(Imagen. V. Chapero)
UNA BOCA COMO JARRO
En 1991 tuve la única hija que iba a tener. En el proceso de parto, y por cuestiones económicas, tuve que compartir la habitación del hospital, que en ese entonces era el Bella Aurora. Las malas disposiciones de la gente que manejaba esos días las asignaciones, hicieron que yo terminara en una habitación junto a una persona ya anciana, que estaba enferma de alguna enfermedad contagiosa.
Recuerdo que sentí pánico esa primera noche, cuando la escuchaba toser, no poder respirar, quejarse de dolor, etc. Se lo dijimos al personal que atendía en el hospital. Pero nadie nos hizo caso, pasé dos noches compartiendo la habitación, hoy sé, infectándome a la par de la señora, que seguramente en algún momento ha de haber fallecido.
Me fui a mi casa a los tres días, y al mes había desarrollado la enfermedad que ella me contagió, a mí, a una mujer que estaba sin defensas por haber recién tenido su hija. Era septiembre de 1991, cuando tuve que ir a ver al Dr. Aragón. Un especialista en pulmones. Recuerdo que aunado a todo el cuadro era una época en que se iba la luz a las 6:00pm cada día. Y el Dr. me hizo un chequeo, y luego me envió a tomar una radiografía. Yo tenía síntomas tremendos, fiebre alta, tosía mucho, me dolía el pulmón (fue hasta esa enfermedad que me di cuenta que los pulmones duelen cuando están enfermos). Total que cuando ya fuimos a ver al Dr, y él observó la radiografía sin mucha luz, diagnosticó, tuberculosis. Y empezó el viacrucis por seis meses como mínimo, más las secuelas que me dejaría la enfermedad. Además de no poder cuidar a mi hija. Porque el proceso de la enfermedad fue desastroso.
Me enviaron en numerosas ocasiones a hacer el examen de la tuberculosis, pero nunca salió el tal bacilo, para verificar que tenía tuberculosis. Pero como se hace en situaciones como esa, dentro de una gran angustia e ignorancia, mi familia decidió que empezara el tratamiento. Cuando una se enferma como yo lo estaba, pierde la fuerza, la voluntad, la fiebre vence, la enfermedad mina la inteligencia. No me pude resistir.
No sé si lo saben pero en ese tiempo, inicio de la década de los 90, cuando todavía no se firmaba la paz, la medicina para la tuberculosis, era carísima. Y solo se la donaban a una, si se iba al hospital antituberculoso y te declarabas tuberculosa, que en ese entonces tenía un estigma. Como ya no lo tiene hoy.
Así tuve que hacer. Me llevaron al hospital, tuve que firmar un papel que afirmaba que tenía tuberculosis. Y que no me quería internar. Me examinaron y pensaron que si el Dr. decía que tenía, era porque tenía. Pero el tiempo y esa circunstancia demostrarían otra cosa. El asunto crucial era obtener la medicina, que yo no podía comprar por lo extenso del tiempo. Así supe lo que es ser tuberculosa, en un país donde serlo significa una marca, y tomarla un atentado contra el resto de la salud.
Tenía en ese entonces, un trabajo del que tuve que pedir permiso. Tenía una hija recién nacida. Recuerdo que mi mamá estaba en Estados Unidos. Vivía con mi papá, y el papá de mi hija. Y esos meses del año 1991 hacia el año 92 fueron de gran soledad. Nadie nos visitaba. Solo recuerdo que Ana María Rodas, me pasaba viendo durante la semana, al menos una vez por semana. Fue la única amiga y parte de mi familia que nos visitó.
Al empezar a tomar la medicina ya no le di de mamar a mi hija. Además no tenía fuerzas ni para cargarla y no debía. Al tomar las pastillas sentía que me metían en un refrigerador y empezaba a alucinar. A las semanas de tomarla, empecé a sentir cierta mejoría. Y al menos podía pensar y escribir. La medicina te deja sin poder pensar con claridad. Solo me sentía dentro de una pesadilla, fría y soledosa. No había nadie en mi vida en esos días. Me alejaron de la niña hasta para dormir. Y me colocaron en una camita, que más que camita, era como un catre, en un lugar que no era dormitorio. Y lo que lamento recordar con detalle. Eso también fue al paso del tiempo, parte de la pesadilla. Lo único bueno fue no ir al hospital antituberculoso. Donde finalmente me hubiera infectado.Creo que eso lo decidieron en la familia que me acompañaba. No lo sé a cabalidad, ya no tenía consciencia de nada.
Los meses pasaron. A los tres, me había mejorado un tanto, pero no totalmente. Seguía viendo a la especialista en tuberculosis, cuando iba al hospital por la medicina. Era la única salida que hacía. Porque tenían que cerciorarse que no había muerto, que estaba mejor. Para darme la dosis del mes. Tenía que hacer radiografías periódicas, y la mancha en el pulmón, estaba allí, pero ni al radiólogo, ni a la doctora, al paso del tiempo, les parecía una mancha tuberculosa. Además me hacían el examen del esputo, y no salía el bacilo, por más esputo que me sacaron. La dra decidió que debía hacerme una biopsia, cuando no teníamos dinero suficiente. Finalmente vendí un collar valioso. Y con eso me hice la biopsia, pero esto sucedió tres meses después de sufrir las cuarenta y cuatro pastillas diarias, todas juntas. En las pesadillas yo veía mi boca grande como jarro, tragando las 44 pastillas de colores diversos y variados que iban cayendo dentro. Lúcidas y relucientes me las tragaba poco a poco, haciendo un ejercicio casi de ascetismo. Y luego el frío extremo en que entraba mi cuerpo, y las manchas en la cara y las axilas se acentuaban en cada toma, eran cafecitas, cada vez eran más cafecitas. Sabía que no funcionaba bien mi hígado.
Finalmente el resultado fue que no tenía la tal tuberculosis. Así constataron sus dudas, la dra y el radiólogo, además el pediatra de mi hijita, que era un viejo amigo, me había dicho que no creía que tuviera esa enfermedad por el color en la radiografía. Lo duro para alguien que se enferma, es no poder decidir, porque cuando una se enferma, cae en una subalteridad mayor, y si antes creían que podían decidir por mí, allí, en esa situación todos decidían por mí, hasta el gato que no tenía.
El diagnóstico me llevó a tomar otra medicina, menos letal para mis otros órganos, que con el tiempo, eliminaría la bacteria (imposible de pronunciar)que se me había metido al cuerpo, proveniente seguramente de la anciana con la cual estuve dos noches seguidas en un mismo cuarto.
Hoy me recuerdo de esto por lo de la pandemia. Por el contagio. Por la prevenciones al contagio. Cuando una está enferma deja en parte de existir. Todo se vacía. Si las mujeres somos regularmente desvalorizadas, allí caés a lo profundo de la anonimia, y peor si tenés algo contagioso. Porque nadie se te acerca tanto, nadie te mira, porque das lástima. Mi hijita no me vio el rostro sino hasta ese momento. Cuando me rehabilité ella ya había cumplido casi cuatro meses, y nunca había visto mi rostro, porque siempre usé mascarilla, si la quería ver y acercarme un poco.
Seguíamos sin luz. Las candelas fueron nuestra compañía durante largas noches. Ya por entonces el papá de mi hija se iba a cumplir con sus otras obligaciones, cosa que creo, no había podido hacer mientras yo estaba en cama. Y entonces los días fueron lentos, mi hija crecía junto a mí, que despacio me iba restableciendo, pienso ahora que crecimos juntas. Muchas cosas cambiaron en mi vida. Una de ellas, ser más precavida, sesuda, jurándome cuidarme mucho, no volver a caer en eso. Y quizás por eso ahorita me recuerdo tanto de ese periodo. Porque esas enfermedades contagiosas son tremendas. Nadie lo sabe sino hasta que lo ha vivido. Y yo lo viví hace 28 años y todavía puedo recordarlas. Pude haber muerto. Pero no sucedió, aunque hubo un tiempo en que creían que moriría, ya que no me restablecía totalmente, dejando huérfana a mi única hija.
