domingo, 2 de enero de 2022



Presentación del libro Meter la mano en las entrañas – sobre teoría y prácticas del género testimonial1 

Dr. Jorge Oswaldo Andrade Tapia 

Universidad Nacional de Educación de Ecuador

 

En primer lugar, quisiera agradecer a Aída Toledo por la invitación a presentar su libro. Lo considero un verdadero privilegio y una responsabilidad que espero poder cumplir satisfactoriamente. Voy a organizar mi presentación desde mi experiencia como lector y desde varios puntos de vista y los iré explicando de uno en uno, sin extenderme demasiado.  

  1. El primero punto de vista sería presentar el libro desde mi posición como un outsider, alguien que viene desde afuera, y nuevamente desde varios niveles.  

  1. Para empezar, debo decir que no soy un experto en el testimonio, aunque conozco algo sobre el tema. 

  1. También soy un outsider porque conozco muy poco de la literatura (y la historia) guatemalteca. 

  1. Y, por último, había conocido a Aída Toledo solamente como poeta. Leer su prosa ha sido solo una confirmación de talento como escritora y como crítica literaria y cultural 

  1. El segundo punto de vista gira en torno al texto de Aída como una experiencia de aprendizaje, de reaprendizaje y, lo que podríamos llamar, desaprendizaje 

  1. Por último, este libro me ofrece un desafío y una oportunidad. 

 

Como decía, no soy un experto en el testimonio, pero como cualquier estudiante de literatura latinoamericana, en la maestría y el doctorado conocí algunas de las obras analizadas por Aída en la primera parte de su libro. En los tiempos en los que hacía mis estudios de posgrado me familiaricé con las discusiones teóricas y no teóricas sobre el testimonio, y, en particular, con la obra Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia, que es uno de los ejes sobre los que gira el texto de Aída 

Aunque no es posible en pocos minutos hacer un resumen del texto, es posible señalar los aspectos que como lector me han resultado más valiosos.  

La primera parte del libro de Aída es un recorrido teórico e histórico del testimonio en Latinoamérica, un recorrido rápido pero puntual por los aspectos más relevantes de este género. Las páginas del libro me permiten refrescar mi memoria sobre aspectos que se me habían escapado con el tiempo: el rol del autor, del intermediario, del intelectual solidario, del transcriptor, del editor, los testimonios autoriales y la transdisciplinariedad descolonialPero también me recuerdan las teorías del subalterno y de la otredad. En ese sentido para mí ha sido un acto de reaprendizaje. 

El testimonio, como bien lo establece Aída, es en sí mismo un fenómeno complejo y complicado. Políticamente está marcado por una especie de estigma ideológico, el de la izquierda – con algunas excepciones, como los textos de Ujpan, analizados en este libro – lo que causa desconfianza en el establecimiento. También es un tipo de relato fragmentario, a momentos incompleto y hasta desinformado (cabe recordar que los autores – la autoría es uno de los debates por los que transitamos de la mano de Aída – son en muchos testimonios personas sin educación formal o personas que no hablan o no dominan el castellano)Los productores de estos relatos – orales o escritos – se encuentran en espacios políticos y sociales vulnerables y en ocasiones surgen de experiencias de supervivencia, como en las guerrillas o los periodos de guerra y exterminación. El relato testimonial también puede olvidar o recordar parcialmente hechos trascendentes, pero también es un texto necesario porque aporta para completar o reparar hechos históricos no registrados, intencionalmente o no. Es una especie de contrahistoria o archivo alternativo y eso también causa contratiempos frente al orden hegemónico. 

El libro de Aída me ha permitido hacer un recorrido por mi memoria de estudiante. Había olvidado los detalles de las discusiones – a menudo candentes – de la obra de Rigoberta Menchú. Me hizo recordar la visita de Rigoberta a la Universidad de California hace casi 20 años y todo el alboroto que causó en la universidad y en la ciudad. El teatro estaba tan lleno que tuvieron que pasar la charla por circuito cerrado para que todos los interesados pudieran escucharla. Pero también esta experiencia de reaprendizaje me ha hecho recordar el trabajo investigativo y los escalofriantes reportes de Rodolfo Walsh, en Operación masacre, la obra de los cubanos Esteban Montejo y Miguel Barneten Biografía de un cimarrón, el testimonio de la boliviana Domitila Chungara, la relación conflictiva ente Josefina Bórquez y Elena Poniatowska, en Hasta no verte Jesús mío, y más. 

Quienes, por desconocimiento o porque no es nuestra área de especialización, nos hemos mantenido al margen o solo hemos topado superficialmente los debates sobre el testimonio, el texto de Aída nos lleva por el camino del desaprendizaje. Recuerdo de mis años de estudiante de posgrado las acusaciones que se hacían a Rigoberta Menchú sobre supuestas falsedades en su primer libro. El testimonio es un tipo de historia paralela a la historia oficial, que dice lo que la historia oficial oculta. Y lo va a decir desde una memoria fragmentada, colectiva, una conjunción de recuerdos y testimonios orales. En el libro de Menchú se trata específicamente de la capacidad comunal del relato oral”. 

También hemos escuchado que el testimonio como género ya se ha agotado, pero como lo demuestra el análisis de Aída, “el testimonio no se ha agotado, ha mutado, se ha hibridizado más, se ha desplazado hacia un arte de la memoria principalmente”. Los textos testimoniales siguen apareciendo y siguen siendo necesarios, especialmente en países como Guatemala, cuya historia parecería ser una espiral eterna en la que la violencia, la pobreza, la discriminación son el eje constante sobre el que gira este círculo vicioso. 

Me ha impactado conocer por primera vez a autores como el Padre Ricardo FallaMario Payeras, y otros. Me ha sorprendido mirar el libro de Balam Rodrigo El libro centroamericano de los muertos en la categoría de testimonio, y puedo entender con claridad los argumentos de Aída. En este sentido, el libro de Aída ha sido también una experiencia de aprendizaje para quienes, como yo, conocemos tan poco sobre Guatemala.  

Conocía a Aída como poeta y muy buena en su arte. Ha sido una grata revelación confirmar su talento como escritora y crítica literaria y cultural en este libro. No puedo, sin embargo, dejar pasar un momento, de muchos, en el que la prosa y la lírica se mezclan en el ensayo académico. Me permito citar un párrafo de la conclusiónEn este momento utilizo esa imagen de La hora de la estrella de Lispector, para salir por la puerta del fondo. No estoy convencida que podamos concluir algo definitivo sobre el testimonio como género, sobre el testimonio como discurso, como gesto descolonizador. No me cabe la menor duda que el testimonio es un género literario que ha sobrevivido a la larga polémica teórica y práctica del siglo XX. Ha aguantado los golpes suaves o rudos de la crítica más convencional y conservadora. Ha estado en el banquillo de los acusados. Ha sido condenado como no- género, como no-literatura, se le ha negado la existencia. Y ha seguido reapareciendo en otros campos, entre otras disciplinas se ha colado, para seguir adelante discutiendo sus particularidades, su metamorfosis y su camaleonismo”. 

