Banalidad del mal
Una de las banalidades del mal es creer que solo él está en este mundo. Es pensar que el mundo gira siguiendo el movimiento de su dedo. Uno de sus errores es creer que no somos capaces de observarlo. De medir sus movimientos. De esperar. La banalidad del mal llega al extremo de pensar, que en medio de la injusticia, ha ganado, y que no somos capaces de reaccionar. Apela a que hemos sufrido. Y que cuando las mujeres han sufrido tanto, se han debilitado, al extremo de callar. No sabe el mal, tan masculino que es, que la resiliencia ha sido la estrategia para deshacernos de él.
sábado, 11 de julio de 2020
viernes, 3 de julio de 2020
LA
NUEVA VERSIÓN DE LA LOLITA: ÁNGEL DE
FUEGO DE DANA ROTBERG
El
ángel de fuego se titula la
película mexicana de Dana Rotberg aparecida en 1991, y que ganara entre los
premios, el de Fantasporto International Fantasy Film Festival en Portugal., y
el International Critics Award el mismo año, festival que se da cita en Nueva
York.
El film en sí se inserta en una tradición
neorrealista del cine latinoamericano, donde los temas tabú siguen estando a la
orden del día. En general la historia es la de una joven adolescente que ha
sido abusada por el padre desde niña. La película elabora un cambio en la
conducta del personaje central, porque se aleja del cine de crítica social, en
donde se victimiza totalmente al personaje femenino, enfrentando a la audiencia
ante un cine estereotípico, que tiene relación con los filmes de los años
cuarenta en México. A diferencia de Chachita, la niña de las películas de Pedro
Infante en Nosotros los pobres, la
niña-adolescente de El Angel de Fuego,
es una especie de Lolita que busca al padre enfermo y degradado por la vida
cirquera como payaso, para enfatizar el asunto del incesto. La película posee
pasajes sumamente grotescos pero que están en consonancia con la perificidad de
la gente del circo ambulante y pobre. La Lolita mexicana queda embarazada del
padre y debe abandonar el circo a causa de esta circunstancia, luego que el
padre ha fallecido. Dentro de la fantasia creada por Rotberg en la película, la
adolescente se dedica a echar fuego por la boca en las esquinas de las calles
de los suburbios de la ciudad de México, en donde se gana la vida, Dicho oficio sirve en la película para aludir
en los imaginarios latinoamericanos a la extrema pobreza de los niños de la
calle, procedentes de las distintas grandes ciudades del área. Por asuntos del
destino, elemento que está muy trabajado en este film de Rotberg, conoce a una
familia religiosa que lleva una vida itinerante por las zonas más pobres de la
ciudad. El encuentro y las vivencias con esta familia le sirve a la muchacha
para reflexionar acerca de su estado y del deseo perverso de criar a un hijo,
que es producto de su relación incestuosa,. El film elabora una serie de claves
de comprensión de ese mundo perverso en el cual el personaje se encuentra
inserto. Uno de los símbolos de la mala maternidad es un muñeco o títere que le
ha sido dado a Alma, para que juegue como niña a tener en los brazos a su hijo.
La imagen del títere es diabólica, posee un rostro grotesco y una especie de
cachos o cuernos que nos indican el sentido del símbolo. Sin embargo el
personaje femenino está creado por Rotberg como un ser amoral que no reconoce
el pecado, sino que se deja llevar por el deseo de la maternidad, sin
cuestionar su procedencia. Alma que así se llama la muchacha, se encuentra
necesitada del afecto familiar que llevara en el circo, y de alguna manera
decide adoptar simbólicamente a la familia cristiana como su segunda familia, y
en el seno de la cual desea tener su hijo. Sin embargo el destino le sigue
poniendo trampas, y por querer entrar al mundo alucinado de los profetas pobres
con los cuales se relaciona, pierde al niño al hacer una penitencia que se le
pide. Para el espectador este desenlace provoca una especie de catarsis al ver
a Alma libre del pecado. Sin embargo para el personaje la pérdida implica el
odio y la venganza que sirven de motor de desenlace de la historia.
Es indudable que Rotberg se mueve en una
frecuencia muy buñueleana, como en Los
olvidados, en donde las salidas exitosas o por la puerta de enfrente para
los personajes, son imposibles. Al final y sin ningún cargo de conciencia, Alma
seduce al supuesto elegido del señor y luego lo abandona. El final es crudo,
como en las mejores películas naturalistas, porque el profeta se suicida y Alma
simplemente se va del lugar, sin que sienta ningún tipo de remordimiento. Pero
el castigo está cerca, Alma regresa al circo y allí se inmola, subida en el
trapecio le prende fuego al pequeño y pobre circo,. En este sentido Rotberg no
se aleja del cine de catarsis desde donde le viene la tradición, porque el
personaje femenino desde el título se encuentra diabolizado y Alma es una más
de las niñas maléficas, que tuercen el camino y la vida de los otros. A nuestro
entender, el personaje femenino está estructurado dentro de un perfil
malinchesco, en donde la lucha por la supervivencia se torna absolutamente
fuerte y descarnado. Alma en el fondo al inmolarse, provoca la catarsis del
espectador, al ver a la Lolita de cuerpo turgente y deseoso, morir entre las
llamas. Sin embargo Rotberg como en otros filmes dirigidos por mujeres, maneja
un simbolismo que hay que descodificar, y se hace necesario poner más atención
y buscar las aliaciones con el mito de la purificación, que es obviamente como
la directora decide el destino de este personaje.
