domingo, 26 de enero de 2020


HACIA LA FRONTERA
Aida Toledo/El mundo es todo lo que acaece/ Ri nik' ulwachitäj chi ruwach' ulew (Editorial Universidad de Aguascalientes, 2018)

Martita se casó con el novio con quien mantuvo una relación de noviazgo durante ocho años, tarde se dio cuenta que nunca lo había llegado a conocer bien. Un primer dato interesante para probar lo dicho, fue que no sabía que bebía tanto y que se ponía como loco, casi enfermo. Agarraba el carro, recuerda que tenía un picop celeste, con el cual solía asustarla al inicio, manejando tan rápido, de una manera que ella sólo había visto en las películas de gringos. Una segunda señal que le dio el marido cuando estaban recién casados, fue que le molestaban muchas cosas que ella hacía, a las que solía llamar “manías de niña consentida”, como sentarse rápidamente sobre la cama, dejar la ropa interior en el baño o hacer mucho ruido al abrir la bolsa del cereal. Casi todo lo que ella hacía de la vida cotidiana, como dejar abierto el tapón de la pasta de dientes, lo ponía fuera de sí. Se ponía a gritar desaforadamente, hasta que ella se iba empequeñeciendo y se iba a esconder al cuarto. Si él entraba al cuarto, se metía dentro del closet o debajo de la cama. Allí amanecía, le quedaba como remedio bañarse, lavarse los dientes, y prepararse para el trabajo si era entre semana, pero si no, era peor, porque se tenía que quedar a aguantar las cóleras del día siguiente, que le duraban horas a su ahora marido. Lo peor de todo es que ella nunca lo había oído gritarle a nadie, y menos a ella. Le parecía imposible que eso estuviera pasándole, lucía como de pesadilla, de película de miedo, de esas series en que los personajes viven en una casa con un asesino en serie, o con un loco de esos que aparecían en las películas que habían ido a ver en el tiempo del noviazgo. Total que las cosas no caminaban nada bien. Para empeorar el cuadro matrimonial desde el inicio se fueron a vivir con la suegra, alquilando una casa para los tres. Ovidio, que así se llamaba el susodicho, dividió las obligaciones de la siguiente manera: su mamá pagaría el alquiler, Martita compraría la comida para todos y él pagaría el carro, que solamente él usaría por supuesto. A Martita no le gustó y cada actitud de él le parecía esquizofrénica, y aunque estaba acostumbrada a alegar sus derechos, se le hizo callar de parte de los dos nuevos miembros de la familia de una manera que ella no reconocía. La vida en la casa de sus papás era bastante democrática, por llamarle de alguna manera, a la armonía que reinaba en ese hogar. Casi sin creerlo tuvo que guardar silencio, porque de lo contrario hubiera tenido que aguantar sus buenas horas de gritos desaforados, al mismo tiempo que ver a la madre de Ovidio llorando desconsolada con miedo a todo, e invocando por ayuda, a los brujos del pueblo de donde ella era originaria. Firmada el acta matrimonial todo cambió. Ella había leído los cuentos de Horacio Quiroga, y se le imaginaban esos espacios en los cuales los personajes debatían su destino. En su experiencia actual, parecía haber firmado un acta de esclavitud, sumisión y silencio, puro siglo xix. Así pasaron los meses. Tanto lo desconocía cada día que pasaba, que notó muy tarde que la época de novios se había acabado, y que él ya no estaba dispuesto a llevarla hasta el trabajo, como hacía antes, sino que la dejaría a mitad del camino, para que se fuera como pudiera y volviera de la misma manera. Lo que sí era importante era que a él debía quedarle bien la ruta para no malgastar tanta gasolina, después de todo él pagaba el combustible y ella sólo la comida para todos. A Ovidio este trato dado a las mujeres con las cuales vivía, le parecía justo y necesario, aunque a Martita le pareciera un abuso extraño y con su buena dosis de locura. La muchacha llegó a un estado en el cual sólo lo observaba en absoluto silencio, sin comprender completamente por qué él hacía una cosa como ésa, por qué había cambiado tanto. Ante el absurdo, Martita no acertó sino a pensar que la vida que había buscado no era lo que ella esperaba, y que no estaba segura de poder aguantarla. Bastante tarde se daba cuenta que tenía un marido a medias, pero no quiso re pensarlo mucho, y menos analizar los motivos por los cuales él se había transformado en otro, y los de ella, de quedarse a esperar si él otro que él había sido durante ocho años, volvía a su lado. Probablemente no había sido preparada para una situación como la que vivía. Se dejó llevar por las horas, los días, los meses y los años. Porque sin darse cuenta un día dentro del closet se fijó que habían pasado diez años y ella seguía allí dentro de aquella pesadilla de película de terror. No tuvieron hijos, ya que la práctica marital no existía entre ellos. Él seguía pagando el carro, ella la comida y la mamá el alquiler de la casa; parecía que sólo la había adquirido como algo que se compra para sacarle el mejor provecho, y no para que tuviera opinión. No le interesaba para nada lo que ella pensara, y lo peor de todo es que en medio de toda esa tortura, no había ni siquiera amor, era sin nada, de gratis como dicen. Su rutina diaria durante ese tiempo, era la de tomar varios buses para volver a la casa, aunque esto no fuera necesario. Como sabía bien que él no llegaría al mediodía para almorzar, práctica de Ovidio durante los años vividos junto a él, se tomaba su tiempo, y vagaba un poco por los centros comerciales, leyendo sus libros y escribiendo su diario sentada en cualquier lugar que la albergara. La vida se le iba yendo, ya no deseaba mirarse en los espejos cada mañana, porque veía el paso de los años en su propio rostro y cuerpo, y se espantaba de no ser ya la novia joven y bonita de vestido blanco, de la foto del casamiento colocada en la sala. Una noche de esas en que volvió a la casa, se encontró con la mala noticia que su suegra había fallecido. La hermana de doña Ada la había encontrado recostada, como dormida viendo la televisión, le había hablado, la había movido, pero doña Ada no había dado señales de vida. Le entró una angustia, una verdadera angustia, ganas de llorar, de gritar, no por la muerte de la suegra, sino por ella misma, por los gastos, por los pagos, por la ausencia de la otra mujer a quien Ovidio explotaba sin ningún pudor, aún siendo su madre, y pensó, ¿quién pagará ahora el alquiler de la casa? Su suegra había sido una mujer bastante callada, casi no pronunciaba ninguna palabra, si no había necesidad, nunca se supo qué pensaba realmente sobre lo que el hijo le hacía a ella ni a la otra. Al principio le decía a Martita que debía volver temprano a la casa para evitar el enojo de Ovidio. Al paso de los años se había olvidado de ella y sólo la miraba llegar de noche, entrar a su habitación tal y como veía con indiferencia una serie televisiva. Al volver del trabajo doña Ada solo pensaba en sentarse frente a la televisión, y