La recuperación casi total, tardó al menos dos años, aunque volví antes al trabajo, y tuve varias recaídas. Pero eso sí me juré no volver a pasar por eso. Hay que decir siempre, que no quiere una tal cosa, hay que tener determinación. Porque nadie nos va a cuidar como nos lo merecemos. Como seres humanas, como mujeres enfermas. Hoy que lo pienso, y veo lo de la pandemia, me doy cuenta que tenemos que decir que no queremos contagiarnos. Tenemos que ver por nosotras mismas. Debemos perder el miedo a no tener los mismos bienes que teníamos. No debemos dejarnos vencer por la avaricia de tener más, de tener mucho dinero, de andar comprando cosas inservibles. Que no se pueden llevar al más allá. Sin salud todo eso es en vano.
sábado, 30 de mayo de 2020
jueves, 14 de mayo de 2020
(c.rippley, México)
CARTA A LOS PADRES QUE ESTÁN MURIENDO
En el segundo libro de Ana María Rodas, Cuatro esquinas del juego de una muñeca (1975,
se incluye un texto titulado "Carta a los padres que están muriendo" (Cuatro esquinas, 9) en donde aparece un discurso, que aparenta asumir el tono de una hija que le habla a los padres. Es obvio que literariamente se escribe en prosa, como cualquier carta que se respete. De forma conversacional y cotidiana, Rodas induce a los y las lectoras a leer entre líneas la forma de una carta de despedida, a la manera de las cartas de amor, de las cartas de liberación, luego de un largo y sufrido proceso de sometimiento, tanto mental como físico. La forma de desplazamiento de esta carta, es que no es solo un padre, se trata de todos los padres que norman, dirigen y ejercen presión y represión a quiénes en el imaginario patriarcal, resultan seres mucho más vulnerabilizados y dominados por un ente, un enorme poder, donde están todos los padres del sistema patriarcal, dictando sin descanso sus leyes, sus reglas y normas a todas las mujeres. Es obvio que la voz los colectiviza, y que en su voz se resume una voz múltiple, casi polifónica. Lo interesante de la carta es que genéricamente se convierte en texto poético. Y desde allí se les emplaza. Se trata de un escrito que también se hibridiza con el género epistolar, en cuanto a la solemnidad y al tono paciente y educado de la voz que se libera y se despide, con una buena cuota de sarcasmo e ironía.
se incluye un texto titulado "Carta a los padres que están muriendo" (Cuatro esquinas, 9) en donde aparece un discurso, que aparenta asumir el tono de una hija que le habla a los padres. Es obvio que literariamente se escribe en prosa, como cualquier carta que se respete. De forma conversacional y cotidiana, Rodas induce a los y las lectoras a leer entre líneas la forma de una carta de despedida, a la manera de las cartas de amor, de las cartas de liberación, luego de un largo y sufrido proceso de sometimiento, tanto mental como físico. La forma de desplazamiento de esta carta, es que no es solo un padre, se trata de todos los padres que norman, dirigen y ejercen presión y represión a quiénes en el imaginario patriarcal, resultan seres mucho más vulnerabilizados y dominados por un ente, un enorme poder, donde están todos los padres del sistema patriarcal, dictando sin descanso sus leyes, sus reglas y normas a todas las mujeres. Es obvio que la voz los colectiviza, y que en su voz se resume una voz múltiple, casi polifónica. Lo interesante de la carta es que genéricamente se convierte en texto poético. Y desde allí se les emplaza. Se trata de un escrito que también se hibridiza con el género epistolar, en cuanto a la solemnidad y al tono paciente y educado de la voz que se libera y se despide, con una buena cuota de sarcasmo e ironía.
La apropiación de la voz colectiva de las mujeres de distintos lugares, está intrínsecamente en esa voz. La de las sometidas al poder a veces real, con su dosis de violencia doméstica o social; la de otras, más imaginario, ejerciendo presión, sin necesidad de violencias física o mental, incluso acomodados en el espacio público y/o laboral. Ejecutando reglas, leyes y normas absurdas y sesgadas, en los espacios más educados, desde posicionamientos económicos, que obligan a las mujeres a quedarse calladas, a no reclamar derechos, a someterse o a largarse en el mejor de los casos, ante los embates desde distintos espacios del poder, ejercido desde épocas muy remotas hasta la actualidad.
"Carta a los padres que están muriendo", es el manifiesto del feminismo literario guatemalteco, quizás ladino o mestizo, aunque no se explica en el discurso a cabalidad. Porque la voz sí se sitúa desde un lugar de conocimiento, donde ha sido relegado a los faldones de aquellos padres, que le dicen ahora sí, sobre el lenguaje, sobre la escritura, sobre los temas, sobre lo que se puede y no se puede hacer en la escritura creativa. Donde le rezan la forma en que debe dirigirse al público lector. La voz lírica, femenina hace un encomio de los errores de aquellos, sus deformaciones, su presencia nociva en la vida de esa voz que enuncia. La carta es de despedida, como muchas cartas de amor, como muchas misivas donde se les leen sus defectos a los hechores, para luego definitivamente abrir la puerta, para largarse.
Considerar esta carta como el manifiesto del feminismo, no es tanto una estulticia, creemos desde los distintos espacios de los feminismos, que la "Carta" de Rodas, muy bien se pudiera leer como el primer escrito de liberación de un yugo, que mantiene todavía a los mujeres del siglo XX, debajo de los famosos faldones de los varones, que tenían y todavía tienen el poder de decidir desde espacios culturales de poder económico, sobre lo que las mujeres pueden o no escribir, decir, pintar, performativizar, incluso hasta enseñar, etc.
sábado, 2 de mayo de 2020
GESTACIÓN DE ANTOLOGÍAS
Hace años Anabella Acevedo y yo hacíamos una antología de poesía joven guatemalteca. Supongo que era entre 1997 y 1998. Hicimos de primero una antología donde compilamos poemas solo de mujeres. Nacidas entre 1920 y 1980. Eran tiempos post firma de la paz. Muy inmediatamente aparecieron las dos antologías de poesía, una de mujeres, apenas 17 mujeres en una antología. Y luego la de hombres y mujeres hasta de 30 años.
En la primera antología aparecía yo incluida como poeta. Los pormenores de mi aparecimiento en la antología ya casi no los recuerdo. De lo que sí estoy segura, es que la decisión no fue mía, aunque yo apareciera como una de las seleccionadoras del corpus que se incluyó. Más bien, la antología tiene otras hablillas literarias mucho más interesantes, pero por insidiosas no las voy a mencionar aquí. Lo que sí tenía la antología era un cierto criterio. Y digo cierto, porque no era totalmente consciente.
Pusimos poemas de las poetas ya reconocidas del corpus de poesía de mujeres. No de todas, porque algunos libros ya no existían. Y a otras no las conocía nadie. Por suerte entraron poetas menos conocidas en ese momento, como Alaide Foppa y Cristina Camacho. Nadie nos creerá, pero a Alaide nadie la ponía en las antologías nacionales. De hecho a mí en la USAC me habían dicho que no entraba en las antologías porque era española. Y la poesía de Camacho era una poesía sideral, espacial, cósmica, que a muchos varones sobre todo, les parecía no-poesía. Pero a Anabella y a mí no. La valoramos mucho, desarrolla una línea que solo ha sido tomado por algunas poetas más jóvenes.
Junto a estas poetas, compilamos a poetas jóvenes con libro publicado como Johana Godoy. Pero el resto eran poetas que no tenían libro, y tampoco teníamos la certeza que tendrían, aunque sí lo hicieron, casi todas. Desarrollaron algunas hacia la poesía, otras hacia el arte. La más joven tenía 17 años. Y publicó su primer libro hasta 10 años después de haberlo terminado en un taller de poesía, y haber dormido los textos todos esos años. Que de repente es la historia de los libros de muchas poetas del país.
La antología tiene una línea de desarrollo bien marcada. A la distancia la puedo ver mejor. Se observaba desde los poemas de Alaide una fuerte línea de desarrollo de pensamiento crítico, desde las mujeres, y cómo ellas las primeras poetas con libro publicado como Alaíde Foppa, Margarita Carrera, Isabel de los Ángeles Ruano, Luz Méndez y Ana María Rodas, marcaban con sus textos una estética del nuevo espacio poético. La línea surcaba el espacio de inicio de la década del 80 con la poesía de Carmen Matute, y luego la mía aparecida a partir de 1985, y se iba hacia las nuevas poetas como Johanna y luego las noveles, que no tenían libro publicado, pero donde ya se podía observar en sus textos inéditos, que la línea iba hacia el fin de siglo, cada vez más abierta, crítica y con una fuerte carga de cinismo que no tiene la poesía escrita por los hombres de ese mismo periodo.
En suma con 17 poetas incluidas, Anabella y yo inauguramos el espacio de publicación más abierto y democrático de obra de algunas poetas guatemaltecas. Encontrar a las nuevas poetas, fue de gran dificultad. Hoy no se puede comprender esa imposibilidad porque las redes sociales, proponen una velocidad de conocimiento, que no existía en ese momento. El problema que mirábamos era que su obra apenas iniciaba y era riesgoso en ese momento, publicar sus textos inéditos. Sin embargo, hoy que veo la obra que desarrollaron algunas de ellas. Llegaron a publicar dos y tres libros, otras un poco más, en un país, donde nadie da un centavo por la poesía. Siempre la tenemos que regalar. Pues lo considero una hazaña.
