbolismo que hay que descodificar, y se hace necesario poner más atención y buscar las aliaciones con el mito de la purificación, que es obviamente como la directora decide el destino de este personaje.
(Realizaba una investigación sobre directoras de cine latinoamericano en el año 2005, que finalmente no se concretó en libro , de allí extracto este escrito)


lunes, 1 de junio de 2020


UNA LECTURA DEL ENSAYO DE MARÍA LUGONES:
“COLONIALIDAD Y GÉNERO: HACIA UN FEMINISMO DESCOLONIAL”

María Lugones (Argentina, 1944) se graduó de filósofa, en la Universidad de California en Los Ángeles. Luego obtuvo un master y un doctorado en la misma especialidad en la Universidad de Wisconsin-Madison. Es profesora de literatura comparada y de estudios de la mujer en la Universidad de Binghamton en Nueva York. Se ha ido dando a conocer ligada con lo que la crítica cultural llama estudios de género. Pero en realidad Lugones plantea una serie de consideraciones sobre las intersecciones que en la construcción de género, se produce entre las categorías de raza, género, clase y etnia.
¿Qué significa ser una feminista de color?
Ha sido interesante encontrar en las ideas de Lugones una propuesta que obviamente, al menos para mí, procede de un feminismo periférico y actualmente descolonial, contrapuesto y enfrentado con la propuesta de los feminismos blancos, anglosajones y burgueses, tal y como ella lo explica en sus ensayos desde el año 2003, cuando publica: “Los peregrinajes de los feminismos de color”. El asunto más importante desde mi revisión de las ideas de Lugones, es que parte de su interés proviene de su inserción en los años 60 en las luchas por los derechos civiles, en el caso del movimiento negro estadounidense. Pero lo central más tarde, ha sido buscar una coalición política con los feminismos latinoamericanos no blancos.[1] Sobre estas luchas de las latinoamericanas y en el caso de las feministas de color, instaurado por Lugones para el siglo XXI, existe un antecedente donde la líder del movimiento fue precisamente una guatemalteca.[2] La revisión que otras críticas como Cristina Bidaseca le han hecho a Lugones, esquematiza un progreso en el ideario feminista de color de Lugones. En uno de sus ensayos sobre el multiculturalismo, al cual denominará “radical”, Lugones devela dos máscaras producidas durante la modernidad por el feminismo eurocentrado, la llamada multiculturalidad que pretende abrir espacios de diálogo entre culturas, y que lo único que logra, es un exotismo universalista, y luego la máscara feminista, que pretende hacer única y también universal, la defensa de las mujeres, que en este caso son identificadas en la mujer blanca, ya categorizada dentro de la colonialidad del poder por quienes la ostentan. Para Lugones el gran problema de este feminismo hegemónico, es que es eurocéntrico, universalista y racista. Para ella tanto la máscara multicultural y feminista, participan de una falsa universalidad.
Ser mujer en el mundo moderno-colonial
María Lugones señala con claridad cómo el punto de inflexión durante la modernidad-colonialidad en cuanto al género, es que esta categoría está mediada por la humanización y la deshumanización. Durante el periodo colonial se introdujo la dicotomía racial, que supuso que los colonizados eran seres sin razón. Esa deshumanización determinó la forma de vida que llevarían en ese periodo tanto en lo económico, lo sexual y en el conocimiento. En este tercer punto, el asunto era la capacidad de adaptación a la cultura del conocimiento europeo, rasgo que sigue funcionando aún en Latinoamérica. En cuanto a lo sexual, la colonialidad determinó esto a través del heterosexualismo, creando dicotomías como hombre-mujer y macho-hembra. En este punto se reconoció como mujer, a las “mujeres burguesas blancas”, excluyendo al resto, que serían tratadas como animales. Considerándolas seres sin género, marcadas sexualmente como hembras, pero sin femineidad.[3] De acuerdo a esta clasificación, hombres y mujeres, negros e indios, no tenían género. Se les consideraba bestias, y por eso Lugones los denomina como dimórficos[4] y ambigüos sexualmente. Por otro lado las mujeres que eran mujeres para la colonialidad, debían ser castas, sexualmente puras, pasivas y heterosexuales. Y todas eran vistas como blancas y burguesas. De acuerdo a Bidaseca, siguiendo a Lugones, más parecen construidas por la emoción que por la razón. Se sabe hoy por toda la información recabada por la historia, la antropología y los estudios culturales, que las comunidades durante el régimen colonial, fueron despojadas de sus saberes, y produjeron un vacío, que al paso del tiempo ha hecho que no tengamos oportunidad de acceder a ella, ni a través de los descendientes directos. Pero sí se sabe que los machos indígenas por ejemplo, fueron designados como autoridad y como mediadores con los blancos. De esta forma las mujeres pasaron a convertirse en seres desgenerizados y racializados.