le preocupaba únicamente si había suficiente que comer, no estaba ella para cuidar de nadie, tenía suficiente con su realidad. Así Martita, sin estar vigilada por la suegra, podía pasear más por los parques, caminar a lo largo de las avenidas sin rumbo, hasta que habiendo anochecido, llegaba a la siguiente parada de un bus que la llevaría hasta la casa donde no la esperaba nunca nadie. En diversas ocasiones había querido indagar con su suegra qué realmente hacía el hijo, a dónde se iba, por qué llegaba tarde todos los viernes, sábados y domingos, ya que a veces no se aparecía por la casa. Pero la suegra le había explicado que lo mejor era no preguntar, porque Ovidio podría molestarse con ella, y pedirle que se largara de la casa. No es bueno le dijo, que el hombre la deje a  una o la saque de su vida, se ve muy mal delante de los vecinos, tal y como le había sucedido a ella, que nunca había tenido marido. En una sola ocasión, la suegra le comentó que Ovidio nunca había conocido a su padre biológico, porque ni ella misma sabía quién era él. Estando enferma hacía años, había salido del hospital con el hijo en el vientre, y nadie le dio razón de nada. A Martita la historia de la suegra y la explicación sobre los valores de la sociedad respecto a las mujeres repudiadas le parecieron estúpidas, al menos no había perdido su capacidad de distinguir entre la estupidez y la ignorancia, pero se daba cuenta perfectamente que con su suegra, no sacaría nada más de historia real de su hijo. Tal vez ni sabía qué hacía, así como era cero a la izquierda para él. Y decidió nunca más preguntarle nada. Su vida había ido transformándose poco a poco, al principio era de profunda sorpresa ante cada elemento de la realidad que no lograba comprender, luego ya no lo hacía, todo era tan absurdo y alucinante, que empezó a no fijarse en los detalles, en las señales, y había cambiado su ánimo y caído en una tristeza profunda que luego se volvió tedio absoluto. Lo único bueno de esa nueva vida, porque tenía que encontrarle el lado positivo, era que al menos le daba tiempo después del trabajo de leer lo que quisiera y seguir escribiendo el diario. Éste iba tomando la forma de una de esas novelas sicológicas que había leído en la secundaria, eso le gustaba mucho y le daba aliento. Allí un día, su familia sabría la verdadera historia, y probablemente la perdonarían por no haberles contado nada, por el famoso miedo a que Ovidio les hiciera algún daño físico, tal y como la había amenazado una noche hacía años, cuando ella enfurecida y llorando le gritó que se iba a ir esa misma noche de vuelta a su casa paterna, porque ya no aguantaba la vida que llevaban juntos. Martita siempre se preguntó por qué le había tocado esa suerte tan mala, parecía conjuro o maleficio. No tenía amigas a quiénes contarles lo que le sucedía y pedirles consejo. Y tal era el mal carácter, y digamos la maldad de Ovidio, que ni siquiera la había dejado quedarse con un gatito que le habían regalado en la vecindad. Las razones que había expuesto eran en relación a los gastos de la comida, como que él hubiera tenido que pagar algo. Esa noche que ella había regresado un poquito después que él, ya no había encontrado a su gato. Ovidio se había hecho cargo de perderlo o quien sabe qué. Y ni siquiera le había preguntado por qué había llegado a esa hora, ya que en realidad él había llegado temprano, para deshacerse del animalito y hacerla sufrir un poquito, sin tener una razón para ello, porque se había desentendido hacía muchos años de ella. Pero la horrible realidad del presente era que su suegra ya no estaría, para mediar en esa vida que parecía puro castigo, para al menos estar allí entre los dos como una sombra. Se había ido dormida, tranquila, en cambio ella que innumerables veces se había acostado, esperando no despertar nunca más, y nunca lo había logrado. Había tenido que levantarse cada día a esa realidad, que aunque ya se hubiera acostumbrado a vivir, siempre al final del día, le parecía de sueño malo, como cuando una come mucho de noche, y la acosan las pesadillas de horribles pedazos de carne fría sobre el cuerpo y de simios bajándose de la cama donde ella estaba acostada. Era una paradoja su situación, ya que ella que nunca dio dinero para la manutención de su casa, ahora le tocaba mantener bien alimentados, a dos personas casi desconocidas y no tenía opción. Se recordó de la trama de varias telenovelas que había visto donde esto sucedía, y a ella solo le daba por reírse o enojarse con los personajes, pensando que era pura ficción, y que eso no era posible en la realidad. Esas imágenes bajaban a su cerebro, como cuando se están viendo cortos en el cine, para atraer la atención del público. Alucinada con todas esas visiones, parecía estar en otro lado, cuando de repente volvió a ver hacia la gente que dentro de la casa, muy amable y diligentemente, ayudaban a la hermana de su suegra a vestir a la fallecida, a preparar el café, el té y el chocolate caliente, los sándwiches, la sopa, la comida especial para el velorio, todo por supuesto, pagado con el sueldo de Martita, que había conseguido un crédito en la abarrotería de la colonia donde vivían. No habían escatimado los gastos, hasta licor y unas copas habían comprado, había que despedir a doña Ada como se lo merecía. No supo en qué momento, pero algo le dijo que ese era el instante, escuchó una voz parecida a la suya que le decía desde algún lugar, que ya no tendría nunca más la misma oportunidad, y que tenía que aprovechar el momento de lucidez y claridad que el destino le ofrecía. Ovidio no había llegado aún. Vio el paisaje del velorio y entonces decididamente agarró su bolsa, su suéter, abrió la puerta diciendo que ya volvía que iba a comprar más comida y salió de la casa. Todavía tenía que caminar los dos kilómetros para salir de la colonia, procurando ocultarse tras los vehículos, con miedo que Ovidio al volver la encontrara en el camino y así lo hizo. Por suerte él no se apareció. Cayó entonces en la cuenta que era viernes, y que posiblemente ni se enteraría que la madre había muerto, sino cuando volviera el lunes por la noche. Su práctica había sido nunca darle el teléfono donde se le podía localizar a ninguna de las dos. Tampoco conocían a sus compañeros de trabajo, ni amigos de chupaderas. En esto pensaba cuando llegando al boulevard agarró más valor al verse tan lejos de la casa, y entre contenta, excitada y un poco demente al haber dejado atrás la vida que había llevado todos esos años, se sonreía de una manera extraña, casi alucinada. Decidió cruzar la ancha avenida, corriendo junto a otras personas que aprovechaban la ausencia del tráfico tupido para pasar al otro lado. Corrió junto a todos y se colocó en el otro extremo a esperar el bus expreso, una ruta nocturna, que según había leído en los periódicos esa tarde, la llevaría directamente hacia la frontera mexicana.