La antología nos dejó historiografía literaria. Era una antología apenas empezada la postguerra. Algunas autoras ya fallecieron, otras se desaparecieron al paso de los años, y no volvimos a saber de ellas, pero todas dejaron su marca, su huella, su surco. Lo puedo ver entre líneas en la obra de otras autoras, que de repente aparecieron, como Tania Hernández, Alejandra Solórzano, Rosa Chávez o Marilinda Guerrero, donde se observan diversas y desconocidas líneas de desarrollo, en un país tan epidémicamente amado como este.
domingo, 26 de abril de 2020
LLUEVE
Sentada aquí frente a la computadora. Leo. Pero al mismo tiempo escucho el sonido fuerte de la lluvia. Cae fuertemente sobre las láminas que cubren parte del patio de la casa. Leo. Escucho llover. Ergo, llueve. Nada prueba que yo escribo mientras llueve. La única realidad comprobable es la lluvia, que tiene sonido, que puede mojar si salgo. La escritura hace un leve tecleo sobre la computadora. Llueve. Leo. Llueve fuerte. Sopla viento fresco entrando por la ventana. Leo. No entiendo mucho lo que leo. El sonido de la lluvia sobre la lámina es fuerte. Me hace pensar. Recuerdo. Otras lluvias. Otros tiempos con lluvia. La ventana de la casa no es la misma. La ventana donde yo me colocaba a ver llover, daba sobre la calle. Miraba correr la lluvia. No había computadora. No había lectura. Solo la intensidad del momento. Sola viendo llover. Solo el sonido de la lluvia, que cae en los dos momentos parece real. Cae sobre las láminas de aquella casa de un piso, y de esta casa de dos pisos. Leo. Sé que está lloviendo fuerte. El sonido se convierte en ruido. Entra la brisa colada por la ventana semiabierta. En el pasado, miro cómo la lluvia es una cortina de agua frente a mi cara. La ventana me cubre. Hay un saliente que cubre parte de la ventana y evita que me moje. Llueve. Cae estrepitosamente sobre las dos láminas. Se escucha el ruido. Cae la tarde. Se oscurece en los dos momentos de la experiencia. Baja el clamor de la lluvia. Miro una vez más por la ventana de aquella casa que no es real. Está siendo sentida por mí. Está en este momento habitándome en la memoria. La casa real me recibe desde algún espacio del amor que no entiende, ni entenderá.
Sentada aquí frente a la computadora. Leo. Pero al mismo tiempo escucho el sonido fuerte de la lluvia. Cae fuertemente sobre las láminas que cubren parte del patio de la casa. Leo. Escucho llover. Ergo, llueve. Nada prueba que yo escribo mientras llueve. La única realidad comprobable es la lluvia, que tiene sonido, que puede mojar si salgo. La escritura hace un leve tecleo sobre la computadora. Llueve. Leo. Llueve fuerte. Sopla viento fresco entrando por la ventana. Leo. No entiendo mucho lo que leo. El sonido de la lluvia sobre la lámina es fuerte. Me hace pensar. Recuerdo. Otras lluvias. Otros tiempos con lluvia. La ventana de la casa no es la misma. La ventana donde yo me colocaba a ver llover, daba sobre la calle. Miraba correr la lluvia. No había computadora. No había lectura. Solo la intensidad del momento. Sola viendo llover. Solo el sonido de la lluvia, que cae en los dos momentos parece real. Cae sobre las láminas de aquella casa de un piso, y de esta casa de dos pisos. Leo. Sé que está lloviendo fuerte. El sonido se convierte en ruido. Entra la brisa colada por la ventana semiabierta. En el pasado, miro cómo la lluvia es una cortina de agua frente a mi cara. La ventana me cubre. Hay un saliente que cubre parte de la ventana y evita que me moje. Llueve. Cae estrepitosamente sobre las dos láminas. Se escucha el ruido. Cae la tarde. Se oscurece en los dos momentos de la experiencia. Baja el clamor de la lluvia. Miro una vez más por la ventana de aquella casa que no es real. Está siendo sentida por mí. Está en este momento habitándome en la memoria. La casa real me recibe desde algún espacio del amor que no entiende, ni entenderá.
martes, 7 de abril de 2020
Más
que una pequeña trampa: Del vacío, la memoria y
la palabra
La
obra poética de Aída Toledo es todo menos certidumbre, lo vemos –sentimos- en
este nuevo libro con el que parece continuar el desdoblamiento existencial que
inició desde sus poemas más tempranos. Mientras leo los poemas de este nuevo
libro resuenan libros como Brutal
batalla de silencios (1990) o Realidad
más extraña que el sueño (1994), o bien obras más recientes, como Con la
lengua pegada al paladar (2006) o Un hoy que parece estatua
(2010), pero no como repetición, sino como diálogo constante consigo misma y
como confirmación de una línea de reflexión sobre sí misma y sobre su entorno
que se nos presenta siempre coherente y honesta, eso sí, presente de manera
fragmentaria y obligando a los lectores a descifrar y a seguir ese hilo de
Ariadna que no deja que nos perdamos.
Pero
no estamos frente a una poeta que se mueve dentro del plano de lo puramente
referencial. Lo suyo es la construcción de poemas que pueden leerse a
diferentes niveles, pero para quien conoce su obra –y su vida- es obvio que Más que una pequeña trampa es muchas
cosas al mismo tiempo: lectura de sí misma en clave poética; diálogo con sus
lecturas literarias y filosóficas; apuesta lúdica por el enigma; invitación a
dejarse llevar por el ritmo y la sensualidad de la palabra. En fin, lo suyo es
el reto y la apuesta de quien se lanza al abismo de la palabra y de la vida
como abismo, como cenote.
Y
es que en medio de todo se encuentra el cenote como símbolo camaleónico de una
persona poética que dialoga consigo misma, con la vida y con ese ser que se
define desde el juego de tiempos paralelos pasado/presente/futuro que coinciden
en el poema y en donde la memoria se mezcla con el deseo. De tono filosófico,
los poemas de Más que una pequeña trampa
nos hablan también de una poeta que indaga sobre sí misma a partir de lecturas
y preocupaciones existenciales que se yerguen también como una biografía en
clave académica e intertextual. Reconocemos, por ejemplo, la presencia de
Nicanor Parra o de María Zambrano, pero también nos encontramos frente a agudos
guiños literarios, como el de esa rosa
puntual del “Nocturno rosa” de
Xavier Villaurrutia y de “La rosa puntual” de Enrique Noriega, poetas que
forman parte de su biografía personal y literaria y con los que la voz poética
de Más que una pequeña trampa
dialoga. De ahí que esa pequeña trampa vaya más allá que aquellos itinerarios que la
poeta pueda haber definido de manera consciente.
Dividido
en dos partes: O la nada o el vacío y
Cenotes, el libro se sostiene sobre
la idea del abismo y el vacío. A su vez, la primera parte está dividida en La
cuerda y De la ahorcada, aludiendo a ese
constante ir y venir del riesgo y la probabilidad –la cuerda- a esos saltos al
vacío que suponen el reconocimiento de la derrota y la imposibilidad –la
ahorcada. Allí volvemos a encontrar nuevamente la presencia de tópicos
conocidos y ahora presentes de forma renovada:
el amor y la pérdida; la memoria; el desdoblamiento del sujeto poético
(“Fuera lindo / Que yo / Fuera la otra, nos dice en Cenote V); la muerte; y,
por sobre todo, la palabra que convoca y que concede existencia sobre una
página en blanco que también es cuerpo y es vacío–abismo-cenote, como lo leemos
en el Cenote I, que se nos ofrece casi como un manifiesto:
La soledad de
la palabra
Imaginada
Antes de ser
escrita por la mano
Lista para
saltar
A la página
en blanco
Pequeña
suicida
Sin cenote
Y sí, la persona poética se lanza a Más que una pequeña
trampa de una manera brutal en donde la
reiteración hace que leamos este libro como un largo poema en donde la pregunta
central que se platea es sobre la vida, el desamor, el miedo y abismo de una
voz que, sin embargo, se salva y se reivindica por el cuestionamiento a través
de la palabra, que la define y la salva:
“en esta página escribo mi nombre”, “digo la palabra rosas y ellas
aparecen”, dice la poeta.