(Realizaba una investigación sobre directoras de cine latinoamericano en el año 2005, que finalmente no se concretó en libro , de allí extracto este escrito)
lunes, 1 de junio de 2020
UNA LECTURA DEL ENSAYO DE MARÍA LUGONES:
“COLONIALIDAD Y GÉNERO: HACIA UN FEMINISMO
DESCOLONIAL”
María Lugones (Argentina, 1944) se graduó de filósofa, en la
Universidad de California en Los Ángeles. Luego obtuvo un master y un doctorado
en la misma especialidad en la Universidad de Wisconsin-Madison. Es profesora
de literatura comparada y de estudios de la mujer en la Universidad de
Binghamton en Nueva York. Se ha ido dando a conocer ligada con lo que la
crítica cultural llama estudios de género. Pero en realidad Lugones plantea una
serie de consideraciones sobre las intersecciones que en la construcción de
género, se produce entre las categorías de raza, género, clase y etnia.
¿Qué significa ser una feminista de color?
Ha sido interesante encontrar en las ideas de Lugones una
propuesta que obviamente, al menos para mí, procede de un feminismo periférico
y actualmente descolonial, contrapuesto y enfrentado con la propuesta de los
feminismos blancos, anglosajones y burgueses, tal y como ella lo explica en sus
ensayos desde el año 2003, cuando publica: “Los peregrinajes de los feminismos
de color”. El asunto más importante desde mi revisión de las ideas de Lugones,
es que parte de su interés proviene de su inserción en los años 60 en las
luchas por los derechos civiles, en el caso del movimiento negro
estadounidense. Pero lo central más tarde, ha sido buscar una coalición
política con los feminismos latinoamericanos no blancos.[1] Sobre estas luchas
de las latinoamericanas y en el caso de las feministas de color, instaurado por
Lugones para el siglo XXI, existe un antecedente donde la líder del movimiento
fue precisamente una guatemalteca.[2] La revisión que otras críticas como
Cristina Bidaseca le han hecho a Lugones, esquematiza un progreso en el ideario
feminista de color de Lugones. En uno de sus ensayos sobre el
multiculturalismo, al cual denominará “radical”, Lugones devela dos máscaras
producidas durante la modernidad por el feminismo eurocentrado, la llamada
multiculturalidad que pretende abrir espacios de diálogo entre culturas, y que
lo único que logra, es un exotismo universalista, y luego la máscara feminista,
que pretende hacer única y también universal, la defensa de las mujeres, que en
este caso son identificadas en la mujer blanca, ya categorizada dentro de la
colonialidad del poder por quienes la ostentan. Para Lugones el gran problema
de este feminismo hegemónico, es que es eurocéntrico, universalista y racista.
Para ella tanto la máscara multicultural y feminista, participan de una falsa
universalidad.
Ser mujer en el mundo moderno-colonial
María Lugones señala con claridad cómo el punto de inflexión
durante la modernidad-colonialidad en cuanto al género, es que esta categoría
está mediada por la humanización y la deshumanización. Durante el periodo
colonial se introdujo la dicotomía racial, que supuso que los colonizados eran
seres sin razón. Esa deshumanización determinó la forma de vida que llevarían
en ese periodo tanto en lo económico, lo sexual y en el conocimiento. En este
tercer punto, el asunto era la capacidad de adaptación a la cultura del
conocimiento europeo, rasgo que sigue funcionando aún en Latinoamérica. En
cuanto a lo sexual, la colonialidad determinó esto a través del
heterosexualismo, creando dicotomías como hombre-mujer y macho-hembra. En este
punto se reconoció como mujer, a las “mujeres burguesas blancas”, excluyendo al
resto, que serían tratadas como animales. Considerándolas seres sin género,
marcadas sexualmente como hembras, pero sin femineidad.[3] De acuerdo a esta
clasificación, hombres y mujeres, negros e indios, no tenían género. Se les
consideraba bestias, y por eso Lugones los denomina como dimórficos[4] y
ambigüos sexualmente. Por otro lado las mujeres que eran mujeres para la colonialidad,
debían ser castas, sexualmente puras, pasivas y heterosexuales. Y todas eran
vistas como blancas y burguesas. De acuerdo a Bidaseca, siguiendo a Lugones,
más parecen construidas por la emoción que por la razón. Se sabe hoy por toda
la información recabada por la historia, la antropología y los estudios
culturales, que las comunidades durante el régimen colonial, fueron despojadas
de sus saberes, y produjeron un vacío, que al paso del tiempo ha hecho que no
tengamos oportunidad de acceder a ella, ni a través de los descendientes
directos. Pero sí se sabe que los machos indígenas por ejemplo, fueron
designados como autoridad y como mediadores con los blancos. De esta forma las
mujeres pasaron a convertirse en seres desgenerizados y racializados.