Entre lo visible y lo oculto: el sistema moderno-colonial de género y su impacto
En el ensayo donde Lugones aborda el asunto de la descolonialidad, cuando habla de los feminismos de color, realiza una mirada sobre el asunto de la colonialidad del poder enunciada por Aníbal Quijano. Sus reflexiones parecen enriquecer las definiciones ya establecidas por Quijano. Aquí acuña el nuevo término “sistema moderno-colonial de género”.[5] La propuesta de Lugones nos dice que al igual que raza, la categoría género, también es necesaria para continuar la genealogía colonial de poder y de conocimiento. En su alegato, Lugones pone en tela de juicio, la idea que se ha querido vender, incluso a nivel mítico, que Europa constituía el momento más avanzado de las especies. Y por eso dividir las especies en dos grupos, fue el resultado de esta mitificación.[6]
Es evidente que una de las preocupaciones mayores de Lugones es la categoría de raza, instalada por la colonialidad del poder. De hecho el espacio desde donde escuchamos la voz de las mujeres de color (negras, chicanas, indígenas, asiáticas, latinas) emerge para hablar desde una matriz  de opresión que tiene ejes que se encuentran interceptados y que crean una de las realidades en las que viven y se sitúan estas mujeres.[7] Estos espacios cruzados o interceptados están definidos por Lugones y otras feministas como la interseccionalidad.[8] Sin embargo Lugones prefiere retomar la idea, pero llamar a ese punto de intersección interlooking oppressions para contrastarlo con otro concepto creado por ella de intermeshing oppressions.  Por “interlocking”, entendemos el modo similar a la “interseccionalidad” de Crenshaw, se explica la concepción categorial de mujer/ raza/sexualidad/clase, que deja a las categorías intactas, pero las añade al grupo. Lo que quiere decir en mi entendimiento, es que se pueden juntar, sin embargo son susceptibles de sobrevivir separadas sin perder su categoría. Y de aquí parece desprenderse la idea que para Crenshaw está visto desde las mujeres negras, pero para Lugones es desde las mujeres no-blancas, sean estas de donde sean, pero principalmente pensando en América Latina o en las latinas en Estados Unidos.
Revisar a Quijano también le sirve a Lugones para explicar por qué supone y afirma que tanto raza como género son construcciones o ficciones políticas que están vinculadas con el coloniaje. De entrada nos habla de cómo la colonia excluyó tanto a indígenas como africanos, forzándolos a sobrevivir mediante la esclavitud, en tanto aguantaran el trajín. Se les rebaja a lo no humano, se les excluye el género, porque considerados como bestias o animales, no precisan de definir este aspecto, están desgenerizados. De esta forma se produce el fenómeno donde la raza excluye al género. Ya que siendo la categoría raza una ficción económica y política, donde algunos tienen género y otros no, se sobredosifica su carácter político. Ya en los estudios de algunos críticos y filósofos, raza y género son categorías inseparables. Se supone que no hay género sin raza, sin embargo no hay raza con género. Solo la gente blanca posee género, y se convierte en uno de los lados ocultos y oscuros de los que habla Lugones, dado que la categoría mujer, eurocentrada y válida universalmente que se corresponde con la características de la mujer blanca, burguesa, clase media e intelectual, es aquella que reivindica el feminismo hegemónico.[9]
Lugones discute para develar, cómo la colonia desde la edad media y durante el renacimiento construyeron hombres y mujeres con una historia bastante violenta, naturalizándola y así ficcionalizándola. En el imaginario de la conquista española se construyeron imágenes retorcidas de los habitantes de los territorios recién descubiertos. Se trataba de caníbales y otro tipo de monstruos, los seres estaban sexualmente dotados, pechos y órganos sexuales eran enormes y el apetito sexual era desmesurado. Quizás por eso y por oposición, “la mujer” fue reducida a la reproducción y a la pasividad.
La dicotomía como concepción moderna del género
Para Lugones la concepción moderna del género es dicotómica. Para ella, el sexo y el dimorfismo sexual es algo introducido por la colonia, como lo es la dicotomía de género. El concepto mismo de género lo pone en discusión, ya que piensa que como categoría de análisis, la hemos asimilado, porque también es introducida colonialmente, se utiliza para categorizar gente indígena y afrodescendiente en el territorio que ella nombra como Abya Yala. La diferencia que ve al respecto, es que las sociedades indígenas y africanas son comunales, además que su concepción cosmológica los hace hacer interconexiones con todo de manera absoluta. No se analiza nada de forma aislada. No se ve el sexo como una relación aislada, sino relacionada con la vida comunal.