A veces discutimos con nuestros colegas y estudiantes y tratamos de convencerlos de que la escritura creativa nos permite acceder a la escritura académica. La prosa de Aída confirma lo que para los estudiosos de la lengua siempre ha sido una certeza. Un buen escritor creativo es un buen escritor académico.  

Al final, me parece que Meter la mano en las entrañas es un libro necesario, porque nos permite, como en mi caso, aprender, reaprender y hasta desaprender lo que conocíamos o pretendíamos conocer sobre el testimonio. Creo que los numerosos textos y temas que trata la autora merecían un poco más de espacio, pero la economía del lenguaje de Aída le ha permitido darles un lugar, aunque sea un poco apretado, en un libro que se lee rápido, que se disfruta y que al mismo tiempo afecta incomoda al lector. Deja en mi mente la sed por conocer más y mejor los autores que antes desconocía, buscar un libro del padre Falla, leer Los días de la selvade Payeras y releer y tratar de asimilar el contenido a veces brutal y a menudo doloroso de Balam Rodrigo en El libro centroamericano de los muertos, buscar el relato de Reyna Cabalibros que no son fáciles de conseguir en Ecuador.  

El libro de Aída también abre una puerta para mi propio trabajo como investigador: a eso me refiero con que es un desafío y una oportunidad. En los últimos meses hemos estado desarrollando un proyecto de investigación sobre la migración en el Ecuador, un tema presente que nos afecta como ciudadanos, como compatriotas, como docentes e investigadores. En el Ecuador, la migración – la emigración debería aclarar – se trata desde las estadísticas y los ensayos sociológicos, políticos, económicos y hasta históricos, pero no se le ha dado voz al migrante, y ese es un espacio en el que el testimonio nos puede ayudar a reconocer esta herida que, literalmente, desangra a nuestro país, y una vez que la reconozcamos, podamos buscar maneras de cerrarla, y si no sanarla, al menos dejar constancia de la importancia de la emigración, de los peligros, los riesgos y los resultados. 

Por todo lo dicho, por este recorrido por un género que no pasa, que no puede pasar de moda, agradezco a Aída por su libro que definitivamente mete las manos en las entrañas, unas manos que no salen limpias – no pueden hacerlo – pero que de alguna manera se purifican en las duras memorias que van apareciendo, fragmentadamente, a veces incompletas o inconclusas, pero siempre necesarias.  

sábado, 1 de enero de 2022









INICIO DE AÑO

Z y yo caminamos por primera vez por la pequeña ciudad a donde llegamos a vivir en el año 2001. Son como las 3 de la tarde. Salimos de la casa y al avanzar, cruzamos sobre la línea del tren. La ciudad se llama Tuscaloosa, y es como un pueblo de la costa sur guatemalteca. Sabemos por los libros de historia que en esta ciudad hubo campos de algodón en los alrededores. Y seguramente esclavos. Sus descendientes sobreviven en esta ciudad, y tienen los trabajos menos aventajados que se ofrecen aquí.
La experiencia de vivir en un lugar como Tuscaloosa no la volveremos a tener nunca. Aquí el tiempo se encuentra detenido. Es posible tener distintas experiencias que se vienen sucediendo a lo largo de mucho tiempo. Seguimos caminando, es un típico domingo en el sur norteamericano. Buses me dijo Z. No veíamos buses, porque en esta ciudad en el año que les menciono, no había buses. No tengo seguridad si ahora haya. En ese entonces el que no tenía carro, debía usar taxi. Los ancianos del lugar se podían subir al troli que existía en ese momento. Los estudiantes de las escuelas primaria y secundaria, usaban el bus escolar. El punto de todo es que nadie caminaba. Y si alguien lo hacía, podía ser detenido por la policía. Esa práctica debía ser un resabio de los tiempos fuertes de la segregación. No lo podría afirmar. Continuamos nuestra caminata. No veíamos a nadie. Luego sabríamos que toda la gente estaba en las diferentes iglesias. Nosotras somos tradicionalmente católicas. La comunidad católica de Tuscaloosa, es mexicana (lo aprenderíamos después). Sin embargo nunca fuimos a una misa católica dentro de esa comunidad. Empecé a ir a la iglesia pequeñita de la universidad entre semana, para no perder la costumbre de escuchar la misa. Esto lo hice durante 9 años. Nunca dejé de ir. La misa siempre era en inglés. Y la comunidad que asistía era mínima. Eso me gustaba mucho. Negros y blancos, y su mexican girl, que era yo. Con el tiempo aprenderíamos que la gente empezaba a circular en domingo después de la una de la tarde. Cuando el servicio terminaba. Durante nuestra estancia en Tuscaloosa que nos duró 9 años, la costumbre no cambió. Si querías salir a las pocas tiendas que existían en la ciudad y que no hubiera tanta gente, eso debía hacerse domingo por la mañana. Por otro lado en esa ciudad existía la ley seca cuando vivimos allí. No se podía comprar ni consumir licor el día domingo. Al menos no en público. Y ahora que lo recuerdo, yo que no bebo mucho, siempre tenía ganas de tomar un traguito los domingos, como que fuera un reflejo de la resistencia que se debe hacer a ese tipo de leyes raras, a las que yo no estaba acostumbrada por cuestiones religiosas. El tiempo pasó y lo medí en el crecimiento de mi hija. Llegó para hacer sexto primaria y terminó la secundaria para ir hacia la universidad, en el mismo lugar. Ahora que lo recuerdo, fue una especie de privilegio para mí, ver crecer a mi hija, estar con ella, acompañarla en todo. Porque mi vida en esa ciudad fue muy reposada. No hacíamos nada de actividad social. Lo que sí hicimos fue viajar. Fuimos por distintos lugares. Fuera y dentro de Estados Unidos. Conocimos personas y lugares insospechados. A propósito de inicios de año, entre el año 2003 y 2004 fuimos a París, Francia. Salimos de Tuscaloosa 18 días antes de que terminara el año. Fue muy intenso. Nunca imaginé conocer París. El padrino de mi hija, nos albergó. Visitamos la ciudad museo. Estuvimos compartiendo con Dante y Marjorie. Volvimos a Estados Unidos el día 31 de diciembre de 2003. Un día como hoy despertamos en esa ciudad tan rara y tan nuestra en ese momento. A inicios del año 2008, decidimos ir a New Orleans. Nos preparamos temprano para salir en carro. El viaje sería de 6 horas desde Tuscaloosa. Por seguridad les dije que mejor si llevábamos unos sandwiches, galletas, fruta y bebida. Todos pensamos que en los descansos del camino, siempre hay tiendas pequeñas abiertas, y el baño para poder descansar un momento y seguir el viaje largo. Que no habría problema para encontrar un lugar abierto para comer. En tanto salimos de la ciudad y empezamos el viaje, muy a pesar de ya llevar más de cinco años de vivir en dicha ciudad, nunca habíamos notado la total ausencia de gente un día primero del año que iniciaba hasta en ese momento, que habíamos decidido salir hacia New Orleans. El viaje fue mucho más silencioso que nunca. Muchas imágenes de películas se nos venían a la memoria, donde los personajes iban viajando absolutamente solos por caminos raros y agrestes. No sé si lo saben, pero el camino hacia New Orleans desde Tuscaloosa es recto. No encontrás curvas. Todo es recto y te podés dormir de la monotonía que puede surgir de ir viajando de manera inamovible por el camino. Las curvas las íbamos a encontrar al casi llegar a la otra ciudad. Las ciudades pequeñas que iban apareciendo eran todavía más muertas que Tuscaloosa, porque íbamos ya por Mississippi, y allí el paisaje iba cambiando. Era todavía más rural el ambiente. Una casita por allá, otra todavía más lejos, graneros y construcciones rurales que solo se ven si viajás en carro. Todos pensábamos que en el primer descanso encontraríamos la tienda abierta, los baños y gente. Pero nada de eso sucedió. Nos paramos un momento, pero decidimos continuar. No pudimos casi parar sino cuando ya íbamos más cerca de New Orleans. Sentíamos cierto temor. Y debíamos ser precavidos. En ningún descanso hubo comida o gente atendiendo. Tarde sabíamos que los primero de cada año, nadie salía de sus casas a esa hora. Viajamos todas las horas comiendo lo que yo había preparado. Bebiendo lo que llevábamos. Ya cuando estuvimos a dos horas de New Orleans, el tiempo había ya transcurrido, y en el descanso al que llegamos sí había baños abiertos. Al fin. Pero nada de comida disponible, ni café ni nada. Fue hasta que por fin se acabó la recta e iniciaron las curvas, y apareció la ciudad a lo lejos, que supimos que la pesadilla de película se había acabado. Buscamos el hotel. Nos instalamos. Allí encontramos cafe y donas para comer. Pero la ciudad lucía vacía. Decidimos bañarnos, arreglarnos un poco y salir, y a buscar un lugar donde comer algo. Caminamos mucho. Al fin un restaurante chino a la vista era lo único abierto. Allí degustamos lo que había. Además habíamos aprendido que los primero de enero nadie sale a la calle en esas ciudades. Solo nosotros habíamos tenido la experiencia del nuevo año, en medio de una profunda soledad. Nos habíamos aventurado hacia New Orleans, que por suerte no nos había acontecido nada malo. Fue intenso. Como muchos días primero del año que iniciábamos viviendo en el sur de Estados Unidos.