Los libros de mujeres tienen todos su historia. Para poder nacer, para poder escribirse, para editarse, para salir sin miedo al público. Para todo. Este libro es mi primer libro de narraciones cortas y de poemas en prosa. Titulado Pezóculos (2001), nombre pensado por mí, a raíz de estar leyendo los textos de Cortázar con lo de textículos, me di en pensar cómo decirle a aquellos textos salidos del cuerpo de lo femenino. Así nació el título, Pezóculos, formado de dos palabras con las cuales "ellos" nos nombran, nos miran y nos comprenden, "pezones y culos". Para elevarle la categoría a título de arte decidí fundirlos y llamarles así a mis textos, que en general, vienen de este cuerpo.
Muchos de ellos tildados "procaces", y eso que Ana María Rodas y las feministas de los 60 y 70, ya habían acuñado palabras y textos que le paraban el pelo a los varones (que tenían pelo). Mis textos fueron llamados por José Mejía en un articulito reseñal sobre el libro como: "ensarta de culos y pezones", dada cuenta que no le había gustado mi perspectiva, y muy a pesar de que en aquel final de siglo, él había mostrado gusto por mis textos poéticos. Me parece que estos no le habían gustado. Y pienso reflexivamente que no le gustaron, porque tenían "gesto y tono" desacralizantes, que tanto les había molestado de Rodas. Pero qué podemos hacer. Esos textos en por lo menos el 50% los había yo escrito en la década del 80. En alguna ocasión le mostré a varios amigos los textos, y se rieron algunos, otros dijeron que "necesitaba sexo", algunos otros me dijeron que no era poesía, lo que venía en prosa poética, y que los textos narrativos, no parecían cuentos. Y así iba la opinión de mis lectores y lectoras, hasta que se los mostré una vez a Rafael Gutiérrez. A él sí le gustaron y me mostró algunos textos eróticos que él estaba haciendo, con lo que yo pensé que habíamos algunos que para nada seguíamos a Neruda, éramos puros pinches discípulos de Parra.
Hacia el final de la década del 80. leyendo a los escritores de la generación del 70 (Rodas, Noriega, Rivera y Martínez) supe epifánicamente, que tanto Rafael G., Sergio Morales y yo éramos seguidores de aquellos, aunque no lo supiéramos. Digamos que encontramos el hilo para entrar al laberinto. Este libro publicado hasta el año 2001, no hubiera sido posible, si no conozco a Juan Fernando Cifuentes, que solía publicar libros de mujeres. (por si no lo saben y están inventando más mitos pos-postmodernos fue quién publicó Torres y tatuajes de Isabel de los Ángeles Ruano). Me comentó que quería publicarme un librito de narrativa, yo le di mi borrador, con los textos que tiene el libro en su forma original. Poemas en prosa y microficciones. A él le gustaron, pero le dio cierto temor y resquemor, porque yo ya en ese momento (2001) vivía con E. Noriega, y como los textos eran "gruesos" (como él mismo los llamó) para el momento en que él los estaba leyendo, entonces me dijo que llamaría a Enrique por tel (no existían los celulares para que uds calculen el inicio de siglo y las tecnologías de punta). Seguro quería que E. le dijera si no había problema en publicarlos. (risas) De hecho cuando lo llamó yo estaba a la par. E. conocía bien los textos. Solíamos mostrarnos y leernos los textos en aquel fin e inicio de siglo. Además yo me apoyaba bastante en la forma en que E. limpiaba y trabajaba los textos, algo que yo había ido practicando en un taller con él en el ya olvidado año de 1989 e inicios de 1990. Entonces E. le dijo que le gustaban mis textos y que los conocía bien. Hagan de caso que había dado su venia. Yo por supuesto, le agradezco a los dos haber confiado en mi libro. Y creo sinceramente que si E. dice que no sabe bien, etc. no se hubiera publicado por mucho que Juan F. me apreciara como escritora. En fin, esa es la historia del libro, y claro, no tuve reseñas casi. La de Mejía que fue muy dura, pequeña y dura. Y la de Lucía Escobar, que me hizo una entrevista muy profesional. Ahorita agradezco a Lucía hacerme la entrevista y ocuparse en ese momento de mi libro. Yo tuve un apoyo más para ese libro, la excelente presentación-introducción que le hizo Regina Schroeder, maestra en literatura latinoamericana por la U. de Pittsburgh, quién entre 1995 y 1997 me introdujera a la literatura de mujeres que yo no había leído. Ella hizo un excelente prólogo de ese libro, incluido en la edición de Palo de Hormigo. Pero fíjense como es la cosa. Hoy yo me recuerdo de ese libro a raíz de todas las acciones contra la violencia sobre las mujeres, que al paso del tiempo no han parado. Mi libro relata violencias y recurrencias de las violencias, entre 1980 y 1990, que fue cuando yo tenía el libro armado, con textos viejos de la década del 80 y otros de la del 90. Las cosas se han recrudecido. Si la guerra los hizo practicar torturas terribles contra las mujeres, hoy la violencia cotidiana, migratoria y político-económica (narcotráfico, pandillas y otros grupos) ha superado las expectativas de las violencias, convirtiéndolas en prácticas terribles, que ni siquiera tienen explicaciones en la moral colonialista, la han rebasado. Por eso traigo a colación el libro. Se paró en la llaga abierta de los patriarcalismos guatemaltecos. Dice cosas terribles de las que yo no me averguenzo, porque son denuncias artísticas, como las que hoy se siguen haciendo, y tienen razón, porque las violencias crecen, dan risa, son mediáticas, siguen siendo terribles, al menos reflexionemos sobre ellas. Han sido y siguen siendo horribles. No hay nada peor que temerle a quién queremos amar.