Maestra
del ritmo y de la adjetivación, Aída Toledo nos entrega un libro en donde cada
poema es una construcción poética cuidadosamente diseñada y en donde la memoria
personal se ve acompañada por una serie de sutiles referencias contextuales y
literarias que hacen que la persona poética se vea acompañada de otras
presencias y otras voces, algunas más obvias que otras. Cada poema de este
libro es, de alguna manera, la construcción de una escena, de ahí su carácter
cuasi cinematográfico, eso sí, a partir de la sugerencia, el fragmento y el
juego de planos.
De
poemas desgarradores y duros por momentos –aunque sin abandonar ese humor negro
tan suyo-, Más que una pequeña trampa,
vuelve de nuevo a esa sensualidad y ese erotismo que la poeta ha cultivado a lo
largo de su trayectoria y que se nos aparece en este libro quizás de manera más
introspectiva y sutil, pero siempre presente, como se nos presenta en el Cenote
VIII:
Este cuerpo se escribe
En estas líneas
Se posa sobre la página
Acariciándolo a usted
Que se encuentra tan lejos
Estamos ante una voz poética que se va dibujando a partir
de esos cenotes que se presentan como abismos a los que acude ante la soledad,
el abandono, el miedo y el abandono, pero que también son la posibilidad de
dejarnos atrapar por una palabra que nos reta y nos interpela. Más que una pequeña
trampa no solo es la reflexión sobre la vida,
es también la invitación a lanzarnos a una experiencia poética de la cual
podemos ser cómplices.
Introducción. Anabella
Acevedo
jueves, 19 de marzo de 2020
(Diamela Eltit en una de las acciones de CADA)
C.A.D.A.: LA FRANJA DEL NO+
En 1979 Diamela Eltit y otros artistas de Chile, entre ellos Raúl Zurita, Lotty Rosenfeld, Fernando Balcells y Juan Castillo, fundan el colectivo de arte, C.A.D.A., que se constituiría en un colectivo de acciones de resistencia, sobre las problemáticas, políticas, económicas y culturales en el Chile de la década del 70.
Leyendo las acciones que ejecutaron en un periodo beligerante políticamente, son altamente significativas para la historia del arte latinoamericano. Sobre todo para países que como Guatemala y Chile, han experimentado ciudadanamente la fuerte represión de estados dictatoriales.
Una de las acciones que el grupo realizó fue el de "Para no morir de hambre en el arte" en 1979, donde trabajaron con sus acciones el problema del hambre y la pobreza, y señalaron un alto valor simbólico a la leche. Repartieron medio litro de leche en un lugar de extrema pobreza como una de sus más importantes acciones.
Se mantuvieron activos toda la década del 80 y se enfrentaron con distintas acciones, creando finalmente una frase que tuvo mucho impacto político y donde discutieron todas las problemáticas del Chile de Pinochet. En 1983, crearon el No+, cuyo impacto fue central en la población, ya que se añadía y toda la gente lo podía hacer en distintos lugares, uno de los problemas que aquejaban a la población de aquel entonces: No + muerte, tortura, desapariciones, hambre, pobreza, cesantía. La consigna sería usada en 1988 en lo que llamaron, la Franja del No.
C.A.D.A.: LA FRANJA DEL NO+
En 1979 Diamela Eltit y otros artistas de Chile, entre ellos Raúl Zurita, Lotty Rosenfeld, Fernando Balcells y Juan Castillo, fundan el colectivo de arte, C.A.D.A., que se constituiría en un colectivo de acciones de resistencia, sobre las problemáticas, políticas, económicas y culturales en el Chile de la década del 70.
Leyendo las acciones que ejecutaron en un periodo beligerante políticamente, son altamente significativas para la historia del arte latinoamericano. Sobre todo para países que como Guatemala y Chile, han experimentado ciudadanamente la fuerte represión de estados dictatoriales.
Una de las acciones que el grupo realizó fue el de "Para no morir de hambre en el arte" en 1979, donde trabajaron con sus acciones el problema del hambre y la pobreza, y señalaron un alto valor simbólico a la leche. Repartieron medio litro de leche en un lugar de extrema pobreza como una de sus más importantes acciones.
Se mantuvieron activos toda la década del 80 y se enfrentaron con distintas acciones, creando finalmente una frase que tuvo mucho impacto político y donde discutieron todas las problemáticas del Chile de Pinochet. En 1983, crearon el No+, cuyo impacto fue central en la población, ya que se añadía y toda la gente lo podía hacer en distintos lugares, uno de los problemas que aquejaban a la población de aquel entonces: No + muerte, tortura, desapariciones, hambre, pobreza, cesantía. La consigna sería usada en 1988 en lo que llamaron, la Franja del No.
miércoles, 18 de marzo de 2020
CON PENÉLOPE EN EL TRÓPICO
Hace años me senté a la par de una persona en Antigua. Estábamos almorzando con los participantes de un congreso de literatura. Era una época de viajes, de aviones, de fronteras, de aduanas, de idas y venidas de uno a otro lado. Yo viajaba casi siempre con mi hija. Sin ella yo no habría podido hacer todo lo que he hecho. Entonces me senté a la par de un hombre norteamericano. Me preguntó dónde podía conseguir el libro de los poemas que yo había leído en una de las lecturas de obra del congreso. Le interesaba el tema de mis poemas.
Eran poemas sobre Penélope, de hecho yo había creado una/otra Penélope en los poemas. Estaba tropicalizada. Dialogaba esasuvozmía con la del mito. El tema de la fidelidad lo iba yo desarrollando en la poesía.
Nos tocó vivir una época de transición. Digamos que era difícil ser una joven en ese entonces. Nos movíamos gelatinosamente entre ser vírgenes y no serlo. Todavía creímos lo de los príncipes de los cuentos. Creer religiosamente en algo te hace caer de una altura mayor. Y las desilusiones nos llevaron a algunas a cuestionarnos, a través de nuestra propia experiencia, qué significaba para nosotras ser o no ser puras, ser o no ser diáfanas, ser o no ser fieles. ¿Y que era eso de ser fieles? ¿En que consistía?Nos repetían aquello basados en el concepto tradicional del término.
Leer la literatura griega, al menos a mí, me hizo cuestionarme mi propia experiencia periférica, desde un lugar en caos casi siempre, desde que nací. Siempre la situación política mediaba nuestras vidas. Crecimos en medio de conflictos estudiantiles, enfrentamientos entre estudiantes y policía, huelgas de maestros, de trabajadores, de gente que se atrevía a pelear derechos. Asistimos a ver en las calles la muerte de líderes, desapariciones forzadas, desapariciones por estar militando de forma subversiva. Todo aquello es nuestro contexto histórico y político. ¿Cómo congeniar todo aquello con las relaciones amorosas? ¿Qué oportunidad teníamos de concretar algo? Cuando el amor siempre parecía un cadáver. Así fue. Por eso viramos, hicimos un desplazamiento. Nacimos para reinas, pero nos transformamos en brujas, por no insertarnos muchas de nosotras en la vida tradicional de nuestras mayores. Transgredimos la vida planeada por nuestros padres. Nunca nos adecuamos. Conozco muchas compañeras del mismo momento que tampoco iban concretando lo que llamaban una "vida normal". No pudimos.
Las coordenadas políticas también incidieron. Nuestra vida de juventud se fue entre el compromiso político de amigos, familiares, conocidos; la inestabilidad política, los problemas laborales, la vida mustia que vivíamos en medio de tanto miedo, nos cansó.
Cuando empecé a desarrollar hacia la escritura, el personaje de Penélope fue central. Me di cuenta que ella había inventado una estrategia. Y que la historia detrás de esos subterfugios no estaba contada. Así desarrollé ese libro que le gustó al norteamericano, a dos voces. El libro se llama Realidad más extraña que el sueño (1992), me gané un segundo lugar en el Certamen 15 de septiembre en ese mismo año. Se publicó en 1994, por la Editorial Cultura. Escribí ese libro cuando mi hija ya existía, era una bebé cuando yo estaba escribiéndolo. Lo escribí enferma. Penélope me hizo comprender que iba a cambiar mi vida. Que si sobrevivía, mi vida ya no iba a ser la misma. Tenía una tremenda responsabilidad. Ser madre ya tarde es una responsabilidad que una no se imagina. En ese momento, era la primera vez que tenía una relación que requería que me comprometiera con el concepto de fidelidad. Y quizás por eso apareció Penélope hablándome al oído.
Pensar, repensar, volver a la figura de Penélope me hizo reflexionar sobre mi propia existencia. Buscar un subterfugio, encontrar ese algo para que mi vida no fuera tomada por otros. Los pretendientes fueron una alegoría para mí. Ese libro sobre Penélope lo escribió una madre que estaba enferma, una mujer que se daba cuenta que sentimentalmente su vida también había cambiado. Penélope me salvó. Escribir ese libro fue hacer un análisis sobre mi propia conducta, entender por qué hacía lo que hacía. En el fondo yo tenía mi propia Penélope en el trópico.