martes, 28 de diciembre de 2021

 ANGÉLICAS Y OBNUBILADAS



He estado recordando a otras mujeres escritoras que como yo han dedicado buena parte de su energía intelectual a la escritura creativa. Cuando una escribe, se evade de la realidad hostil que a veces atosiga nuestras vidas. Pienso en escritoras como Marta Josefina Herrera, Leonor Paz y Paz, Walda Valenti, Teresa Arévalo, Malin de Echevers, Ligia Escribá, Catalina Barrios, Elisa Rodríguez Chávez, Alaide Foppa, Rigoberta Menchú, Isabel de los Ángeles Ruano, Luz Méndez, Calixta Gabriel, Maya Cú, Ana Ardón, Nora Murillo, Rosa Chávez y Ana María Rodas, entre otras. Todas han entregado parte de sus vidas a la soledad de la escritura. Han saltado al vacío. Buscando la nada. Han estado en medio de los tentáculos de la censura, intentando infructuosamente deshacerse de ella. Se han visto en las garras de la mala crítica, que las descontaba por el hecho de ser mujeres, de ser débiles, de escribir fácil, de hablar banalidades, de tener una obra olvidable, de no parecer feministas, de ser contradictorias, de no estar comprometidas ni política ni socialmente. Otras al igual que yo nunca supieron por qué tanto odio, tanta envidia, tanto rencor, casi por nada. Y no solo en bocas venenosamente masculinas. También a través de lenguas de mujeres, que nunca comprendieron los alcances de nuestras obras, sus tonalidades contradictorias y divergentes. La versatilidad del registro de obras que no se resignaban a la anonimia. Sí, he estado pensando en esta realidad que les tocó a ellas, que nos tocó a nosotras, que todavía vivimos, que les tocará a las más jóvenes. Porque nos movemos en espacios infructuosamente patriarcales. Circulamos en lugares hechos contra nosotras. Escribimos marcadas por un sistema que nos ha enajenado. Y que nos coloca cerca de la estulticia. Escribimos contra todo lo que nos conmina a no hacerlo. Resistimos. Somos sobrevivientes escriturales. Caminamos azarosamente sobre la cuerda floja del sistema que nos indica, todo el tiempo lo que debemos y no debemos escribir. La que pretende enseñarnos estrategias de escritura gastadas y desgastadas como si fueran nuevas. Y darnos un ultimatum, que dice que si no obedecemos corremos el riesgo de fenecer como escritoras. De desaparecer, como que si no estar, fuera nuevo. Así bordeamos el sistema. Nos escabullimos. Les dejamos creer que nos han derrotado. Pero no. Nos rehacemos. Pendulamos. Sobrevivimos a los embates de la mediocridad. Renacemos en otras. Nuestra tradición la recogen las más jóvenes. Superadas. Angélicas. Obnubiladas. Muláticas. Originarias. Secretamente nuevas y resistentes.
(P. Nicho, imagen)

domingo, 27 de septiembre de 2020

 

 

                                              (m. meyer, mex)

MÁS QUE UNA PEQUEÑA TRAMPA

de AIDA TOLEDO

Rachele Airoldi

 Viernes 16 Noviembre 2018/ Caravasar, zona 1, Ciudad de Guatemala 

Un fuerte miedo empapa los versos de la primera parte del poemario de Aida Toledo. “Miedo burócrata, miedo fregado / Miedo oseo / Miedo en planilla / Miedo burócrata / Miedo pendejo / Miedo que no para”.