jueves, 9 de enero de 2020

BIOLIBROVIDAS
Los libros pasan a constituir parte de la vida de las personas que los hacen. Se convierten en etapas de sus vidas. Fases por las que atraviesa la persona. Acompañan etapas de duelo y de alegorías de la felicidad. Pero sobre todo se van escribiendo como dentro de una biografía literaria. En mi caso, me considero una escritora que se dedica a la escritura creativa. Los designios del destino me han llevado a dedicarme a la academia literaria y cultural, pese a haberme resistido a caer en sus tentáculos. Las formas de resistencia que he utilizado han sido no doblegar mi alma poética, en favor de la mirada solo académica. Reconozco que soy una escritora que se dedica a la academia y la resiste. Soy una "feminista de color", desde hace años, viviendo en Estados Unidos me di cuenta de algo real. Y fue que aunque quisiera colocar en un formulario mi identidad, no había entre las opciones, la que me correspondía. En el año 1995 marcar la casilla de "white hispanic" no me interrogaba. Era la única que existía en el formulario y en ausencia, yo la marcaba como la sujeta que estaba allí, dentro de la vida del formulario. Viviendo esos años en Pittsburgh, que fueron años de gran crecimiento intelectual, no solo académico sino escritural, supe que algo en mí se había transformado. Pude ver de cerca las comunidades donde me insertaba. Esa ciudad es cosmopolita. Tiene barrios que deben haber estado segregados en la primera mitad del siglo, pero que cuando yo llegué allí en la década del 90 ya no lo estaban. Entonces crecí como escritora. Me hice a la academia pittsburguesa por suerte para mí, que estaba más encaminada a dejar de pensarnos universalmente, o como descendientes de europeos. De alguna manera los cursos académicos en la U. de Pitt nos orientaron hacia temas más latinoamericanos, al punto que en el programa de maestría, yo recibí una sola clase de literatura española, por suerte también, la de la generación del 27. Cuando me gradué me fui a trabajar al hoyo del kukushklan. Allí aprendí mucho más sobre la desigualdad y le sentimiento de opresión que mis paisanos originarios de las culturas mayas, vivían en ese momento, habían vivido y hoy siguen viviendo. Pude, viviendo en Alabama, saber hasta dónde se estira el racismo, el clasismo y como intersectado con el género, te pueden excluir aunque estés presente en un espacio prestigioso. Los tres libros que están en la foto son parte de mi biografía ya en un espacio mucho más liberado. No porque no haya exclusión de género, por ejemplo, que es la más fuerte. También a veces siento la de clase social, la económica. La de raza, la de periferia. En fin. Los libros se arman en ese nuevo contexto guatemalteco. El libro sobre Asturias (2017) fue libro peleado con los encargados editoriales, que de lo que menos entendían era de eso. Se trataba de un grupo inquisitorial, al que no le gustaban las mujeres, y yo dirigía el volumen. En el libro hay una igualdad de géneros en las publicaciones. 4 hombres y 4 mujeres. Qué por qué? Porque mi perspectiva crítica tiene un fuerte componente que piensa en la igualdad de condiciones de acuerdo a los géneros. Entre los ocho ensayistas tres son extranjeros, el especialista mayor en Asturias y el compañero mío de Pittsuburgh que se dedicó a la Colección Archivos. Dante Liano y Mario Roberto Morales son guatemaltecos y pertenecen a una misma generación. Entre las mujeres, la más conocida como crítica asturianista es Lucrecia Méndez, luego Anabella, le sigo yo y por último la compañera argentina, también compañera mía de estudios en Pittsburgh. Es un libro realizado a través de complicidades. Y dificultoso para aparecer. El segundo libro es un proyecto en el que me embarqué junto a Consuelo Meza Márquez y con las compañeras de Chile y Venezuela, sobre ensayistas latinoamericanas. Pasaron cinco años para que el proyecto se hiciera realidad, y salió en 2018. Menos sufrido que el otro, porque yo no lo coordinaba. El tercero es mi hijo personal. Salió porque tengo alguien que cree en mí en esta universidad. Se trata de reflexiones que vienen de ese feminismo de color en el cual yo me reconozco. Porque tengo la conciencia clara que las mujeres escritoras -sobre todo desde las periferias y las de color-- necesitan, precisan de mayo atención y salió en 2019. Son tres libros fraguados en cinco años, El destino me los envió. Yo los acepto como hijos pródigos que vienen engrosar la lista de libros que he podido hacer. Y que de alguna forma cuentan mi vida, mis ilusiones y todas mis desgracias.