Entre lo visible y lo oculto: el sistema moderno-colonial de
género y su impacto
En el ensayo donde Lugones aborda el asunto de la
descolonialidad, cuando habla de los feminismos de color, realiza una mirada
sobre el asunto de la colonialidad del poder enunciada por Aníbal Quijano. Sus
reflexiones parecen enriquecer las definiciones ya establecidas por Quijano.
Aquí acuña el nuevo término “sistema moderno-colonial de género”.[5] La
propuesta de Lugones nos dice que al igual que raza, la categoría género, también
es necesaria para continuar la genealogía colonial de poder y de conocimiento.
En su alegato, Lugones pone en tela de juicio, la idea que se ha querido
vender, incluso a nivel mítico, que Europa constituía el momento más avanzado
de las especies. Y por eso dividir las especies en dos grupos, fue el resultado
de esta mitificación.[6]
Es evidente que una de las preocupaciones mayores de Lugones
es la categoría de raza, instalada por la colonialidad del poder. De hecho el
espacio desde donde escuchamos la voz de las mujeres de color (negras,
chicanas, indígenas, asiáticas, latinas) emerge para hablar desde una
matriz de opresión que tiene ejes que se
encuentran interceptados y que crean una de las realidades en las que viven y
se sitúan estas mujeres.[7] Estos espacios cruzados o interceptados están
definidos por Lugones y otras feministas como la interseccionalidad.[8] Sin
embargo Lugones prefiere retomar la idea, pero llamar a ese punto de
intersección interlooking oppressions para contrastarlo con otro concepto
creado por ella de intermeshing oppressions.
Por “interlocking”, entendemos el modo similar a la “interseccionalidad”
de Crenshaw, se explica la concepción categorial de mujer/
raza/sexualidad/clase, que deja a las categorías intactas, pero las añade al
grupo. Lo que quiere decir en mi entendimiento, es que se pueden juntar, sin
embargo son susceptibles de sobrevivir separadas sin perder su categoría. Y de
aquí parece desprenderse la idea que para Crenshaw está visto desde las mujeres
negras, pero para Lugones es desde las mujeres no-blancas, sean estas de donde
sean, pero principalmente pensando en América Latina o en las latinas en
Estados Unidos.
Revisar a Quijano también le sirve a Lugones para explicar
por qué supone y afirma que tanto raza como género son construcciones o
ficciones políticas que están vinculadas con el coloniaje. De entrada nos habla
de cómo la colonia excluyó tanto a indígenas como africanos, forzándolos a
sobrevivir mediante la esclavitud, en tanto aguantaran el trajín. Se les rebaja
a lo no humano, se les excluye el género, porque considerados como bestias o
animales, no precisan de definir este aspecto, están desgenerizados. De esta
forma se produce el fenómeno donde la raza excluye al género. Ya que siendo la
categoría raza una ficción económica y política, donde algunos tienen género y
otros no, se sobredosifica su carácter político. Ya en los estudios de algunos
críticos y filósofos, raza y género son categorías inseparables. Se supone que
no hay género sin raza, sin embargo no hay raza con género. Solo la gente
blanca posee género, y se convierte en uno de los lados ocultos y oscuros de
los que habla Lugones, dado que la categoría mujer, eurocentrada y válida
universalmente que se corresponde con la características de la mujer blanca,
burguesa, clase media e intelectual, es aquella que reivindica el feminismo
hegemónico.[9]
Lugones discute para develar, cómo la colonia desde la edad
media y durante el renacimiento construyeron hombres y mujeres con una historia
bastante violenta, naturalizándola y así ficcionalizándola. En el imaginario de
la conquista española se construyeron imágenes retorcidas de los habitantes de
los territorios recién descubiertos. Se trataba de caníbales y otro tipo de
monstruos, los seres estaban sexualmente dotados, pechos y órganos sexuales
eran enormes y el apetito sexual era desmesurado. Quizás por eso y por
oposición, “la mujer” fue reducida a la reproducción y a la pasividad.
La dicotomía como concepción moderna del género
Para Lugones la concepción moderna del género es dicotómica.
Para ella, el sexo y el dimorfismo sexual es algo introducido por la colonia,
como lo es la dicotomía de género. El concepto mismo de género lo pone en
discusión, ya que piensa que como categoría de análisis, la hemos asimilado,
porque también es introducida colonialmente, se utiliza para categorizar gente
indígena y afrodescendiente en el territorio que ella nombra como Abya Yala. La
diferencia que ve al respecto, es que las sociedades indígenas y africanas son
comunales, además que su concepción cosmológica los hace hacer interconexiones
con todo de manera absoluta. No se analiza nada de forma aislada. No se ve el
sexo como una relación aislada, sino relacionada con la vida comunal.