Una sensación de instabilidad, fragilidad, vulnerabilidad constante que refleja la que se vive en la sociedad guatemalteca de hoy donde el miedo invade tanto nuestros días que ya fue incorporado como parte de nosotros, donde la muerte es elemento cotidiano que deja de escandalizar. Sensación que Aida Toledo resume en la imagen de la cuerda floja: estamos caminando sobre una “cuerda floja” y el vacío nos amenaza.

Este vacío que nos espera es la muerte que anda cerca de nosotros cada día y es una muerte “disfrazada” de consuetudinario y normalidad. Quizás de hecho, el miedo que se confiesa no es el miedo a la muerte en sí, sino a la muerte como costumbre, o sea a la costumbre de la muerte como amenaza normal, cotidiana.

 

De vos/de mi/de nosotros

En cada esquina

Ella nos espera

La muerte finge indigencia y saca la pistola

Cuando bajás/bajo/ bajamos el vidrio

Para darle una moneda

La muerte lleva cuchillo

Cuchillo lleva la muerte

Cuando en la 6° avenida

Y la 1° calle de la zona 9

Introduce la descarnada y huesuda mano

Y te/me/nos mete el cuchillo

Y vos/yo/nosotros creemos

Estar dentro de una horrible pesadilla

 

La muerte anda cerca

De vos/de mi/de nosotros

 

(La muerte anda cerca)

 

La poesía de Aida denuncia esta “horrible pesadilla” en la cual se vive en Guatemala.  

Pesadilla que se confunde siempre más con la realidad, que quiere volverse realidad. Este es el verdadero miedo: volvernos incapaz de distinguir pesadilla y realidad. “Es jodido el miedo” escribe la autora “miedo a no sentir más” (El miedo es fuerte). El miedo a aceptar la pesadilla como realidad. A volvernos impermeables frente a las lágrimas y al dolor. A volvernos, utilizando unas imágenes de Aida, “cosas quietas” como una “planta plástica/ que ni roba oxígeno”:

 

Como una cosa que se queda quieta

Alli

Exactamente donde la pusieron

A veces si

Estás detenida

En un espacio que te queda ajeno

Que parece de otros

Estás allí

Inmóvil como un adorno

Sobre su mesita

Con su mantelito

Bordado a mano

Parecés si un objeto

Un objeto soso que han posado

Hace algún tiempo

Y han olvidado que tiene historia

Lucis sì sì sì

Como planta plástica

Que ni roba oxigeno

Disimuladamente

Te olvidaron

En un lugar como éste

Hecho

Totalmente contra vos

 

(Sentada asì como asì)

 

Este es el verdadero miedo que se vive en la sociedad guatemalteca de hoy, devorada por la violencia, la corrupción y la injusticia: el miedo a que el absurdo se normalice. El miedo a volvernos de plástico, incapaces de reacción, aceptando impasibles un lugar hostil “hecho totalmente contra nosotros”.  El miedo a acostumbrarnos a lo inhumano y de consecuencia volvernos inhumanos, como una “estatua” blanca erguida en medio de una plaza.

 

Digo que lo de las estatuas

Da pavor

Da pavor verse

Tan blanca

Tan erguida

Tan sensual

Tan desnuda

En medio de una plaza

Da verdaderamente

Miedo

 

(Da miedo lo de las estatuas)

 

La voz de Aida Toledo se traduce en una poesía desesperada, angustiada que lucha para no dormirse, para no acostumbrarse a una realidad injusta, para quedar despierta, porque si se duerme, la pesadilla se vuelve realidad y esta no es la realidad que queremos. La poesía de Aida Toledo es una poesía que despierta y evita que uno muera lentamente “hervido”.

El síndrome que padece el guatemalteco de hecho es el de la “rana hervida”: un experimento científico demuestra que, si se pone una rana en una olla de agua tibia y se sube gradualmente la temperatura hasta ebullición, el animal muere lentamente sin darse cuenta, hervido.

Por eso la poesía de Aida tiene voluntad de despertar, se podría decir que “nos hace saltar fuera de la olla”. La poetisa se preocupa de averiguar si está despierta, quiere saber si está viva. En su poema “Para saber si estoy viva”, leemos: “Me jalo el pelo / Me pellizco / Me doy mordidas / Me guillotino.”

El poemario presenta una poesía que es eterno despertar a la vida, una poesía que lucha para despertar y hacernos sentir vivos, para salir de la pequeña trampa – que es más que una pequeña trampa – en la cual vivimos. En este sentido, la poesía de Aida Toledo, es una voz epifanica como la que despierta a los personajes del teatro de Pirandello que de repente se miran y se dan cuenta que son “personajes” actuando en la escena, que el mundo que los rodea es falso, ficticio, no es real. Es un momento desconcertante ya que equivale al colapso de todas certezas. Pirandello representa este momento en su obra “Il Fu Mattia Pascal”, con la imagen del “desgarro del cielo de papel” (lo strappo nel cielo di carta) imaginándose un títere, Oreste, que en el momento culminante de la tragedia en la cual está por matar a su madre, mira hacia al cielo y observa un desgarro en el papel tapiz que representaba el cielo pintado. El títere entra en crisis, desconcertado, paralizado ya que finalmente, a través del desgarro, ve la realidad como es y entiende que el mundo así como lo conocía es mentira, se da cuenta de la “trampa” de lo que vivía. Aida en su poesía “El Ángel Caido” parece explicar este mismo sentido de vértigo:

 

Le da vueltas más vueltas

Todo el salon le da vueltas

El cielo falso del salón

Le da mil vueltas

 

(El Angel Caido)

 

La poesía de Aida Toledo es el desgarro que revela al guatemalteco lo injusto e inaceptable que es una realidad que pensamos normal. Hay una fuerte voluntad de reivindicación de la vida en sí, ya que la que definimos y creemos ser vida por simple costumbre, en realidad no lo es, es todo “menos que vida”, como escribe la autora:

 

La vida más bien

Parece una perinola

Una caotica perinola

Aerea

Que vueltas da

Vertiginosamente

Parece un avion

Enloquecido

Dibujando poemas

En el aire

En un cielo enrarecido

Como en Chile

Parece libelula

Que ha perdido

La brujula

De todo parece

La muy pendeja

Menos vida

 

(Menos Vida)

 

La verdadera vida que se busca es una “vida que late” en la cual no existe un tiempo medido por las manecillas ya que el tiempo está marcado por el reloj que late, el reloj de nuestro corazón. Es una vida que tendemos a olvidar y para volverla a encontrar a veces es necesario “jugarla”:

 

Por eso

Juego mi vida

A la ruleta la meto

En el poker la apuesto

En el palenque

La rajo para que sangre

La juego la presto la apuesto

La coloco y la vendo

[…]

Luego me encuentro

Y atormentada

Me veo en el espejo

De la misma existencia

 

(Para saber si estoy viva)

 

El juego podría ser la solución para volvernos a encontrar, para cambiar perspectiva y abrazar una realidad verdadera y más digna.