Para Lugones entonces desenmascarar ese lado oculto del tema es central. Ya que entiende la raza, el género y la sexualidad como unidas o constituidas. Las trabaja como inseparables y cuando se intersectan, borran la heterogeneidad interna, dejan de marcar o señalar su procedencia.[10]
En medio de distintas opresiones la resistencia es interseccional
Sabemos bien que la matriz de dominación de cualquier sociedad se encuentra ordenada por intersecciones. Los dominios señalan que en las intersecciones aparece lo económico, político e ideológico. Por eso no es posible leer, explicar, entender los ejes de las mujeres de color en los mismos términos que los de mujeres de otros lugares y otros tiempos, por ejemplo si quisiéramos comparar con las mujeres medievales, que es un ejemplo que la propia Lugones propone.[11] Lo que se intersecta señala además el género y la raza, y entonces nos damos cuenta que no estamos frente a la misma dominación en nuestra comparación. Pienso en observar, describir y discutir en nuestro territorio, una sociedad como la guatemalteca, donde las intersecciones para leer y comprender a las mujeres mayas y compararlas con las ladinas, se hace imposible. Además si queremos pensar una categoría como la sexualidad, el abismo se hace mayor. Lo que sí podemos observar y describir, son las formas de resistencia a la dominación en los dos casos guatemaltecos, y en los otros ejemplos en contraste. Para entenderme a mí misma, he tomado el ejemplo guatemalteco, dado que desde el lado ladino, no existe un colectivo mínimo comunal, desde donde se resiste. Hay grupos, pero no comunidades con una cultura ancestral y originaria.  En cambio en el caso de las mujeres mayas, se resiste comunalmente, desde los espacios donde se produce la opresión desde hace mucho tiempo, donde las resistencias se han ido transformando, así como las opresiones han cambiado de rostro. Lo que queda evidenciado en las intersecciones de las distintas categorías en juego.
Los esfuerzos por revisar la ley de la interseccionalidad de raza, clase, género y sexualidad en el caso de las mujeres de color en Estados Unidos, realizado por una de las críticas más fuertes, Kimberle Williams Crenshaw, develó que en este sentido, las mujeres negras estaban borradas de la ley. No estaban protegidas. Y solo lo supieron cuando cruzaron de esa manera las distintas categorías. En el caso de Lugones, al seguir el mismo camino, lo que se puso en tensión en cuanto a la categoría de “mujer” o las categorías raciales de “negro”, “hispano” y otras categorías que aparecen en la ley, es que al intesectarlas, lo que quedaba evidente era lo que no estaba, y las categorías tendían a separarse. Comprendió además en ese trabajo de investigación que el término “mujer” en sí, no tiene sentido, está racializado totalmente, ya que la lógica categorial ha seleccionado al grupo dominante para definir el término (mujeres burguesas, blancas, heterosexuales) y deja fuera cualquier otro tipo de categoría.[12]
La dicotomía, humano-no humano
Ya se ha comentado que Lugones ve estas dicotomías amarradas a la colonialidad del poder, y cree en develarlas. La modernidad se expresa en formas dicotómicas jerárquicas. La dicotomía humano no humano, se corresponde con el hombre y la mujer burguesa, que además tiene género. Indígenas y afrodescendientes no tienen género, no son humanos, pero sí están sexuados, aunque no tienen poder sobre su propia sexualidad. Alrededor de este tipo de contradicciones y de ficciones creadas por la modernidad, aparece otra interseccionalidad la de racismo y patriarcado, que deja en claro la posición de las mujeres de color, que tampoco han sido representadas por los discursos del feminismo ni el antirracismo. Se trata de experiencias marginalizadas. Estas mujeres han sido categorizadas como no-humanas, seres primitivos que son violentos, sexualmente sin control y con tremenda resistencia para el trabajo físico.  Es por esa razón que cuando se provoca la interseccionalidad, aparece también la ausencia, dado que aunque se resistieran a ser negras o indias, esto no las colocaría en posición de mujeres, al menos no en el sentido colonial, moderno o capitalista.
De la lógica de la interseccionalidad a la de la fusión como desenmascaramiento
Lugones en su tránsito hacia la definición de otras categorías y el uso de “mujeres de color” para teorizar sobre las opresiones y violencias que pesan sobre las mujeres en la actualidad, ve importante pasar de la lógica de la interseccionalidad (que permite tocarse entre sí a las categorías pero las deja intactas) con la lógica de la fusión que intenta destruir la lógica de las categorías, para poder construir resistencias.
Estas resistencias producidas por la fusión las entiende Lugones como una resistencia a múltiples opresiones. Se tiene capacidad mediante la fusión de observar y apreciar las formas en las que otros han concebido, han dado forma cultural, teorizado, expresado, incorporado su resistencia a múltiples opresiones. También es posible saber durante el proceso, cuáles han sucumbido y cuáles no. Se trata de praxis, es por eso que Lugones propone buscar una coalición con los “feminismos de color”.

El concepto de resistencia se produce según Lugones en el lugar de las opresiones solapadas. Resistir allí crea comprensiones resistentes que tienen significado cultural en la música, el arte, la teoría. No se puede emancipar solo en términos teóricos. Hay que hacer resistencias reales y prácticas.



SE VA A CAER (patéticas historias para celebrar el 8 de marzo y que nos nazca la consciencia feminista) Han pasado ya muchos años desde que ...