Para Lugones entonces desenmascarar ese lado oculto del tema
es central. Ya que entiende la raza, el género y la sexualidad como unidas o
constituidas. Las trabaja como inseparables y cuando se intersectan, borran la
heterogeneidad interna, dejan de marcar o señalar su procedencia.[10]
En medio de distintas opresiones la resistencia es
interseccional
Sabemos bien que la matriz de dominación de cualquier
sociedad se encuentra ordenada por intersecciones. Los dominios señalan que en
las intersecciones aparece lo económico, político e ideológico. Por eso no es
posible leer, explicar, entender los ejes de las mujeres de color en los mismos
términos que los de mujeres de otros lugares y otros tiempos, por ejemplo si
quisiéramos comparar con las mujeres medievales, que es un ejemplo que la
propia Lugones propone.[11] Lo que se intersecta señala además el género y la
raza, y entonces nos damos cuenta que no estamos frente a la misma dominación
en nuestra comparación. Pienso en observar, describir y discutir en nuestro
territorio, una sociedad como la guatemalteca, donde las intersecciones para
leer y comprender a las mujeres mayas y compararlas con las ladinas, se hace
imposible. Además si queremos pensar una categoría como la sexualidad, el
abismo se hace mayor. Lo que sí podemos observar y describir, son las formas de
resistencia a la dominación en los dos casos guatemaltecos, y en los otros
ejemplos en contraste. Para entenderme a mí misma, he tomado el ejemplo
guatemalteco, dado que desde el lado ladino, no existe un colectivo mínimo
comunal, desde donde se resiste. Hay grupos, pero no comunidades con una
cultura ancestral y originaria. En
cambio en el caso de las mujeres mayas, se resiste comunalmente, desde los
espacios donde se produce la opresión desde hace mucho tiempo, donde las
resistencias se han ido transformando, así como las opresiones han cambiado de
rostro. Lo que queda evidenciado en las intersecciones de las distintas
categorías en juego.
Los esfuerzos por revisar la ley de la interseccionalidad de
raza, clase, género y sexualidad en el caso de las mujeres de color en Estados
Unidos, realizado por una de las críticas más fuertes, Kimberle Williams
Crenshaw, develó que en este sentido, las mujeres negras estaban borradas de la
ley. No estaban protegidas. Y solo lo supieron cuando cruzaron de esa manera
las distintas categorías. En el caso de Lugones, al seguir el mismo camino, lo
que se puso en tensión en cuanto a la categoría de “mujer” o las categorías
raciales de “negro”, “hispano” y otras categorías que aparecen en la ley, es
que al intesectarlas, lo que quedaba evidente era lo que no estaba, y las
categorías tendían a separarse. Comprendió además en ese trabajo de
investigación que el término “mujer” en sí, no tiene sentido, está racializado
totalmente, ya que la lógica categorial ha seleccionado al grupo dominante para
definir el término (mujeres burguesas, blancas, heterosexuales) y deja fuera
cualquier otro tipo de categoría.[12]
La dicotomía, humano-no humano
Ya se ha comentado que Lugones ve estas dicotomías amarradas
a la colonialidad del poder, y cree en develarlas. La modernidad se expresa en
formas dicotómicas jerárquicas. La dicotomía humano no humano, se corresponde
con el hombre y la mujer burguesa, que además tiene género. Indígenas y
afrodescendientes no tienen género, no son humanos, pero sí están sexuados,
aunque no tienen poder sobre su propia sexualidad. Alrededor de este tipo de
contradicciones y de ficciones creadas por la modernidad, aparece otra
interseccionalidad la de racismo y patriarcado, que deja en claro la posición
de las mujeres de color, que tampoco han sido representadas por los discursos
del feminismo ni el antirracismo. Se trata de experiencias marginalizadas.
Estas mujeres han sido categorizadas como no-humanas, seres primitivos que son
violentos, sexualmente sin control y con tremenda resistencia para el trabajo
físico. Es por esa razón que cuando se
provoca la interseccionalidad, aparece también la ausencia, dado que aunque se
resistieran a ser negras o indias, esto no las colocaría en posición de mujeres,
al menos no en el sentido colonial, moderno o capitalista.
De la lógica de la interseccionalidad a la de la fusión como
desenmascaramiento
Lugones en su tránsito hacia la definición de otras
categorías y el uso de “mujeres de color” para teorizar sobre las opresiones y
violencias que pesan sobre las mujeres en la actualidad, ve importante pasar de
la lógica de la interseccionalidad (que permite tocarse entre sí a las
categorías pero las deja intactas) con la lógica de la fusión que intenta
destruir la lógica de las categorías, para poder construir resistencias.
Estas resistencias producidas por la fusión las entiende
Lugones como una resistencia a múltiples opresiones. Se tiene capacidad
mediante la fusión de observar y apreciar las formas en las que otros han
concebido, han dado forma cultural, teorizado, expresado, incorporado su
resistencia a múltiples opresiones. También es posible saber durante el
proceso, cuáles han sucumbido y cuáles no. Se trata de praxis, es por eso que
Lugones propone buscar una coalición con los “feminismos de color”.
El concepto de resistencia se produce según Lugones en el
lugar de las opresiones solapadas. Resistir allí crea comprensiones resistentes
que tienen significado cultural en la música, el arte, la teoría. No se puede
emancipar solo en términos teóricos. Hay que hacer resistencias reales y
prácticas.
sábado, 30 de mayo de 2020
(Imagen. V. Chapero)
UNA BOCA COMO JARRO
En 1991 tuve la única hija que iba a tener. En el proceso de parto, y por cuestiones económicas, tuve que compartir la habitación del hospital, que en ese entonces era el Bella Aurora. Las malas disposiciones de la gente que manejaba esos días las asignaciones, hicieron que yo terminara en una habitación junto a una persona ya anciana, que estaba enferma de alguna enfermedad contagiosa.