¿Y entonces como despertar de este torpor de una vida que es todo “menos que vida”? ¿Como “desgarrar el cielo” de una pesadilla social que se quiere afirmar como real? Un chapuzón en un cenote congelado.

Para despertar de la pesadilla la autora nos propone lanzarnos al cenote.

 

Me veo

Me siento

Estoy cenotica

Y abrumada

Parada

En el filo

De un precipicio

Que me seduce

 

(Cenote II)

 

En este sentido, un salto en un cenote nos despierta, nos devuelve a la existencia. Recientemente fui a visitar el Cenote de Candelaria y pude vivir esta experiencia. Cuando el corazón empieza a latir más fuerte mientras miramos abajo en una mezcla de vértigo y atracción. Allí la adrenalina empieza a despertarnos por esta irracional necesidad de desafiarnos, de sentirnos cerca de un peligro para percibir nuestros cuerpos, para sentirnos vivos. “Me veo/ me siento/ estoy cenotica” afirma la autora mientras está “en el filo/ de un precipicio” que la “seduce”. Sube desde los pies hacia arriba, la adrenalina invade cada célula, las piernas empiezan a temblarnos, el pecho sigue rítmico la respiración que acelera, el corazón finalmente late fuerte, la cabeza despejada e infinitamente llena al mismo tiempo. Salto. No, no salto. Sí, salto. El vacío abajo, nos llama, nos llama por nombre. Y nos acordamos de nosotros. El cenote nos llama para devolvernos quienes somos.

 

Volar me preguntaste

Volar sì/ me dijiste

Sìsìsìsì

Respondí exaltada

Alucinada

Con ese vértigo

Que me da a veces

Yo quiero volar te dije

Y vos me sujetaste

Lanzandonos al vacío

De aquel cenote

 

(Cenote VII)

 

El cenote entonces devuelve a la vida. Un chapuzón que nos despierta de repente ya que “La caída / Es vertiginosa / Y / El agua verdosa/ Está fría” (Cenote XI). Este lugar sagrado que es puerta al inframundo maya, se vuelve para la poetisa en una vía para regresar al mundo real, para despertar de una pesadilla que no queremos se vuelva realidad. Ocurre entonces trascender la imagen poética y preguntarnos que es el cenote, que representa en realidad el cenote. Leemos:

 

El poema es un cenote

La poeta salta

El sacrificio

Está en vencer el miedo a desnudarse

En público

 

(Cenote XI)

 

El cenote es la poesía entonces. Esta es la respuesta de Aida Toledo. Se rescata una literatura capaz de participar al proyecto social, despertando, concientizando, denunciando para que lo absurdo no se normalice. Porque la literatura latinoamericana es necesariamente comprometida, social y políticamente, y hasta la poesía, que es por excelencia la voz literaria que puede aislarse ensimismándose en un mundo introspectivo, se siente llamada a tratar la realidad de afuera.

 

La poesía es la voz que despierta, como un chapuzón, evitando que nos durmamos aceptando como realidad definitiva una pesadilla social que no corresponde a nuestros deseos, que no corresponde a lo por cual el hombre está hecho – concepto indefinido que etiquetamos banalmente con la palabra “felicidad”.

 

 

Esferas del tiempo (2020), es una antología de poesía iberoamericana editada por Floriano Martins y Omar Castillo. Como es una antología cronológicamente situada, de poetas nacidos en la década del 50 por suerte, Floriano a quién conocí en Granada hace ya años, me pidió poemas para ser incluidos en esta antología.

En un curso de poesía de maestría de la U. Landívar, yo les insinúo a los estudiantes que revisen las antologías publicadas en el siglo XX, porque a través de ellas podemos leer entre líneas, las formas que asume la investigación sobre poesía latinoamericana, con distintas pulsiones, muy relacionadas con los cambios de sensibilidad estética, los acontecimientos políticos y económicos en la región, las consolidaciones de las minorías en el espacio textual, y otro tipo de variables que van apareciendo en un corpus fluctuante y diverso a lo largo de un siglo.

Acompañada por distintos grupos en el estudio de la poesía de la región, notaba cómo en la primera mitad del siglo, las antologías tenían un origen español por un lado, se hacían con una mirada todavía peninsular y eran altamente masculinas. Casi no aparecían autoras, y en algunos casos radicales, ninguna mujer era incluida en el corpus. Pero al rebasar la primera mitad del siglo, las coyunturas del emerger de las minorías desde distintos espacios en la cultura latinoamericana, aparecían más mujeres, los primeros autores indígenas y continuaban apareciendo más textualidades de autores y autoras afrodescendientes. 

Como la mirada y perspectiva crítica de esas primeras antologías era muy occidental, sucedía que aparecían autores regularmente varones, originarios de España, que habían tenido relaciones cercanas con algunos de los más famosos autores latinoamericanos del corpus. Lo que a todas luces causa desde nuestra actual mirada crítica un desfase muy fuerte, que leemos como todavía, la presencia de las neocolonizaciones poéticas de la región, que seguían viéndose desde la herencia española y portuguesa. Con lo cual no se permitía en dichas antologías considerar mayor presencia de autores de los pueblos originarios y de las mujeres que venían invisibilizadas por su propio corpus desde inicios del siglo XX.

Una antología como Esferas del tiempo me hace pensar en cómo se mueven las flujos poéticos hoy. Existe una mayor presencia de mujeres poetas de la región. Y la amplitud de parte de los antologadores o editores es distinta completamente. Tratan de incluir a países que antes habían sido totalmente borrados, invisibilizados, como poéticamente no fuertes, tal y como ha sucedido con Guatemala, en buena cantidad de antologías que si mucho daban un espacio para que aparecieran poetas guatemaltecos como Luis Cardoza y Aragón, que está si lo leemos hoy, a la misma altura que otros famosos poetas de los corpus de antologías que inician a publicarse a inicios del siglo, y en donde Cardoza nunca fue incluido.