El amigo norteamericano del que en este momento no recuerdo el nombre, le llevó ese libro a Brigidina Gentile, escritora italiana que estudiaba mujeres de habla española, que trataran el tema en la poesía. Fue el destino pienso. Sentarme a la par del amigo norteamericano. Que él me hubiera escuchado los poemas sobre Penélope. Que ese fuera el tema que Brigi andaba buscando. todo se conjugó, y por primera vez una traductora italiana, hizo traducciones de mis poemas, y los colocó en esta antología.
La historia escrita es larga, pero la historiografía literaria necesita de detalles a veces.
Hoy recibí un mensaje de Brigidina, saludando en tiempos de coronavirus, para decirme que si podía actualizar mis datos, para una reedición de la antología. No todo es malo pensé. En tanto unos nos buscan de forma extrañamente inquisitorial, otros y otras, nos buscan con el respeto que ofrece la escritura de poesía.
viernes, 6 de marzo de 2020
Rosa Rodríguez López
nace en 1907 en Guatemala y fallece en la misma ciudad en 1992. Desde un inicio
Rodríguez es enviada por su familia a los Estados Unidos a la edad de nueve
años para continuar allá su formación en una escuela religiosa. Al volver a
Guatemala cuatro años después se encuentra con que en el país las muchachas no
tienen oportunidad de ir a la Universidad, lo cual le causa gran impacto. Además porque se veía a sí misma como escritora
y periodista, se da cuenta rápidamente que en el medio político en el que se
encontraba tendría que insertarse de una u otra forma, en las redes sociales
que se encontraban abiertas por un movimiento social y cultural de
transformaciones de la sociedad. De esa manera entra a pertenecer a esa red
social que giraba en torno a una serie de publicaciones en forma de revistas y
periódicos, que intentaban de varias maneras modernizar los espacios públicos.
Dichos espacios de acuerdo a la crítica, eclosionaron tras el derrocamiento de
Estrada Cabrera y proliferaron durante la dictadura de Ubico. Las mujeres de
este grupo a donde se integra Rodríguez, provenían en su mayoría de la
generación de 1920 en Guatemala, y se presentaban como poetas y escritoras.
Poseían en los medios de comunicación, una sección cultural llamada “Sociedad
Gabriela Mistral”, y manejaban para sí, al menos dos columnas fijas para
debatir los derechos de género y pelear por las reivindicaciones ciudadanas. La
red de mujeres estaba influenciada fuertemente por la teosofía y las mismas
autoras pertenecían a asociaciones y
clubs espiritistas.[1]
Es en este contexto que Rosa Rodríguez inicia
el largo camino de asaltar como puede los espacios abiertos por las coyunturas
políticas y culturales. Llegando de alguna forma a fundar esta sociedad con su
hermana y otras de las mujeres de la misma generación. No podemos dejar de mencionar que durante
este periodo de tiempo con la “Sociedad Gabriela Mistral”, Rodríguez aprende a
valorar los densos vínculos de solidaridad e identificación que existen entre
estas escritoras de la sociedad Mistral. Ya que se sienten de alguna manera,
pertenecientes a las redes teosóficas, pero principalmente por la
identificación de género.
Ya se ha señalado que fue
Rodríguez quién asumió un papel protagónico en estos grupos de mujeres
organizadas y unidas por dos fuertes vínculos. Es importante desde nuestra
óptica, cómo ella logra aprovechar con sus compañeras, un espacio que las ayudó
a salir del ámbito doméstico-privado, donde se movían, y empezar a generar
opinión desde distintos medios de comunicación, con lo que realizan lo que
llamaremos aquí el “asalto del espacio público”. En sus escritos periodísticos
trató temas feministas, y la agenda que manejaban a nivel de grupo les dio la
oportunidad de discutir estos temas que no habían sido todavía debatidos, sino
únicamente en círculos reducidos o dentro del espacio doméstico.
Rosa Rodríguez al igual que otras
de las mujeres de la sociedad Mistral, también aprovecharon la coyuntura del
estudio de la teosofía. Ya que no se veía mal que las élites intelectuales
urbanas, se dedicaran a su estudio y que lo ampliaran hacia las reflexiones
sobre el espiritismo. Esto las
privilegió para poder discutir abiertamente por los periódicos, los asuntos
relativos no solo al derecho de las mujeres respecto al trabajo y el voto, sino
a tocar otros temas como el del regeneracionismo.[2]
Rodríguez López y sus compañeras aparecieron publicadas en la revista Vida, cuya duración fue de dos años,
publicando de septiembre de 1925 al 15 de junio de 1927. Fueron 48 números,
pero donde es significativo que los
directores fueran siempre varones. Sin embargo esto no lo discutían ellas, ya
que estaba en uso el padrinazgo de algunos escritores de su propia generación.
Su participación en la sociedad Mistral le enseñaría y ayudaría al trabajo que
haría en el futuro. Este momento coyuntural le enseñaría a discutir ampliamente
los asuntos de género sin apasionadas y radicales posturas feministas. Y
aprendería en la práctica que era necesario trabajar para abolir la
inferioridad de las mujeres, de la cual nos deja noticia en sus ensayos,
demostrando que podían ser dignas de igualdad política y social.
Cuando Rodríguez decide salir
para México ha cumplido 19 años, es el año 1926, podemos señalar que la revista
Vida, se deja de publicar en junio de 1927. Lo que nos hace conjeturar sobre el
liderazgo que tenía esta escritora en las publicaciones de la sociedad
Mistral. Se desplaza hacia la ciudad de
México, para estudiar en la UNAM donde logra inscribirse sin problema alguno.
Además pronto encuentra trabajo como periodista en un diario que da noticias
sobre Guatemala. Aquí inicia su participación dentro de un grupo de
intelectuales entre los cuales estaba Diego Rivera. Al mismo tiempo conoce a
quién será su primer esposo, Miguel Ángel de León, dieciséis años mayor que
ella. Es el momento también de su primera publicación, un libro de poemas
titulado El vendedor de cocuyos (1927). Luego de un tiempo en este círculo
junto a su esposo, continúa una travesía, que en la vida de la guatemalteca no
se detendría. Además con de León procrea su única hija y de México se trasladan
a Nueva York, en un momento duro de la depresión económica en Estados Unidos,
durante la década del 20. Su vida daría
en Estados Unidos un cambio radical, ya que debe dedicarse a trabajar como
obrera en un taller de costura. De ese aprendizaje como costurera, viviendo en
el Spanish Harlem, Rodríguez obtiene una fuerte experiencia de sobrevivencia y
de conocimiento, ya que deberá hacerse cargo de su propio hogar cuando colapsa
su matrimonio. Sería haciendo este trabajo que conocería las condiciones
miserables de vida de los trabajadores hispanos en Nueva York. De ese periodo
es la fundación de la “liga de las costureras” donde participa activamente. La
organización se convertiría con el tiempo, en un espacio legal para buscar
mejores condiciones laborales para el colectivo donde se encontraba inserta.
Pero uno de los movimientos políticos más fuertes que hace en ese momento, es
el de unirse tanto al “Centro Obrero de Habla Hispana” como al “Partido Comunista
Estadounidense”, acción que le representaría con el tiempo una gran desventaja
para su estatus migratorio.
Su matrimonio finalmente fracasa
y abandona Nueva York con su hija en 1935, marchándose solas a Florida, donde
ha aceptado un trabajo para organizar a los trabajadores fabricantes de cigarros, cuando laboraba para
la Federación Americana del Trabajo. Y es allí cuando decide dar el salto del
que hablamos, en primer lugar porque toma conciencia de su nueva clase
social. Se cambiará inicialmente el
nombre y asumirá de allí en adelante una nueva identidad, más en relación con las mujeres que vivían en condiciones
similares a las de ella en posición de inmigrantes. Asume entonces el nombre de Luisa Moreno,
cuyo homenaje se lo hace a una obrera común y corriente. Se sabe ahora por
recientes investigaciones, que su nombre de pila cambia a Luisa, en honor a
Luisa Capetillo, de origen puertorriqueño, quién trabajara por los derechos de
las inmigrantes en Florida al menos dos décadas antes que Rodríguez López
apareciera en la escena. Y el apellido lo toma del nuevo color con el cual se
identifica, en oposición al color blanco, que su nombre de pila rezaba. Y de
allí en adelante lo utilizará en sus batallas pro organización de los
trabajadores en Florida, Texas y California.[3]
“La caravana de penas”
Así tituló Rodríguez López,
alias, Luisa Moreno, el discurso que dictara en Washington D.C. en 1940, con el
que denunció la dura vida y el mal trato del trabajador inmigrante, ante la
Convención del Comité Americano para la Protección del Inmigrante (CAPI). A
partir de esta acción política, directamente en el espacio público como
inmigrante, va a iniciar su propia peregrinación. Esta acción realizada por la
guatemalteca es uno de los acontecimientos de mayor envergadura realizado por
las mujeres de la primera mitad del siglo XX, del que tengamos noticia. Su
presencia en el espacio público-privado, fuera del país será tan visible que
terminará por ser detectada por las autoridades de migración, dado que nunca había
aplicado a la ciudadanía estadounidense.