Recuerdo que sentí pánico esa primera noche, cuando la escuchaba toser, no poder respirar, quejarse de dolor, etc. Se lo dijimos al personal que atendía en el hospital. Pero nadie nos hizo caso, pasé dos noches compartiendo la habitación, hoy sé, infectándome a la par de la señora, que seguramente en algún momento ha de haber fallecido.
Me fui a mi casa a los tres días, y al mes había desarrollado la enfermedad que ella me contagió, a mí, a una mujer que estaba sin defensas por haber recién tenido su hija. Era septiembre de 1991, cuando tuve que ir a ver al Dr. Aragón. Un especialista en pulmones. Recuerdo que aunado a todo el cuadro era una época en que se iba la luz a las 6:00pm cada día. Y el Dr. me hizo un chequeo, y luego me envió a tomar una radiografía. Yo tenía síntomas tremendos, fiebre alta, tosía mucho, me dolía el pulmón (fue hasta esa enfermedad que me di cuenta que los pulmones duelen cuando están enfermos). Total que cuando ya fuimos a ver al Dr, y él observó la radiografía sin mucha luz, diagnosticó, tuberculosis. Y empezó el viacrucis por seis meses como mínimo, más las secuelas que me dejaría la enfermedad. Además de no poder cuidar a mi hija. Porque el proceso de la enfermedad fue desastroso.
Me enviaron en numerosas ocasiones a hacer el examen de la tuberculosis, pero nunca salió el tal bacilo, para verificar que tenía tuberculosis. Pero como se hace en situaciones como esa, dentro de una gran angustia e ignorancia, mi familia decidió que empezara el tratamiento. Cuando una se enferma como yo lo estaba, pierde la fuerza, la voluntad, la fiebre vence, la enfermedad mina la inteligencia. No me pude resistir.
No sé si lo saben pero en ese tiempo, inicio de la década de los 90, cuando todavía no se firmaba la paz, la medicina para la tuberculosis, era carísima. Y solo se la donaban a una, si se iba al hospital antituberculoso y te declarabas tuberculosa, que en ese entonces tenía un estigma. Como ya no lo tiene hoy.
Así tuve que hacer. Me llevaron al hospital, tuve que firmar un papel que afirmaba que tenía tuberculosis. Y que no me quería internar. Me examinaron y pensaron que si el Dr. decía que tenía, era porque tenía. Pero el tiempo y esa circunstancia demostrarían otra cosa. El asunto crucial era obtener la medicina, que yo no podía comprar por lo extenso del tiempo. Así supe lo que es ser tuberculosa, en un país donde serlo significa una marca, y tomarla un atentado contra el resto de la salud.
Tenía en ese entonces, un trabajo del que tuve que pedir permiso. Tenía una hija recién nacida. Recuerdo que mi mamá estaba en Estados Unidos. Vivía con mi papá, y el papá de mi hija. Y esos meses del año 1991 hacia el año 92 fueron de gran soledad. Nadie nos visitaba. Solo recuerdo que Ana María Rodas, me pasaba viendo durante la semana, al menos una vez por semana. Fue la única amiga y parte de mi familia que nos visitó.
Al empezar a tomar la medicina ya no le di de mamar a mi hija. Además no tenía fuerzas ni para cargarla y no debía. Al tomar las pastillas sentía que me metían en un refrigerador y empezaba a alucinar. A las semanas de tomarla, empecé a sentir cierta mejoría. Y al menos podía pensar y escribir. La medicina te deja sin poder pensar con claridad. Solo me sentía dentro de una pesadilla, fría y soledosa. No había nadie en mi vida en esos días. Me alejaron de la niña hasta para dormir. Y me colocaron en una camita, que más que camita, era como un catre, en un lugar que no era dormitorio. Y lo que lamento recordar con detalle. Eso también fue al paso del tiempo, parte de la pesadilla. Lo único bueno fue no ir al hospital antituberculoso. Donde finalmente me hubiera infectado.Creo que eso lo decidieron en la familia que me acompañaba. No lo sé a cabalidad, ya no tenía consciencia de nada.
Los meses pasaron. A los tres, me había mejorado un tanto, pero no totalmente. Seguía viendo a la especialista en tuberculosis, cuando iba al hospital por la medicina. Era la única salida que hacía. Porque tenían que cerciorarse que no había muerto, que estaba mejor. Para darme la dosis del mes. Tenía que hacer radiografías periódicas, y la mancha en el pulmón, estaba allí, pero ni al radiólogo, ni a la doctora, al paso del tiempo, les parecía una mancha tuberculosa. Además me hacían el examen del esputo, y no salía el bacilo, por más esputo que me sacaron. La dra decidió que debía hacerme una biopsia, cuando no teníamos dinero suficiente. Finalmente vendí un collar valioso. Y con eso me hice la biopsia, pero esto sucedió tres meses después de sufrir las cuarenta y cuatro pastillas diarias, todas juntas. En las pesadillas yo veía mi boca grande como jarro, tragando las 44 pastillas de colores diversos y variados que iban cayendo dentro. Lúcidas y relucientes me las tragaba poco a poco, haciendo un ejercicio casi de ascetismo. Y luego el frío extremo en que entraba mi cuerpo, y las manchas en la cara y las axilas se acentuaban en cada toma, eran cafecitas, cada vez eran más cafecitas. Sabía que no funcionaba bien mi hígado.