¿Qué significará antologar poetas, hombres y mujeres, nacidos en una sola década? Se puede una preguntar a esta altura. Y una buena razón es acotar la investigación que sobre poesía, proponen estas publicaciones. Y es que las antologías definitivamente cuando no nacen de una pulsión de indagación seria y concisa, resultan siendo largas listas de poetas con poca muestra discursiva, para dar cuenta de la cantidad de poetas de la región. En cambio una antología tan precisa con mayor cantidad de textos por autores/as, puede dar cuenta de otras variables en el corpus, y las razones por las cuales no aparecen en antologías que vienen mucho más ligadas a versiones occidentalizadas del corpus de poetas de la región.

Los y las poetas nacidos a mitad del siglo, crecerán y desarrollarán sus carretas literarias dentro de otra sensibilidad. Van creciendo en medio de la agonía de la modernidad latinoamericana. Desarrollarán su obra dentro de otros ejes estéticos y participarán de la entrada de la postmodernidad en general. Asistirán a eventos y desastres políticos muy distintos, a los que vivieron los y las poetas de inicio de siglo, que estuvieron en medio de dos tremendas guerras mundiales, que afectaron de distintas maneras a sus países de origen, dependiendo de las relaciones económicas con sus centros de poder hegemónicos.

Los y las escritoras incluidos en esta antología, son los hijos de aquellos otros, que percibieron la entrada de la modernidad con el shock que todo aquello contuvo. Son testigos y testigas de la nueva era. La de la guerra fría. La de la guerra de Vietnam, que sacude los cimientos del centro cultural de poder en la década de los 60, y de su impacto en las políticas de los Estados Unidos y el mundo. Verán caer el muro de Berlin, sin inmutarse, y asistirán paulatinamente al incremento de la digitalización del fin de siglo, sin tener dispositivos para esos embates.

En su mayoría, todavía no lo sé, siguen todos y todas vivas. Se trata de una poesía viva iberoamericana, que contiene experiencias de vida totalmente distintas que las de sus antecesores. Darán cuenta de un mundo que camina aceleradamente hacia los espacios de la comunicación virtual, que excederá los límites de lo real. En sus textos podríamos leer estas experiencias, un nuevo cambio de registro del que no se ha dado cuenta todavía, porque solemos ver lo general y no lo particular a través de las lecturas de obra poética.

Esta antología es una especie de lupa para leer la vida y las experiencias de un grupo generacional que ya no se amarra a los impulsos de inicios del siglo XX, sino que se encuentra exactamente en la década en que la poesía de la región se politiza dentro de los ejes del realismo socialista, allí tiene su inicio. Casi todos empezamos a escribir entre 15 y 20 años después de iniciada la segunda mitad del siglo, y somos observadores de la agónica caída de la modernidad en la década del sesenta. Nuestra primera poesía posiblemente, en líneas generales, se publica en la década del setenta y se desarrolla más en las subsiguientes, siempre atentos a las beligerancias políticas, a los enfrentamientos de la guerra fría y sus repercusiones en nuestros propios países de origen. Pero además sobreviviendo a los cambios, las fluctuaciones en los desplazamientos humanos que se incrementan y de los que sabemos a fondo, gracias a las nuevas comunicaciones mundiales. Así llegamos al siglo XXI, en donde aparece esta antología. Tras largos años de ver, vivir y sufrir los cambios, los acelerados cambios digitales, en medio de un tiempo sin utopías, en medio de una época de simulacros, ciegos y obnubilados algunos de nosotros/as, estamos dando cuenta del amor, el odio, el radical escepticismo heredado de nuestros mayores. Con nuestras trashumancias a cuestas.



sábado, 12 de septiembre de 2020

COMO UNA PRUEBA DE LA EXISTENCIA EN ESTE MUNDO

(c.rippey, imagen)

 Le pregunté a una amiga por qué hacían esas listas de escritoras en las redes sociales del facebook. Mi falta de atención sobre ese tipo de cosas, me hacía no haberme dado cuenta, lo que había suscitado que se hicieran de nuevo largas listas de escritoras de mi país, para volver a darnos existencia.

Hacer listados de escritoras ha sido una labor que venimos estudiando y haciendo algunas escritoras aparecidas en la década del ochenta, a raíz de la poca oportunidad que tuvimos de publicar en distintos medios nuestros escritos. Publicar un libro en ese momento, no es como hoy. No había posibilidad, sino de hacer un libro artesanal, que en el fondo, dentro de un contexto de guerra, no se nos ocurrió como una solución. Además íbamos escribiendo nuestros textos a mano. En algunos casos se perdieron en servilletas utilizadas en cafeterías de la USAC, que luego fueron a parar a los botes de basura. 

Yo solía hacer grafiti en los baños. Con otras compañeras hicimos pintas en los baños de cafeterías, restaurantes, pasajes, escribiendo textos nuestros, que al rato eran cubiertos por capas de pintura, evidenciando que vivíamos un tiempo efímero. Lo hicimos principalmente en las aulas de la USAC, no quedaron vestigios de esas "acciones poéticas", que le llaman ahora, los entendidos en festivales. Buscábamos la publicación sin encontrarla en esa década, en que obviamente otros y otras andaban militando en las filas de la guerrilla. Nuestra labor parecía a todas luces nihilista, no estábamos allá en la montaña, ni tampoco estudiábamos en la Landívar, que era el lugar opuesto ideológicamente a la USAC, al menos en ese momento.

Me he recordado de los esfuerzos por publicar en algún medio que nos diera existencia, al inicio de nuestras carreras literarias. No existía en ese entonces, la buena cantidad de pequeñas editoriales independientes que existen ahora. Ni tampoco existían al inicio de la del noventa. Ese año por cuestiones coyunturales, tuve mi primera oportunidad, después de haber estado un año en un taller de escritura creativa. Al inicio éramos cuatro, luego se agrandó y estuve junto a otros escritores de USAC más jóvenes que yo. Entre ellos Juan Carlos Lemus, Johanna Godoy, Rolando Umul, Francisco Méndez, Sergio Morales, Shirley Mazariegos, y quizás otros que a veces aparecían en el taller. El grupo pequeño inició entre octubre de 1988 y 1989, luego con el grupo más grande se extendió de 1989 a 1991. De la primera fase de taller, yo extraje mi primer libro, que se fue recortando, dejando fuera muchos poemas que luego fueron al segundo libro. Lo cierto es que en enero de 1990, Sergio Morales, Violeta Blanco y yo, miembros del taller pequeño, publicamos una plaqueta en una colección, con poetas que ya tenían libros publicados. También apareció por primera vez en la colección, Edgar Gutiérrez. Y junto a nosotros, libros de Rafael Gutiérrez, Luis Eduardo Rivera, Mario Roberto Morales, Antonio Brañas, Héctor Rodas, Méndez Vides y Francisco Nájera, todos escritores con libros publicados. El más desconocido de ellos era Héctor Rodas, originario de Quetzaltenango.