jueves, 12 de diciembre de 2019

DESCENDIENTES DE LA LÍNEA IMAGINARIA
La manera en que utilizamos el concepto "ladino-ladina" en la actualidad nos muestra que el término ha ido cambiando al paso de los años. Sobre todo cuando iniciamos para bien o mal, un periodo distinto de las economías emergentes, en las cuales nos encontramos desde antes del conflicto armado en Guatemala. Ungido de connotaciones peyorativas, ladino-a significaba una manera de sentirse descendiente de españoles, pero venidos a menos, empobrecidos y sin genealogías. Los ladinos dentro de este concepto se percibían abusivos e irrespetuosos. Se trataba de una especie de casta, que abusaba de quienes estaban por debajo de ellos, ya fuera sobre todo por pruritos raciales o en su defecto por asuntos de clase social y económica. Se definía el término como "no indígena", defendiendo esa bandera, bajo el concepto de lo nacional.
Lo cierto es que en recientes trabajos lo hemos utilizado desde lo que el nuevo concepto significa para algunos-as de nosotras desde espacios intelectuales, donde lo conceptuamos como una manera otra de entender quiénes somos, aquellos, que actualmente para mal, nos damos cuenta que aunque tengamos sangre maya, no somos mayas, pero que nos ha quedado claro por generaciones, que tampoco somos descendientes directos de criollos, y menos de españoles, por más apellidos castellanos o sefarditas que tengamos. El asunto de la identidad ha creado grandes conflictos de vida en nuestros antecesores, nosotros como descendientes de ellos, de esos que nunca vieron con claridad cuál era su origen o encontraron su línea genealógica, no queremos más sufrir lo que ellos sufrieron, al vivir la exclusión desde distintos frentes. Y que de eso dependa nuestro desarrollo como seres humanos. Un punto central es dejar de buscar algo que es inencontrable. Dejar de inventarnos pedigrís que no podemos probar. Y quedar en ridículo, porque en el fondo, quiénes nos excluyeron como grupo social nuevo y emergente, tenían la certeza que no éramos descendientes ni lejanos de alguna de esas líneas imaginarias que martirizaron a muchos hombres y mujeres, que vivieron con el estigma de no saber de dónde venían. En suma, el concepto de ladino-a se ha ido convirtiendo en un concepto relacionado con una nueva manera de pensarse como mestizo, palabra que tampoco nos define, porque está bien atada a las primeras mezclas violentas, ya fuera en pactos o sin ellos, que se hicieron en época de descubrimiento y conquista por quienes tenían el poder militar o en su defecto, por los mismos jefes originarios, que se mezclaron con españoles.
Ser ladino-a en el siglo XXI, se ha ido llenando de otras connotaciones que se tratan de alejar de ese término ominoso de la época colonial, y pre-post-independentista , tan rechazada por los grupos mayas todavía hoy. Porque claro, el término se cargó de odio, la práctica ladina colonial y postcolonial, se identificaba sobre todo más modernamente, con esos hacendados y sus familias, donde ya el perfil mestizo existía, que explotaron a las comunidades originarias y sus descendientes. Traigo a colación una figura importante de mencionar, respecto al concepto ladino explotador-abusivo sobre la vida y culturas originarias, el llamado "Tigre de Ixcán", que fuera ajusticiado enfrente de todos sus explotados por el EGP, en la década del 70. Ese hombre y otros hombres de su familia, habían abusado por generaciones de familias indígenas, que se encontraban en la parte norte de Guatemala, y a quienes les pagaban una miseria por el jornal diario, además de tener pernada entre las mujeres y niñas. Me parece que simbólicamente allí en ese acto de ajusticiamiento, cae el último ladino abusivo y explotador, tan odiado y repudiado por las comunidades. No digo que no haya otros hoy, pero el EGP le demostró a la gente, que sí es posible quitarlos de en medio con decisión, para parar la cadena de explotación. ¿Quiénes lo ajusticiaron? No fueron sujetos mayas, fueron esos otros ladinos que estaban en transformación y que pensaban distinto. Que creían que eso no era justo. Allí se produce un cambio simbólico en el concepto. Y me parece que de ese grupo de ladinos, es desde donde se desprende el concepto en evolución. Porque dejar de ser los descendientes de la línea imaginaria no se puede. Si fuéramos descendientes de los mestizos iniciales, de todos modos nos sentiríamos descendientes criollos, porque hubo composición española inicialmente. Y muchos de sus descendientes todavía hoy, tienen bonitos árboles genealógicos donde aquello se explica, sintiéndose unidos a las familias coloniales del famoso libro de Marta Casaús aunque sea del lado de la cocina.
El punto a discutir es que el concepto sí ha evolucionado. Se trata de sujetos sociales guatemaltecos que se transformaron política, ideológica y culturalmente. Cierto, no somos indígenas, aunque nuestras prácticas estén tan cercanas. Aunque nuestro español se encuenre matizado por voces mayas, de la región de donde vinieron nuestros padres y abuelos, cuando todavía no se hablaban abiertamente los idiomas mayas antes de la segunda mitad del siglo XX. Nos parece que ha habido una evolución del concepto desde una posición cultural e ideológica. Se trata de una cultura ladina, que ya tiene introyectada una cultura híbrida,al  haber mezclado costumbres-ambiguas, procedentes de la línea imaginaria de identidad, con las costumbres de las culturas originarias, que siempre tuvimos cercanas y en el mismo territorio. Tener esa cultura híbrida y una ideología no racista, es un cambio esencial en el concepto. No se trata de pensarnos identitariamente distintos, sino parecidos a los otros de los cuales hemos asumido cultura y voces. De quiénes aprendimos en el trato, formas de ser, que nos definen como grupo. Sin poder apartarnos totalmente, de la otra cultura heredada y rechazada, de la cual ya casi no podemos encontrar las pistas.