Finalmente el resultado fue que no tenía la tal tuberculosis. Así constataron sus dudas, la dra y el radiólogo, además el pediatra de mi hijita, que era un viejo amigo, me había dicho que no creía que tuviera esa enfermedad por el color en la radiografía. Lo duro para alguien que se enferma, es no poder decidir, porque cuando una se enferma, cae en una subalteridad mayor, y si antes creían que podían decidir por mí, allí, en esa situación todos decidían por mí, hasta el gato que no tenía.
El diagnóstico me llevó a tomar otra medicina, menos letal para mis otros órganos, que con el tiempo, eliminaría la bacteria (imposible de pronunciar)que se me había metido al cuerpo, proveniente seguramente de la anciana con la cual estuve dos noches seguidas en un mismo cuarto.
Hoy me recuerdo de esto por lo de la pandemia. Por el contagio. Por la prevenciones al contagio. Cuando una está enferma deja en parte de existir. Todo se vacía. Si las mujeres somos regularmente desvalorizadas, allí caés a lo profundo de la anonimia, y peor si tenés algo contagioso. Porque nadie se te acerca tanto, nadie te mira, porque das lástima. Mi hijita no me vio el rostro sino hasta ese momento. Cuando me rehabilité ella ya había cumplido casi cuatro meses, y nunca había visto mi rostro, porque siempre usé mascarilla, si la quería ver y acercarme un poco.
Seguíamos sin luz. Las candelas fueron nuestra compañía durante largas noches. Ya por entonces el papá de mi hija se iba a cumplir con sus otras obligaciones, cosa que creo, no había podido hacer mientras yo estaba en cama. Y entonces los días fueron lentos, mi hija crecía junto a mí, que despacio me iba restableciendo, pienso ahora que crecimos juntas. Muchas cosas cambiaron en mi vida. Una de ellas, ser más precavida, sesuda, jurándome cuidarme mucho, no volver a caer en eso. Y quizás por eso ahorita me recuerdo tanto de ese periodo. Porque esas enfermedades contagiosas son tremendas. Nadie lo sabe sino hasta que lo ha vivido. Y yo lo viví hace 28 años y todavía puedo recordarlas. Pude haber muerto. Pero no sucedió, aunque hubo un tiempo en que creían que moriría, ya que no me restablecía totalmente, dejando huérfana a mi única hija.
La recuperación casi total, tardó al menos dos años, aunque volví antes al trabajo, y tuve varias recaídas. Pero eso sí me juré no volver a pasar por eso. Hay que decir siempre, que no quiere una tal cosa, hay que tener determinación. Porque nadie nos va a cuidar como nos lo merecemos. Como seres humanas, como mujeres enfermas. Hoy que lo pienso, y veo lo de la pandemia, me doy cuenta que tenemos que decir que no queremos contagiarnos. Tenemos que ver por nosotras mismas. Debemos perder el miedo a no tener los mismos bienes que teníamos. No debemos dejarnos vencer por la avaricia de tener más, de tener mucho dinero, de andar comprando cosas inservibles. Que no se pueden llevar al más allá. Sin salud todo eso es en vano.
UNA BOCA COMO JARRO
En 1991 tuve la única hija que iba a tener. En el proceso de parto, y por cuestiones económicas, tuve que compartir la habitación del hospital, que en ese entonces era el Bella Aurora. Las malas disposiciones de la gente que manejaba esos días las asignaciones, hicieron que yo terminara en una habitación junto a una persona ya anciana, que estaba enferma de alguna enfermedad contagiosa.
Recuerdo que sentí pánico esa primera noche, cuando la escuchaba toser, no poder respirar, quejarse de dolor, etc. Se lo dijimos al personal que atendía en el hospital. Pero nadie nos hizo caso, pasé dos noches compartiendo la habitación, hoy sé, infectándome a la par de la señora, que seguramente en algún momento ha de haber fallecido.
Me fui a mi casa a los tres días, y al mes había desarrollado la enfermedad que ella me contagió, a mí, a una mujer que estaba sin defensas por haber recién tenido su hija. Era septiembre de 1991, cuando tuve que ir a ver al Dr. Aragón. Un especialista en pulmones. Recuerdo que aunado a todo el cuadro era una época en que se iba la luz a las 6:00pm cada día. Y el Dr. me hizo un chequeo, y luego me envió a tomar una radiografía. Yo tenía síntomas tremendos, fiebre alta, tosía mucho, me dolía el pulmón (fue hasta esa enfermedad que me di cuenta que los pulmones duelen cuando están enfermos). Total que cuando ya fuimos a ver al Dr, y él observó la radiografía sin mucha luz, diagnosticó, tuberculosis. Y empezó el viacrucis por seis meses como mínimo, más las secuelas que me dejaría la enfermedad. Además de no poder cuidar a mi hija. Porque el proceso de la enfermedad fue desastroso.