De esa cuenta en 1948 a cambio de mal informar a otro líder de estos
movimientos, el FBI le ofrece la ciudadanía, pero ella se niega y junto a su
actual esposo, Gray Bemis , sale de Estados Unidos en 1950, para no regresar
jamás.
De vuelta en Guatemala asume su
identidad real, y participa por supuesto en las actividades del gobierno de
Jacobo Arbenz. Una de sus actividades fue la de la campaña de alfabetización
para las mujeres en las comunidades indígenas del altiplano. Y aunque no se
haya estudiado bien este periodo, ella aparece como una de las escritoras de lo
que se conoce como la primavera democrática.
Al caer el gobierno de Arbenz, sale para México en un nuevo proceso de
exilio, donde trabajará como traductora, y seguidamente se va a vivir a
Tijuana, trabajando para una galería de arte. Allí recibe en alguna ocasión a
los activistas César Chávez y Dolores Huerta , buscando consejo por su
experiencia política con los migrantes y las leyes. A mediados de 1980
intenta ingresar a Estados Unidos desde México, por problemas de salud, pero le
es negada la entrada, por lo que regresa a Guatemala a vivir con los familiares
que le quedaban y fallece en la ciudad en 1992.
[1] Las autoras estaban vinculadas a las redes latinoamericanas y
mantenían abierta una columna de debate con otros compañeros de su generación,
tratando de crear opinión pública, y en las mujeres en particular, sobre la
necesidad de incorporarse a la sociedad con plenos derechos al trabajo, a la
maternidad libre, al acceso a la cultura y al voto femenino. Para este tema
ver, Marta Casaús Arzú, “La creación de nuevos espacios públicos en Centroamérica
a principios del siglo XX: La influencia de redes teosóficas en la opinión
pública centroamericana”. Revista
Universum. No. 17, 2002, 297-332
[2] En el país se fundó el Círculo de Estudios Teosóficos en 1922.
“Es interesante mencionar que el vicepresidente era Carlos Wyld Ospina y de
vocales estaban las señoras de Quiroz y Vives. En otros artículos se refleja la
alta participación de las mujeres en las sociedades teosóficas, la que será permanente y muy extendida a lo
largo de tres décadas, desde 1920 hasta 1950”. Ver Casaús, “Las redes
teosóficas de mujeres en Guatemala: la Sociedad Gabriela Mistral, 1920-1940”. Revista Complutense de Historia de América,
2001, 27: 219-255.
[3] En 1938, como miembro de la Unión de Trabajadores Envasadores,
Agrícolas, Empacadores y Afines de América, organizó a los desgranadores de
nueces de San Antonio, Texas, en su reclamo por un mejor pago. Más adelante,
trabajó con los laborantes de las plantaciones en el Valle del Río Grande,
Texas. Posteriormente, en 1939, fue una de las fundadoras del primer Congreso
de Pueblos de Habla Hispana en los Estados Unidos, organización que perseguía
dar fin a la segregación en lugares públicos, en la educación, vivienda y
trabajo. Efraín Figueroa. Diario de Centroamérica. Guatemala, 11 de septiembre
de 2015. Revisado el 12 de septiembre de 2017.
https://dca.gob.gt/revistaviernes/index.php/contando-el-tiempo/932-luisa-moreno-poetisa-y-lideresa-de-los-inmigrantes
(Fragmento del capítulo En el filo del cenote (Interioridades críticas de lo literario en Guatemala de Aida Toledo. Guatemala: Cara Parens, 2019)
lunes, 10 de febrero de 2020
A
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costumbrada a que la vida era una mierda Mikaela pensó
que lo mejor era suicidarse, pero quitarse la vida seguro
iba a ser una tarea difícil para alguien tan cobarde como ella.
que lo mejor era suicidarse, pero quitarse la vida seguro
iba a ser una tarea difícil para alguien tan cobarde como ella.
Cada
mañana amanecía pensando que si la muerte viniera y se
la llevara como en los cuentos, ella ya no tendría que hacer esfuerzo
alguno. Pero la muerte no lo hacía por lo tanto habría que poner
manos a la obra.
la llevara como en los cuentos, ella ya no tendría que hacer esfuerzo
alguno. Pero la muerte no lo hacía por lo tanto habría que poner
manos a la obra.
Desde
pequeñita había sentido el dolor, le retorcían los dedos
si se quejaba, la pellizcaban si la veían feliz, le tiraban objetos
en la cara sin razón aparente.
si se quejaba, la pellizcaban si la veían feliz, le tiraban objetos
en la cara sin razón aparente.
No,
no había sido fácil. Sabía que irse de esta historia lugar
común, acerca de niños maltratados era lo mejor, sobre todo si
su madrastra, pues la había (si no no fuera tragedia completa), le
tenía deparado un destino de perros apaleados.
común, acerca de niños maltratados era lo mejor, sobre todo si
su madrastra, pues la había (si no no fuera tragedia completa), le
tenía deparado un destino de perros apaleados.
Había leído en su diario que pensaba venderla a un viejo de
esos libidinosos que compran niñas como esposas, cuando se
cansan de la anterior, lo cual no le parecía muy gratificante, allí
pasaría el resto de su vida, probablemente apaleada también,
pues no iba a dejarse hacer nada por semejante gusano.
esos libidinosos que compran niñas como esposas, cuando se
cansan de la anterior, lo cual no le parecía muy gratificante, allí
pasaría el resto de su vida, probablemente apaleada también,
pues no iba a dejarse hacer nada por semejante gusano.
Su
padre (personaje trivial de toda historia trivial) había
muerto de una enfermedad mal cuidada y la había dejado, sin
quererlo, en manos de la bruja de su última esposa. Y sí, también
había hermanastras que eran peores que la madre.
muerto de una enfermedad mal cuidada y la había dejado, sin
quererlo, en manos de la bruja de su última esposa. Y sí, también
había hermanastras que eran peores que la madre.
Y
para hacer más traumática esta historia, de edad un tanto
mayor que ella, se habían dedicado a explotarla, en el buen sentido
de la palabra, pues además de hacerles la comida, servírselas,
esperar a que terminaran, lavarles y plancharles la ropa, ya
adolescentes, les había dado por tocarla por las noches y le pedían
todo tipo de caricias que ella suponía se hacía sólo con los novios.
mayor que ella, se habían dedicado a explotarla, en el buen sentido
de la palabra, pues además de hacerles la comida, servírselas,
esperar a que terminaran, lavarles y plancharles la ropa, ya
adolescentes, les había dado por tocarla por las noches y le pedían
todo tipo de caricias que ella suponía se hacía sólo con los novios.
De
esa cuenta había decidido buscar una salida. Los
subterfugios de los cuentos que su padre le leía cuando era niña,
y que ahora sólo existían en su memoria infantil tales como ruecas,
manzanas envenenadas, hadas salvadoras, príncipes de beso o
peroles de agua caliente, eran únicamente parte de su imaginario
personal, y además sus hermanastras, temerosas de los deseos
suicidas que advertían en su mirada mientras le hacían el amor,
la vigilaban constantemente. Así que luego de reflexionar decidió
que lo mejor era quitárselas de en medio.
subterfugios de los cuentos que su padre le leía cuando era niña,
y que ahora sólo existían en su memoria infantil tales como ruecas,
manzanas envenenadas, hadas salvadoras, príncipes de beso o
peroles de agua caliente, eran únicamente parte de su imaginario
personal, y además sus hermanastras, temerosas de los deseos
suicidas que advertían en su mirada mientras le hacían el amor,
la vigilaban constantemente. Así que luego de reflexionar decidió
que lo mejor era quitárselas de en medio.
La
señora que llegaba a dejar la leche y el pan y con quien ella
había hecho una buena relación, la ayudó recomendándola con una
mujer que preparaba además de pociones de amor, también de odio,
envidia, cólera, resentimiento, abulia, hastío, bueno le hacía a los
mil oficios.
había hecho una buena relación, la ayudó recomendándola con una
mujer que preparaba además de pociones de amor, también de odio,
envidia, cólera, resentimiento, abulia, hastío, bueno le hacía a los
mil oficios.