martes, 22 de octubre de 2019

VELADOR DE NOCHE
SOÑADOR DE DÍA (París, Ediciones del Correcaminos, 1988)
En Scribb, podrán encontrar un artículo, ensayo, escrito por mí en mis tiempos de Alabama, hace ya 10 años. A propósito del premio nacional otorgado a Luis Eduardo Rivera hoy, en el Palacio de la Cultura, en el cual no estoy.
Pero puedo decir que las obras literarias de estos autores, escritas entre las décadas del 70 y el 80, poseen un perfil excéntrico totalmente. En el caso de Rivera, se trata de una novela, que se resiste a serlo. O sea se está poniendo en discusión la etiqueta que se le imponía a los géneros. La novela se publica en París en 1988, y se trata de una novela que no trata el tema político. Elabora intertextualidades con Rayuela, y se acerca en excentricidad discursiva con el libro tan afamado hoy de Luis de Lión, El tiempo principia en Xibalbá. Podríamos decir que se trata en el caso de las dos novelas, de novelas raras, únicas, excéntricas, descentradas, etc. escritas en la década del 70 y publicadas en la misma. Les comparto el título, porque me parece que los escritos críticos que hemos ido haciendo sobre este escritor, no son nuevos, tienen largo aliento. Se le reconoce además como uno de los escritores jóvenes que publica su primer libro de poemas dentro de otro registro de la poesía guatemalteca en la década del 70, Servicios ejemplares, y constituye como propuesta, un descentramiento de la voz épica de la lucha armada, dado que se centra en cuestionar el amor en un periodo desalmado de la época de la guerra, sin tener que mencionar alguna cosa al respecto.
Aida Toledo_Entre lo indígena y lo ladino- El tiempo principia en Xibalbá y Velador de noche, soñador de día, tonalidades melodramáticas en la narrativa guatemalteca contemporánea

viernes, 27 de septiembre de 2019

EL PERFORMANCE DE LA DIGNIDAD

A lo largo de muchos años sabemos que el derrocamiento de Arbenz Guzmán fue deshonroso para el país. Se realizó mediante una serie de estrategias militares, donde participaron otros países como Estados Unidos, además de que los derrocadores se atrincheraron en Honduras, esperando el momento para poder invadir el país. Todo el proceso se hizo dentro de una gran red de espionaje, donde participaron muchas instancias dentro del país y fuera de él. Arbenz para evitar una matanza de la gente, cedió y dejó el poder presidencial.
Las estrategias de los invasores y los derrocadores no se hicieron esperar. El equipo político que acompañaba a Arbenz y él mismo, se asilaron en la Embajada de México. Cuando ya iban a salir exiliados hacia este país, no contentos con la situación y temiendo que el expresidente y sus colaboradores se llevaran bienes nacionales, que según se dice fue la razón, hicieron que el expresidente Arbenz y otros sujetos que lo acompañaban se desvistieran en el aeropuerto. Las razones que hicieron que se diera este hecho, no han quedado totalmente claras. Existe en todo este acontecer una tremenda perversidad humana. Se ve en las fotos de ese día, la mirada lividinosa de los sujetos que observan cómo Arbenz se desviste con tremenda tranquilidad. Se trató de un acto performático, que se documentaría al paso del tiempo, y resurgiría cada año, cada vez que la memoria nos traiga el momento en que Arbenz realizó su último acto público, con la dignidad que lo caracterizaba.
El tiempo ha hecho una valoración de ese momento. Hay grupos de artistas que han paraodiado el momento en que Arbenz se quita la ropa, parsimoniosamente. No sabemos hoy lo que él pensó en ese momento. Quitarse la ropa públicamente era un acto deshonroso según se entiende hoy. Pero Arbenz lo realizó parsimoniosa, lentamente, en un proceso performático para la historia del país, y para su propia autobiografía. Quitarse la ropa en el aeropuerto hoy no podría entenderse como un acto de vergüenza. De hecho en el aeropuerto, hacen que una se despoje de cinturón, zapatos, sueter, aretes, etc. Lo notable al paso del tiempo, es que aquel acto deshonroso, se invirtió, se carnavalizó, transformándose en un acto de honda, profunda dignidad. No es improbable que Arbenz actuara de esa manera, porque como visionario, sabía que esas eran sus últimas imágenes públicas. Con el tiempo su vida sería un infierno. Y esa fue una manera de despedirse de sus fans, que contrariamente a lo que pensaban los que lo quisieron humillar, nos sirve para recordar al único presidente que se ha enfrentado con todo a los terratenientes, a los militares, a los abusivos que trataban de apoderarse del país. Como hoy ha sucedido.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                       