Me enviaron en numerosas ocasiones a hacer el examen de la tuberculosis, pero nunca salió el tal bacilo, para verificar que tenía tuberculosis. Pero como se hace en situaciones como esa, dentro de una gran angustia e ignorancia, mi familia decidió que empezara el tratamiento. Cuando una se enferma como yo lo estaba, pierde la fuerza, la voluntad, la fiebre vence, la enfermedad mina la inteligencia. No me pude resistir.
No sé si lo saben pero en ese tiempo, inicio de la década de los 90, cuando todavía no se firmaba la paz, la medicina para la tuberculosis, era carísima. Y solo se la donaban a una, si se iba al hospital antituberculoso y te declarabas tuberculosa, que en ese entonces tenía un estigma. Como ya no lo tiene hoy.
Así tuve que hacer. Me llevaron al hospital, tuve que firmar un papel que afirmaba que tenía tuberculosis. Y que no me quería internar. Me examinaron y pensaron que si el Dr. decía que tenía, era porque tenía. Pero el tiempo y esa circunstancia demostrarían otra cosa. El asunto crucial era obtener la medicina, que yo no podía comprar por lo extenso del tiempo. Así supe lo que es ser tuberculosa, en un país donde serlo significa una marca, y tomarla un atentado contra el resto de la salud.
Tenía en ese entonces, un trabajo del que tuve que pedir permiso. Tenía una hija recién nacida. Recuerdo que mi mamá estaba en Estados Unidos. Vivía con mi papá, y el papá de mi hija. Y esos meses del año 1991 hacia el año 92 fueron de gran soledad. Nadie nos visitaba. Solo recuerdo que Ana María Rodas, me pasaba viendo durante la semana, al menos una vez por semana. Fue la única amiga y parte de mi familia que nos visitó.
Al empezar a tomar la medicina ya no le di de mamar a mi hija. Además no tenía fuerzas ni para cargarla y no debía. Al tomar las pastillas sentía que me metían en un refrigerador y empezaba a alucinar. A las semanas de tomarla, empecé a sentir cierta mejoría. Y al menos podía pensar y escribir. La medicina te deja sin poder pensar con claridad. Solo me sentía dentro de una pesadilla, fría y soledosa. No había nadie en mi vida en esos días. Me alejaron de la niña hasta para dormir. Y me colocaron en una camita, que más que camita, era como un catre, en un lugar que no era dormitorio. Y lo que lamento recordar con detalle. Eso también fue al paso del tiempo, parte de la pesadilla. Lo único bueno fue no ir al hospital antituberculoso. Donde finalmente me hubiera infectado.Creo que eso lo decidieron en la familia que me acompañaba. No lo sé a cabalidad, ya no tenía consciencia de nada.
Los meses pasaron. A los tres, me había mejorado un tanto, pero no totalmente. Seguía viendo a la especialista en tuberculosis, cuando iba al hospital por la medicina. Era la única salida que hacía. Porque tenían que cerciorarse que no había muerto, que estaba mejor. Para darme la dosis del mes. Tenía que hacer radiografías periódicas, y la mancha en el pulmón, estaba allí, pero ni al radiólogo, ni a la doctora, al paso del tiempo, les parecía una mancha tuberculosa. Además me hacían el examen del esputo, y no salía el bacilo, por más esputo que me sacaron. La dra decidió que debía hacerme una biopsia, cuando no teníamos dinero suficiente. Finalmente vendí un collar valioso. Y con eso me hice la biopsia, pero esto sucedió tres meses después de sufrir las cuarenta y cuatro pastillas diarias, todas juntas. En las pesadillas yo veía mi boca grande como jarro, tragando las 44 pastillas de colores diversos y variados que iban cayendo dentro. Lúcidas y relucientes me las tragaba poco a poco, haciendo un ejercicio casi de ascetismo. Y luego el frío extremo en que entraba mi cuerpo, y las manchas en la cara y las axilas se acentuaban en cada toma, eran cafecitas, cada vez eran más cafecitas. Sabía que no funcionaba bien mi hígado.
Finalmente el resultado fue que no tenía la tal tuberculosis. Así constataron sus dudas, la dra y el radiólogo, además el pediatra de mi hijita, que era un viejo amigo, me había dicho que no creía que tuviera esa enfermedad por el color en la radiografía. Lo duro para alguien que se enferma, es no poder decidir, porque cuando una se enferma, cae en una subalteridad mayor, y si antes creían que podían decidir por mí, allí, en esa situación todos decidían por mí, hasta el gato que no tenía.
El diagnóstico me llevó a tomar otra medicina, menos letal para mis otros órganos, que con el tiempo, eliminaría la bacteria (imposible de pronunciar)que se me había metido al cuerpo, proveniente seguramente de la anciana con la cual estuve dos noches seguidas en un mismo cuarto.