Esto era lo que necesitaba pensó, y decidió regalarles un
via-
jecito al otro mundo. Tenía que ser fuerte, se había acostumbrado a ellas,
de alguna manera les debía su voraz sensualidad. Era
jecito al otro mundo. Tenía que ser fuerte, se había acostumbrado a ellas,
de alguna manera les debía su voraz sensualidad. Era
(de Pezóculos, 2001)
TRACTATUANA
Si lo que sucede se da en un tiempo determinado. Lo que acontece son precisamente hechos que se producen en un tiempo tal, medido o no medido. "Yo bebo mi té". El hecho acontece en este preciso momento en que lo menciono, lo empalabro y está descrito en el presente de la escritura. Si algo acontece en el sueño, también existe, significa algo, y se sucede en el tiempo del sueño, que no se mide de la misma forma que el de realidad. Cuando yo lo escribo hay un proceso de extrañamiento, porque la palabra tomó distancia del acontecer en el sueño. Regularmente se escribe despierto. Lo que acontece sucedió en el sueño. Lo que se escribe es lo que sucedió allí en ese tiempo alíneal, fragmentado, errático. Y posiblemente guarde en la escritura una marca onírica en el uso del lenguaje que intenta atrapar el momento de ocurrir, y que no alcanza a describir el porqué de algo que acontenció de esa manera, algo que ya sucedió en el sueño. La indagación de la escritura será entonces, si acaso ya terminó de suceder. O sigue sucediendo detenido en el tiempo del sueño. La/mi escritura a veces se sitúa allí, acontece como mundo, afuera de la realidad. Se hace lenguaje en el instante en que yo lo escribo, construyo una realidad cuyo tiempo posiblemente está fuera de las coordenas de lo real.
(imagen, arte entre guerras)
Si lo que sucede se da en un tiempo determinado. Lo que acontece son precisamente hechos que se producen en un tiempo tal, medido o no medido. "Yo bebo mi té". El hecho acontece en este preciso momento en que lo menciono, lo empalabro y está descrito en el presente de la escritura. Si algo acontece en el sueño, también existe, significa algo, y se sucede en el tiempo del sueño, que no se mide de la misma forma que el de realidad. Cuando yo lo escribo hay un proceso de extrañamiento, porque la palabra tomó distancia del acontecer en el sueño. Regularmente se escribe despierto. Lo que acontece sucedió en el sueño. Lo que se escribe es lo que sucedió allí en ese tiempo alíneal, fragmentado, errático. Y posiblemente guarde en la escritura una marca onírica en el uso del lenguaje que intenta atrapar el momento de ocurrir, y que no alcanza a describir el porqué de algo que acontenció de esa manera, algo que ya sucedió en el sueño. La indagación de la escritura será entonces, si acaso ya terminó de suceder. O sigue sucediendo detenido en el tiempo del sueño. La/mi escritura a veces se sitúa allí, acontece como mundo, afuera de la realidad. Se hace lenguaje en el instante en que yo lo escribo, construyo una realidad cuyo tiempo posiblemente está fuera de las coordenas de lo real.
(imagen, arte entre guerras)
domingo, 26 de enero de 2020
HACIA LA FRONTERA
Aida Toledo/El
mundo es todo lo que acaece/ Ri nik'
ulwachitäj chi ruwach' ulew (Editorial Universidad de Aguascalientes, 2018)
Martita se casó con el novio con quien mantuvo una
relación de noviazgo durante ocho años, tarde se dio cuenta que nunca lo había
llegado a conocer bien. Un primer dato interesante para probar lo dicho, fue
que no sabía que bebía tanto y que se ponía como loco, casi enfermo. Agarraba
el carro, recuerda que tenía un picop celeste, con el cual solía asustarla al
inicio, manejando tan rápido, de una manera que ella sólo había visto en las
películas de gringos. Una segunda señal que le dio el marido cuando estaban
recién casados, fue que le molestaban muchas cosas que ella hacía, a las que
solía llamar “manías de niña consentida”, como sentarse rápidamente sobre la
cama, dejar la ropa interior en el baño o hacer mucho ruido al abrir la bolsa
del cereal. Casi todo lo que ella hacía de la vida cotidiana, como dejar
abierto el tapón de la pasta de dientes, lo ponía fuera de sí. Se ponía a
gritar desaforadamente, hasta que ella se iba empequeñeciendo y se iba a
esconder al cuarto. Si él entraba al cuarto, se metía dentro del closet o
debajo de la cama. Allí amanecía, le quedaba como remedio bañarse, lavarse los
dientes, y prepararse para el trabajo si era entre semana, pero si no, era
peor, porque se tenía que quedar a aguantar las cóleras del día siguiente, que
le duraban horas a su ahora marido. Lo peor de todo es que ella nunca lo había
oído gritarle a nadie, y menos a ella. Le parecía imposible que eso estuviera
pasándole, lucía como de pesadilla, de película de miedo, de esas series en que
los personajes viven en una casa con un asesino en serie, o con un loco de esos
que aparecían en las películas que habían ido a ver en el tiempo del noviazgo.
Total que las cosas no caminaban nada bien. Para empeorar el cuadro matrimonial
desde el inicio se fueron a vivir con la suegra, alquilando una casa para los
tres. Ovidio, que así se llamaba el susodicho, dividió las obligaciones de la
siguiente manera: su mamá pagaría el alquiler, Martita compraría la comida para
todos y él pagaría el carro, que solamente él usaría por supuesto. A Martita no
le gustó y cada actitud de él le parecía esquizofrénica, y aunque estaba
acostumbrada a alegar sus derechos, se le hizo callar de parte de los dos
nuevos miembros de la familia de una manera que ella no reconocía. La vida en
la casa de sus papás era bastante democrática, por llamarle de alguna manera, a
la armonía que reinaba en ese hogar. Casi sin creerlo tuvo que guardar
silencio, porque de lo contrario hubiera tenido que aguantar sus buenas horas
de gritos desaforados, al mismo tiempo que ver a la madre de Ovidio llorando
desconsolada con miedo a todo, e invocando por ayuda, a los brujos del pueblo
de donde ella era originaria. Firmada el acta matrimonial todo cambió. Ella
había leído los cuentos de Horacio Quiroga, y se le imaginaban esos espacios en
los cuales los personajes debatían su destino. En su experiencia actual,
parecía haber firmado un acta de esclavitud, sumisión y silencio, puro siglo
xix. Así pasaron los meses. Tanto lo desconocía cada día que pasaba, que notó
muy tarde que la época de novios se había acabado, y que él ya no estaba
dispuesto a llevarla hasta el trabajo, como hacía antes, sino que la dejaría a
mitad del camino, para que se fuera como pudiera y volviera de la misma manera.
Lo que sí era importante era que a él debía quedarle bien la ruta para no
malgastar tanta gasolina, después de todo él pagaba el combustible y ella sólo
la comida para todos. A Ovidio este trato dado a las mujeres con las cuales
vivía, le parecía justo y necesario, aunque a Martita le pareciera un abuso
extraño y con su buena dosis de locura. La muchacha llegó a un estado en el
cual sólo lo observaba en absoluto silencio, sin comprender completamente por
qué él hacía una cosa como ésa, por qué había cambiado tanto. Ante el absurdo,
Martita no acertó sino a pensar que la vida que había buscado no era lo que
ella esperaba, y que no estaba segura de poder aguantarla. Bastante tarde se
daba cuenta que tenía un marido a medias, pero no quiso re pensarlo mucho, y
menos analizar los motivos por los cuales él se había transformado en otro, y
los de ella, de quedarse a esperar si él otro que él había sido durante ocho
años, volvía a su lado. Probablemente no había sido preparada para una
situación como la que vivía. Se dejó llevar por las horas, los días, los meses
y los años. Porque sin darse cuenta un día dentro del closet se fijó que habían
pasado diez años y ella seguía allí dentro de aquella pesadilla de película de
terror. No tuvieron hijos, ya que la práctica marital no existía entre ellos.