Todo esto viene a colación por lo del listado de hace algunos días. En esa colección éramos dos mujeres. Y la publicación estaba financiada por la Editorial Cultura, que dirigía Juan Fernando Cifuentes, a quién le gustaban mis poemas. No hay duda que hace más de 30 años como hoy, lo que Mónica Albizúrez ha llamado el "patronazgo masculino", era la única vía para que dos mujeres publicaran en esa colección. No había otra opción. Además de las particulares relaciones sentimentales que también entraban en juego, y que no deseo contarles, para despertar un poco la intriga. 

No dudo que muchas mujeres en ese tiempo y hoy, deben entrar a jugar esos u otros papeles para conseguir una publicación. La diferencia que yo puedo testimoniar de ese momento, es que los libros de Violeta y el mío, sí fueron producto de la actividad del taller al que asistíamos. Fue un año de taller, haciendo que los poemas tomaran forma. Que el libro tomara forma. Discutiendo los criterios, analizando nuestros propios textos. Hasta que estuviéramos listas para enfrentar a la ciudad letrada patriarcal, con quien nos íbamos a ver, al salir los libros. No tengo la menor duda que publicar un libro junto a "celebridades masculinas", era doblemente duro en ese momento, que hoy. Y las críticas podían ser mucho más viscerales, dependiendo de la suerte que tuviéramos en la lectura que los miembros de la ciudad letrada nos iban a hacer, para reconocer o no la poesía en nuestros libros. Los de los hombres estaban bien, las que íbamos al tribunal de la inquisición, éramos nosotras. Y sí, nos criticaron duro. Nos quisieron borrar en distintos y variados momentos del corpus de autores-as del país. No lo dudo. En mi caso, que es del que puedo dar fe a la distancia, no se logró, porque tengo una exacerbada pulsión de escritura. 

Al encontrar mi nombre en los listados, escritos por unas y otras escritoras y ensayistas guatemaltecas que se han dado a la tarea de reaccionar frente a una publicidad de feria de libro nacional, aparecida recientemente en redes sociales, me hizo recordar y traer a la historia de la literatura de mujeres, mi propia experiencia, y quizás por eso, entender desde mi, la desatención a este tipo de acciones del mercado del libro en Guatemala, que suele tener ese perfil de exclusión. 

La tarea que como escritora y estudiosa de la literatura guatemalteca he realizado, junto a otras colegas ha sido la de trabajar más mujeres que hombres, a lo largo de por lo menos tres décadas. He publicado y difundido la literatura de mujeres de mi país, aún, cuando yo misma no he sido incluida por ellas en antologías y estudios especializados en los temas que yo abordo como escritora. Entiendo que hay factores externos e internos que provocan esa exclusión. Por eso siempre recomiendo a los alumnos de tesis que desean hacer tesis de corte literario, trabajar Guatemala y trabajar mujeres principalmente, y si no estamos en ese contexto, promover igualdad en el tratamiento de mujeres y hombres. Porque allí sí que añadimos historia, hacemos una historiografía más justa y rehacemos el mal, que una perspectiva demasiado patriarcal, dentro del campo de los estudios literarios, le ha hecho a un país como el de nosotros-as, al invisibilizar la escritura de mujeres ladinas y mayas. 

Hacer listados no es una tarea inútil. Agradezco a quiénes se han ocupado estos días de hacerlas. Es necesario poner por escrito, los nombres, las obras, los alcances, dar opinión, no solo por ser mujeres, también valorando la escritura, buscando en esas obras, aportes al mundo de hoy. A su crueldad, a su bondad, a sus aciertos y desaciertos. 

Ser escritoras de un país tan tradicionalmente patriarcal, es terrible. Sin embargo, el que estemos aquí, hoy escribiendo, pensando, imaginando otros mundos diversos y posibles, es una prueba concreta de nuestra existencia, y de nuestro paso por este mundo tan desigual. Algunas de las obras escritas y publicadas por nosotras, en distintos momentos, son el único testimonio de nuestro paso por este mundo y como decía Balsells, "son las que harán florecer nuestros sepulcros".


domingo, 6 de septiembre de 2020


 Enfrentadas a nuestros niveles de racismo

En la década del 80 fuimos a Nahualá a jugar volibol, un equipo que se llamaba Deportivo del Valle, contra el equipo de mujeres de ese lugar. Eran tiempos raros, peligrosos para viajar por el interior, pero nos habíamos comprometido a ir, y viajamos desde la federación de volibol en un busito de allí con nuestro entrenador y un grupo de 8 o 9 jugadoras. Llegamos temprano porque el juego iba a ser hacia el mediodía. La cancha era sencilla, pero con la net y las medidas que se requerían. Estábamos rodeadas de montañas con un intenso color verde oscuro. Eran otros tiempos, la postmodernidad no había entrado en Nahualá. Era una localidad sencilla y sin servicios sofisticados. Como no era tiempo de cable ni de celulares, pues estamos hablando de otro momento de la historia del país. Hoy que vi a estas muchachas en su traje tradicional me recordé de esa vez, que tal vez mis compañeras recordarán. Llegamos, comimos, supongo ahora, conocimos un poco el lugar, donde podíamos cambiarnos y nos dispusimos a calentar. Para nada veíamos al otro equipo, hasta que por fin nos dimos cuenta, que las chicas que habían estado cerca de nosotras, con sus trajes (cortes y guipiles) eran nuestras contrincantes. Jugaron volibol con sus cortes, que a mí hoy se me hace difícil de pensar. Fue muy interesante en el recuerdo, y las implicaciones culturales que todo aquello tenía. Yo personalmente estaba desconcentrada, por tanto impacto cultural. Nunca me imaginé estar frente a esa experiencia. Luego cuando ya íbamos a comenzar el juego, nosotras usábamos una pantaloneta muy corta, y nos pidieron que no nos quitáramos el pantalón de pants. Eran otros tiempos, y el respeto era no descubrirse las piernas enfrente del público supongo yo ahora en el recuerdo. Ellas jugaban muy bien, nosotras con nuestros estereotipos, jamás lo hubiéramos pensado. Jugamos un juego interesante y duro, ellas nos ganaron un set, nosotras finalmente ganamos el juego, pero no sin dificultad que no imaginamos cuando íbamos hacia allá. Había en todo, un poco por orgullo, esa falsa dignidad ladina, porque supongo que hubiéramos querido darles el juego. En el fondo nos enfrentamos en ese lugar a todas las dinámicas culturales, fue un juego entre dos grupos étnicos. Las muchachas mayas de Nahualá todas estudiantes de secundaria, y nosotras ladinas de la ciudad, algunas ya trabajando, con una mezcla de edades, porque había gente muy joven y otras ya mayores, en ese equipo capitalino. Después de almuerzo volvimos a la ciudad con una sensación tan rara como el tiempo que vivíamos, que por lo menos a mí se me hizo central, para reconocernos en lo que somos unas y otras. Nos dio la oportunidad de medir nuestros niveles de racismo.