lunes, 23 de septiembre de 2019

Las diferencias de clase social, instaladas desde hace mucho en el imaginario social guatemalteco, se reproducen de tal forma en la época actual, que sujetos-as que antes no habrían tenido la mínima oportunidad, por cuestiones consanguíneas de pertenecer a las clases altas de origen criollo, lo pueden conseguir hoy, mediante estrategias diversas, que los/las posicionan en espacios de validación. Los nuevos capitales proveen a sus miembros de un estatus similar al que se obtenía al contraer matrimonio con algún miembro de las familias coloniales. Se trata de variadas estrategias de posicionamiento social, que ya no conllevan las mismas características que poseían los sujetos que nacían o se casaban por intereses económicos con sujetos de las clases más acomodadas. Hoy los llamados "nuevos ricos", vienen desposeídos del bagaje que se les exigía a los familiares de origen colonial. Una formación académica exigente, poseer propiedades heredadas desde el régimen colonial, manejar un estatus social, que los/la ubique en las actividades propias de las familias españolas originarias. Pertenecer intelectualmente a asociaciones vinculadas con los poderes coloniales. Desarrollar una actividad intelectual, que los posicione en el servicio diplomático o consular. Hoy los y las nuevas ricas, lo que sí poseen es el capital, para movilizarse en un mundo, que les pide dedicarse a invertir, ser consumistas, realizar viajes continuos al extranjero para conocer sus muy lejanos y ambiguos orígenes. Poseer carro y bienes inmuebles que los sitúe como propietarios de espacios que antes fueron de los señores y señoras criollos. Pero es fundamental que puedan construir una genealogía, que obviamente ya no depende de lo colonial, sino de la capacidad económica de sus familias. Se trata de nuevas genealogías, ligadas todas con el dinero, su capacidad de consumir, de invertir, de asistir a espacios que les fueron vedados por las clases sociales de origen colonial y criollo.

domingo, 1 de septiembre de 2019

Puertas
A veces entro en esa casa. Donde él cerraba las puertas con llave. La casa era pequeña. Pero tenía tres puertas para salir de ella. Yo escuchaba desde el comedor, el cerrojo, cuando él cerraba las tres puertas una tras la otra. En las pesadillas la casa vuelve tres veces y se repite, tres más. Se oyen los ruidos de las chapas. Tres chapas, tres llaves, tres momentos. Lo alcanzo a ver a él transformado en monstruo, Y entonces inicio mi metamorfosis, hasta volverme una especie de ratona que huye del ente.

sábado, 24 de agosto de 2019

SOBRE UNA INTUICIÓN CUASI ACADÉMICA: RODAS, NORIEGA, NÁJERA Y RIVERA

(Maríadela Díaz, imagen)
En 1992 escribí un primer texto que hablaba sobre algunos de los poetas guatemaltecos, que iban desarrollando una obra desde las décadas del 70 y 80. Fue la primera vez que fui a un congreso a presentar una ponencia, y sucedió en Chiapas, en Tapachula. Por primera vez en mi vida, me sentaba en una mesa a leer un trabajo creado por mí, en un esfuerzo analítico. Por esa época yo era profesora auxiliar del departamento de letras de la USAC, en Humanidades. Ya me había graduado de licenciada en letras con una tesis sobre Ricardo Estrada, o sea sí había yo escrito un trabajo largo sobre análisis literario. 12 cuentos de Estrada en sus dos libros de cuentos para adultos. Yo no estaba invitada. Suplí a una amiga que me ha demostrado su amistad en diversas y variadas formas a lo largo de todo este tiempo. Esa fue una de ellas, decirle al agregado cultural de México, que yo iría en lugar de ella. El agregado por supuesto aceptó y de esa forma inicié una carrera académica, con la cual no había soñado. Yo en el fondo era una escritora incipiente. Venía escribiendo textos narrativos desde la década del 70, luego en el 80 desarrollé hacia la poesía, sin nunca publicar nada. No era el tiempo digamos así. Finalmente ese año me fui a Tapachula. Y como una premonición allí en ese lugar conocí a Elva Macías, la poeta chiapaneca, a quién he seguido tratando, y a quien admiro poéticamente hablando. Total que ese año Ana María Rodas era una de las poetas sobre la que yo hablaba, en ese ya olvidado año de 1992. La había conocido personalmente hasta en 1989, y en 1990 ella había leído mi primer libro en borrador y había decidido hacerle la presentación, que toda esa colección llevó antes de la selección de poemas. Una pequeña presentación de algún poeta, que estuviera colaborando con el proyecto. Ese proyecto se llamó Poesía guatemalteca siglo XX. Incluía 11 poetas. Y cada librito llevaba una intro al inicio. La de mi primer libro fue escrita por Rodas. Luego en 1992, habiendo leído más a fondo a Ana María, al menos tres de sus libros, me di cuenta que estaba ante el fenómeno que hoy está comprobado es Ana María como poeta. Y por supuesto fue la primera vez que yo me atreví a abordar la poesía de varios poetas, que era poco comentada en ese entonces. Por alguna razón que una no se sabe, y a la que María Zambrano le llama, intuición especial, con la cual una está dotada para la creación, escribí ese primer trabajo sobre los poetas a los que nadie se atrevía a comentar, porque contaban con textos bastante escatológicos para la época, porque se caracterizaban por utilizar nuevos registros poéticos, y porque abordaban temas escabrosos. Así entré al mundo de la academia, enfrentándola con temas tabú. De hecho en mi tesis de grado sobre Estrada, yo me había atrevido a comentar muy tibiamente que notaba un tratamiento homoerótico en algunos cuentos de Estrada, por lo que casi soy sancionada y tratada como loca, en ese tiempo. De hecho una de las personas de mi comité de tesis me dijo que se saldría si yo continuaba incluyendo esos comentarios. En realidad lo que en aquel entonces considerábamos crítica literaria, también estaba en caos, se estaban dando cambios, pero no lográbamos asimilarlos todavía. Yo lo hice esa misma década, cuando salí para ir a estudiar una maestría, donde definitivamente me di cuenta que las cosas ya habían cambiado, y que nosotros en Guatemala, continuábamos aplicando criterios muy esencialistas. Era 1992 cuando yo presentaba mi escrito tratando allí por primera vez, los poemas de Ana María Rodas, Francisco Nájera, Luis Eduardo Rivera y Enrique Noriega. No creo haberme equivocado en aquel entonces. Cada uno de ellos desarrolló una obra que no tiene prácticamente error. Cada uno hizo un corpus de obras que hoy los colocan en un espacio del canon nacional, nos gusten o no sus poemas. Poco leídos, sus nombres suenan por distintos lugares del mundo. Van publicando tanto en Guatemala como en el extranjero, asisten a encuentros de poesía internacional, y son representantes de una poesía que se coloca con ellos en el mismo renglón de excelencia que otros poetas latinoamericanos como Raúl Zurita, Marco Antonio Campos o Alejandra Pizarnik. Lo interesante de mi trabajo en ese momento, que ahora estoy recordando, por haber sido fundacional, sobre la poesía de estos autores, es que yo tenía razón. Y que de todos quizás sea Ana María, que con menos libros haya logrado el impacto poético y estético que alcanzó su poesía. Claro tanto Nájera, Noriega y Rivera, tienen lo suyo, y con sus libros entramos al canon latinoamericano, a la par de grandes y reconocidos poetas del mundo. Tanto Noriega como Rodas, recibieron ya el Premio Nacional de Literatura, y no dudo que se lo querrán dar también a Nájera y Rivera. Porque sin duda se trata de autores y autora, que han alcanzado un lugar en el corpus de la poesía centroamericana, ya no digamos latinoamericana, y son comunmente mencionados en otras latitudes del mundo, donde la gente lee más, y no le tiene rechazo a su propia poesía. En fin.