Él seguía pagando el carro, ella la comida y la mamá el alquiler de la casa;
parecía que sólo la había adquirido como algo que se compra para sacarle el
mejor provecho, y no para que tuviera opinión. No le interesaba para nada lo
que ella pensara, y lo peor de todo es que en medio de toda esa tortura, no
había ni siquiera amor, era sin nada, de gratis como dicen. Su rutina diaria
durante ese tiempo, era la de tomar varios buses para volver a la casa, aunque
esto no fuera necesario. Como sabía bien que él no llegaría al mediodía para
almorzar, práctica de Ovidio durante los años vividos junto a él, se tomaba su
tiempo, y vagaba un poco por los centros comerciales, leyendo sus libros y
escribiendo su diario sentada en cualquier lugar que la albergara. La vida se le
iba yendo, ya no deseaba mirarse en los espejos cada mañana, porque veía el
paso de los años en su propio rostro y cuerpo, y se espantaba de no ser ya la
novia joven y bonita de vestido blanco, de la foto del casamiento colocada en
la sala. Una noche de esas en que volvió a la casa, se encontró con la mala
noticia que su suegra había fallecido. La hermana de doña Ada la había
encontrado recostada, como dormida viendo la televisión, le había hablado, la
había movido, pero doña Ada no había dado señales de vida. Le entró una
angustia, una verdadera angustia, ganas de llorar, de gritar, no por la muerte
de la suegra, sino por ella misma, por los gastos, por los pagos, por la
ausencia de la otra mujer a quien Ovidio explotaba sin ningún pudor, aún siendo
su madre, y pensó, ¿quién pagará ahora el alquiler de la casa? Su suegra había
sido una mujer bastante callada, casi no pronunciaba ninguna palabra, si no
había necesidad, nunca se supo qué pensaba realmente sobre lo que el hijo le
hacía a ella ni a la otra. Al principio le decía a Martita que debía volver
temprano a la casa para evitar el enojo de Ovidio. Al paso de los años se había
olvidado de ella y sólo la miraba llegar de noche, entrar a su habitación tal y
como veía con indiferencia una serie televisiva. Al volver del trabajo doña Ada
solo pensaba en sentarse frente a la televisión, y le preocupaba únicamente si
había suficiente que comer, no estaba ella para cuidar de nadie, tenía
suficiente con su realidad. Así Martita, sin estar vigilada por la suegra, podía
pasear más por los parques, caminar a lo largo de las avenidas sin rumbo, hasta
que habiendo anochecido, llegaba a la siguiente parada de un bus que la
llevaría hasta la casa donde no la esperaba nunca nadie. En diversas ocasiones
había querido indagar con su suegra qué realmente hacía el hijo, a dónde se
iba, por qué llegaba tarde todos los viernes, sábados y domingos, ya que a
veces no se aparecía por la casa. Pero la suegra le había explicado que lo
mejor era no preguntar, porque Ovidio podría molestarse con ella, y pedirle que
se largara de la casa. No es bueno le dijo, que el hombre la deje a una o la saque de su vida, se ve muy mal
delante de los vecinos, tal y como le había sucedido a ella, que nunca había tenido
marido. En una sola ocasión, la suegra le comentó que Ovidio nunca había
conocido a su padre biológico, porque ni ella misma sabía quién era él. Estando
enferma hacía años, había salido del hospital con el hijo en el vientre, y
nadie le dio razón de nada. A Martita la historia de la suegra y la explicación
sobre los valores de la sociedad respecto a las mujeres repudiadas le
parecieron estúpidas, al menos no había perdido su capacidad de distinguir
entre la estupidez y la ignorancia, pero se daba cuenta perfectamente que con
su suegra, no sacaría nada más de historia real de su hijo. Tal vez ni sabía
qué hacía, así como era cero a la izquierda para él. Y decidió nunca más
preguntarle nada. Su vida había ido transformándose poco a poco, al principio
era de profunda sorpresa ante cada elemento de la realidad que no lograba
comprender, luego ya no lo hacía, todo era tan absurdo y alucinante, que empezó
a no fijarse en los detalles, en las señales, y había cambiado su ánimo y caído
en una tristeza profunda que luego se volvió tedio absoluto. Lo único bueno de
esa nueva vida, porque tenía que encontrarle el lado positivo, era que al menos
le daba tiempo después del trabajo de leer lo que quisiera y seguir escribiendo
el diario. Éste iba tomando la forma de una de esas novelas sicológicas que había
leído en la secundaria, eso le gustaba mucho y le daba aliento. Allí un día, su
familia sabría la verdadera historia, y probablemente la perdonarían por no
haberles contado nada, por el famoso miedo a que Ovidio les hiciera algún daño
físico, tal y como la había amenazado una noche hacía años, cuando ella
enfurecida y llorando le gritó que se iba a ir esa misma noche de vuelta a su
casa paterna, porque ya no aguantaba la vida que llevaban juntos. Martita
siempre se preguntó por qué le había tocado esa suerte tan mala, parecía
conjuro o maleficio. No tenía amigas a quiénes contarles lo que le sucedía y
pedirles consejo. Y tal era el mal carácter, y digamos la maldad de Ovidio, que
ni siquiera la había dejado quedarse con un gatito que le habían regalado en la
vecindad. Las razones que había expuesto eran en relación a los gastos de la
comida, como que él hubiera tenido que pagar algo. Esa noche que ella había
regresado un poquito después que él, ya no había encontrado a su gato. Ovidio
se había hecho cargo de perderlo o quien sabe qué. Y ni siquiera le había
preguntado por qué había llegado a esa hora, ya que en realidad él había
llegado temprano, para deshacerse del animalito y hacerla sufrir un poquito,
sin tener una razón para ello, porque se había desentendido hacía muchos años
de ella. Pero la horrible realidad del presente era que su suegra ya no
estaría, para mediar en esa vida que parecía puro castigo, para al menos estar
allí entre los dos como una sombra. Se había ido dormida, tranquila, en cambio
ella que innumerables veces se había acostado, esperando no despertar nunca
más, y nunca lo había logrado. Había tenido que levantarse cada día a esa
realidad, que aunque ya se hubiera acostumbrado a vivir, siempre al final del
día, le parecía de sueño malo, como cuando una come mucho de noche, y la acosan
las pesadillas de horribles pedazos de carne fría sobre el cuerpo y de simios
bajándose de la cama donde ella estaba acostada. Era una paradoja su situación,
ya que ella que nunca dio dinero para la manutención de su casa, ahora le
tocaba mantener bien alimentados, a dos personas casi desconocidas y no tenía
opción. Se recordó de la trama de varias telenovelas que había visto donde esto
sucedía, y a ella solo le daba por reírse o enojarse con los personajes, pensando
que era pura ficción, y que eso no era posible en la realidad. Esas imágenes
bajaban a su cerebro, como cuando se están viendo cortos en el cine, para
atraer la atención del público. Alucinada con todas esas visiones, parecía
estar en otro lado, cuando de repente volvió a ver hacia la gente que dentro de
la casa, muy amable y diligentemente, ayudaban a la hermana de su suegra a
vestir a la fallecida, a preparar el café, el té y el chocolate caliente, los
sándwiches, la sopa, la comida especial para el velorio, todo por supuesto,
pagado con el sueldo de Martita, que había conseguido un crédito en la
abarrotería de la colonia donde vivían. No habían escatimado los gastos, hasta
licor y unas copas habían comprado, había que despedir a doña Ada como se lo
merecía. No supo en qué momento, pero algo le dijo que ese era el instante,
escuchó una voz parecida a la suya que le decía desde algún lugar, que ya no
tendría nunca más la misma oportunidad, y que tenía que aprovechar el momento
de lucidez y claridad que el destino le ofrecía. Ovidio no había llegado aún.
Vio el paisaje del velorio y entonces decididamente agarró su bolsa, su suéter,
abrió la puerta diciendo que ya volvía que iba a comprar más comida y salió de
la casa. Todavía tenía que caminar los dos kilómetros para salir de la colonia,
procurando ocultarse tras los vehículos, con miedo que Ovidio al volver la
encontrara en el camino y así lo hizo. Por suerte él no se apareció. Cayó
entonces en la cuenta que era viernes, y que posiblemente ni se enteraría que
la madre había muerto, sino cuando volviera el lunes por la noche. Su práctica
había sido nunca darle el teléfono donde se le podía localizar a ninguna de las
dos. Tampoco conocían a sus compañeros de trabajo, ni amigos de chupaderas. En
esto pensaba cuando llegando al boulevard agarró más valor al verse tan lejos
de la casa, y entre contenta, excitada y un poco demente al haber dejado atrás
la vida que había llevado todos esos años, se sonreía de una manera extraña,
casi alucinada. Decidió cruzar la ancha avenida, corriendo junto a otras
personas que aprovechaban la ausencia del tráfico tupido para pasar al otro
lado. Corrió junto a todos y se colocó en el otro extremo a esperar el bus
expreso, una ruta nocturna, que según había leído en los periódicos esa tarde,
la llevaría directamente hacia la frontera mexicana.
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