sábado, 11 de julio de 2020

Banalidad del mal

Una de las banalidades del mal es creer que solo él está en este mundo. Es pensar que el mundo gira siguiendo el movimiento de su dedo. Uno de sus errores es creer que no somos capaces de observarlo. De medir sus movimientos. De esperar. La banalidad del mal llega al extremo de pensar, que en medio de la injusticia, ha ganado, y que no somos capaces de reaccionar. Apela a que hemos sufrido. Y que cuando las mujeres han sufrido tanto, se han debilitado, al extremo de callar. No sabe el mal, tan masculino que es, que la resiliencia ha sido la estrategia para deshacernos de él.

viernes, 3 de julio de 2020



LA NUEVA VERSIÓN DE LA LOLITA: ÁNGEL DE FUEGO DE DANA ROTBERG

El ángel de fuego se titula la película mexicana de Dana Rotberg aparecida en 1991, y que ganara entre los premios, el de Fantasporto International Fantasy Film Festival en Portugal., y el International Critics Award el mismo año, festival que se da cita en Nueva York.
El film en sí se inserta en una tradición neorrealista del cine latinoamericano, donde los temas tabú siguen estando a la orden del día. En general la historia es la de una joven adolescente que ha sido abusada por el padre desde niña. La película elabora un cambio en la conducta del personaje central, porque se aleja del cine de crítica social, en donde se victimiza totalmente al personaje femenino, enfrentando a la audiencia ante un cine estereotípico, que tiene relación con los filmes de los años cuarenta en México. A diferencia de Chachita, la niña de las películas de Pedro Infante en Nosotros los pobres, la niña-adolescente de El Angel de Fuego, es una especie de Lolita que busca al padre enfermo y degradado por la vida cirquera como payaso, para enfatizar el asunto del incesto. La película posee pasajes sumamente grotescos pero que están en consonancia con la perificidad de la gente del circo ambulante y pobre. La Lolita mexicana queda embarazada del padre y debe abandonar el circo a causa de esta circunstancia, luego que el padre ha fallecido. Dentro de la fantasia creada por Rotberg en la película, la adolescente se dedica a echar fuego por la boca en las esquinas de las calles de los suburbios de la ciudad de México, en donde se gana la vida,  Dicho oficio sirve en la película para aludir en los imaginarios latinoamericanos a la extrema pobreza de los niños de la calle, procedentes de las distintas grandes ciudades del área. Por asuntos del destino, elemento que está muy trabajado en este film de Rotberg, conoce a una familia religiosa que lleva una vida itinerante por las zonas más pobres de la ciudad. El encuentro y las vivencias con esta familia le sirve a la muchacha para reflexionar acerca de su estado y del deseo perverso de criar a un hijo, que es producto de su relación incestuosa,. El film elabora una serie de claves de comprensión de ese mundo perverso en el cual el personaje se encuentra inserto. Uno de los símbolos de la mala maternidad es un muñeco o títere que le ha sido dado a Alma, para que juegue como niña a tener en los brazos a su hijo. La imagen del títere es diabólica, posee un rostro grotesco y una especie de cachos o cuernos que nos indican el sentido del símbolo. Sin embargo el personaje femenino está creado por Rotberg como un ser amoral que no reconoce el pecado, sino que se deja llevar por el deseo de la maternidad, sin cuestionar su procedencia. Alma que así se llama la muchacha, se encuentra necesitada del afecto familiar que llevara en el circo, y de alguna manera decide adoptar simbólicamente a la familia cristiana como su segunda familia, y en el seno de la cual desea tener su hijo. Sin embargo el destino le sigue poniendo trampas, y por querer entrar al mundo alucinado de los profetas pobres con los cuales se relaciona, pierde al niño al hacer una penitencia que se le pide. Para el espectador este desenlace provoca una especie de catarsis al ver a Alma libre del pecado. Sin embargo para el personaje la pérdida implica el odio y la venganza que sirven de motor de desenlace de la historia.
Es indudable que Rotberg se mueve en una frecuencia muy buñueleana, como en Los olvidados, en donde las salidas exitosas o por la puerta de enfrente para los personajes, son imposibles. Al final y sin ningún cargo de conciencia, Alma seduce al supuesto elegido del señor y luego lo abandona. El final es crudo, como en las mejores películas naturalistas, porque el profeta se suicida y Alma simplemente se va del lugar, sin que sienta ningún tipo de remordimiento. Pero el castigo está cerca, Alma regresa al circo y allí se inmola, subida en el trapecio le prende fuego al pequeño y pobre circo,. En este sentido Rotberg no se aleja del cine de catarsis desde donde le viene la tradición, porque el personaje femenino desde el título se encuentra diabolizado y Alma es una más de las niñas maléficas, que tuercen el camino y la vida de los otros. A nuestro entender, el personaje femenino está estructurado dentro de un perfil malinchesco, en donde la lucha por la supervivencia se torna absolutamente fuerte y descarnado. Alma en el fondo al inmolarse, provoca la catarsis del espectador, al ver a la Lolita de cuerpo turgente y deseoso, morir entre las llamas. Sin embargo Rotberg como en otros filmes dirigidos por mujeres, maneja un simbolismo que hay que descodificar, y se hace necesario poner más atención y buscar las aliaciones con el mito de la purificación, que es obviamente como la directora decide el destino de este personaje.
(Realizaba una investigación sobre directoras de cine latinoamericano en el año 2005, que finalmente no se concretó en libro , de allí extracto este escrito)


SE VA A CAER (patéticas historias para celebrar el 8 de marzo y que nos nazca la consciencia feminista) Han pasado ya muchos años desde que ...