martes, 20 de agosto de 2019


El regreso de rebeldes recorridos y una vuelta más: La saga de N de Enrique Noriega
(Guatemala: Ediciones del Cadejo, 2006, 80 páginas contando contratapa)

Guillermina Walas. Universidad de Eastern Washington
                                                                                               
Conocido en el ámbito poético de Guatemala y del mundo por su irreverente humor y su sagacidad poética, Enrique (Kike) Noriega confirma una vez más su posición de vanguardia con este volumen, La saga de N. Marinero en tierra. Naufragios del yo, donde enmascarándose bajo su traje de “N”, el yo poético retoma el camino de la parodia de los grandes consagrados (Quevedo, Antonio Machado, la evidente referencia a Rafael Alberti, entre muchos otros que trascienden las fronteras del español) y se ríe de sí mismo tanto como de aquellos que pasaron con gloria a la historia. Pero sobre todo se trata de una risa auto referencial, una auto-ironía  hacia lo que se es, se fue o se podría haber sido. En segundo lugar, la presencia de lo conversacional y la incorporación de referencias a la cultura popular, lo acercan además a la línea de los chilenos Nicanor Parra y Enrique Lihn. Más allá de las influencias y paródicos préstamos, esta saga del itinerante N es, sin lugar a dudas, muy original.
En principio el libro se ordena (o desordena, siguiendo el juego del poeta) en un formato clínico, en una biografía de enfermo que tras pasar por una “antesala” y tres “quirófanos” de memorias, es incinerado, exhumado y finalmente ofrece un pasaje por un “osario” (el índice poético), un exordio o colofón y, en la contratapa, un poema de juego autobiográfico que revela a N como “Kike gavilán/mapache/cadejo”. Se confirma así que, por sobre todo, el recorrido es una revisión burlonamente existencial.
Ya en la “Antesala” el yo lírico, marcadamente masculino en su perspectiva, se pregunta si habrá sido un ganador o un perdedor. Sin decisiva respuesta, decide entonces pasar al terreno de la memoria, pero no desde un formal escritorio de literato consagrado, ni desde el espacio bohemio del café, ni tan siquiera desde el sillón psicoanalítico: su espacio son tres quirófanos en donde cabe al lector observar porqué, cómo y qué es lo que atraviesa el quizás doloroso – ¿o más bien doloso? – proceder quirúrgico. Estos flashes o destellos de la memoria – que es en definitiva la que atraviesa la inescrupulosa cirugía,  expuesta a todo el que quiera leer bien –, revisten el carácter de interpretaciones de la norma social, de lo pautado y aún de lo que sociedad e historia han vuelto estereotipo, para preguntar si acaso la memoria no será puro sueño o, a la manera de Calderón, si no será la misma vida sólo un sueño absurdo: amar es un sueño erótico, atravesar la aduana una pesadilla, entre otras tantas de lo cotidiano, soñamos para creer, y así va la memoria.
De esta manera, el yo poético de los “quirófanos” puede ser que esté dormido en un estado de anestesia, y así recuerde en sueños y confunda a ambos (sueño y memoria), o puede ser también que plantee que eso es precisamente el existir en nuestra locura contemporánea, donde subsistimos anestesiando angustias con adicciones de todo tipo (aún la rutina puede ser un anestésico adictivo).  Surrealismo que se continúa en la corta “Incineración addenda” y en un completo “Bono Exhumación” de once poemas (con epitafio y todo), el credo de  N en su deambular sonámbulo revela, paradójicamente, una tan lúcida visión de la realidad que hasta nos encandila. Sin duda, como se enuncia al final del objeto textual, en su contratapa, he aquí, para nosotros lectores (o “polillas de la lectura”), un buen “bocadito”.
Finalmente, de esta saga en verso libre y con juego caligráfico se desprende también una moraleja: toda gloria se hace generalmente de días de desasosiego, de fisuras y marginalidades que encarar, de noches mal dormidas y de una rutina que suele no tener nada de glamour y así y todo vale la pena atreverse a sobrellevar, transgrediendo cuándo y cómo se pueda para vivir a pleno el acto de escribir y, más importante, de existir creativamente.

SE VA A CAER (patéticas historias para celebrar el 8 de marzo y que nos nazca la consciencia feminista) Han pasado ya muchos años desde que ...