Hoy me recuerdo de esto por lo de la pandemia. Por el contagio. Por la prevenciones al contagio. Cuando una está enferma deja en parte de existir. Todo se vacía. Si las mujeres somos regularmente desvalorizadas, allí caés a lo profundo de la anonimia, y peor si tenés algo contagioso. Porque nadie se te acerca tanto, nadie te mira, porque das lástima. Mi hijita no me vio el rostro sino hasta ese momento. Cuando me rehabilité ella ya había cumplido casi cuatro meses, y nunca había visto mi rostro, porque siempre usé mascarilla, si la quería ver y acercarme un poco.
Seguíamos sin luz. Las candelas fueron nuestra compañía durante largas noches. Ya por entonces el papá de mi hija se iba a cumplir con sus otras obligaciones, cosa que creo, no había podido hacer mientras yo estaba en cama. Y entonces los días fueron lentos, mi hija crecía junto a mí, que despacio me iba restableciendo, pienso ahora que crecimos juntas. Muchas cosas cambiaron en mi vida. Una de ellas, ser más precavida, sesuda, jurándome cuidarme mucho, no volver a caer en eso. Y quizás por eso ahorita me recuerdo tanto de ese periodo. Porque esas enfermedades contagiosas son tremendas. Nadie lo sabe sino hasta que lo ha vivido. Y yo lo viví hace 28 años y todavía puedo recordarlas. Pude haber muerto. Pero no sucedió, aunque hubo un tiempo en que creían que moriría, ya que no me restablecía totalmente, dejando huérfana a mi única hija.
La recuperación casi total, tardó al menos dos años, aunque volví antes al trabajo, y tuve varias recaídas. Pero eso sí me juré no volver a pasar por eso. Hay que decir siempre, que no quiere una tal cosa, hay que tener determinación. Porque nadie nos va a cuidar como nos lo merecemos. Como seres humanas, como mujeres enfermas. Hoy que lo pienso, y veo lo de la pandemia, me doy cuenta que tenemos que decir que no queremos contagiarnos. Tenemos que ver por nosotras mismas. Debemos perder el miedo a no tener los mismos bienes que teníamos. No debemos dejarnos vencer por la avaricia de tener más, de tener mucho dinero, de andar comprando cosas inservibles. Que no se pueden llevar al más allá. Sin salud todo eso es en vano.
jueves, 14 de mayo de 2020
(c.rippley, México)
CARTA A LOS PADRES QUE ESTÁN MURIENDO
En el segundo libro de Ana María Rodas, Cuatro esquinas del juego de una muñeca (1975,
se incluye un texto titulado "Carta a los padres que están muriendo" (Cuatro esquinas, 9) en donde aparece un discurso, que aparenta asumir el tono de una hija que le habla a los padres. Es obvio que literariamente se escribe en prosa, como cualquier carta que se respete. De forma conversacional y cotidiana, Rodas induce a los y las lectoras a leer entre líneas la forma de una carta de despedida, a la manera de las cartas de amor, de las cartas de liberación, luego de un largo y sufrido proceso de sometimiento, tanto mental como físico. La forma de desplazamiento de esta carta, es que no es solo un padre, se trata de todos los padres que norman, dirigen y ejercen presión y represión a quiénes en el imaginario patriarcal, resultan seres mucho más vulnerabilizados y dominados por un ente, un enorme poder, donde están todos los padres del sistema patriarcal, dictando sin descanso sus leyes, sus reglas y normas a todas las mujeres. Es obvio que la voz los colectiviza, y que en su voz se resume una voz múltiple, casi polifónica. Lo interesante de la carta es que genéricamente se convierte en texto poético. Y desde allí se les emplaza. Se trata de un escrito que también se hibridiza con el género epistolar, en cuanto a la solemnidad y al tono paciente y educado de la voz que se libera y se despide, con una buena cuota de sarcasmo e ironía.
se incluye un texto titulado "Carta a los padres que están muriendo" (Cuatro esquinas, 9) en donde aparece un discurso, que aparenta asumir el tono de una hija que le habla a los padres. Es obvio que literariamente se escribe en prosa, como cualquier carta que se respete. De forma conversacional y cotidiana, Rodas induce a los y las lectoras a leer entre líneas la forma de una carta de despedida, a la manera de las cartas de amor, de las cartas de liberación, luego de un largo y sufrido proceso de sometimiento, tanto mental como físico. La forma de desplazamiento de esta carta, es que no es solo un padre, se trata de todos los padres que norman, dirigen y ejercen presión y represión a quiénes en el imaginario patriarcal, resultan seres mucho más vulnerabilizados y dominados por un ente, un enorme poder, donde están todos los padres del sistema patriarcal, dictando sin descanso sus leyes, sus reglas y normas a todas las mujeres. Es obvio que la voz los colectiviza, y que en su voz se resume una voz múltiple, casi polifónica. Lo interesante de la carta es que genéricamente se convierte en texto poético. Y desde allí se les emplaza. Se trata de un escrito que también se hibridiza con el género epistolar, en cuanto a la solemnidad y al tono paciente y educado de la voz que se libera y se despide, con una buena cuota de sarcasmo e ironía.
La apropiación de la voz colectiva de las mujeres de distintos lugares, está intrínsecamente en esa voz. La de las sometidas al poder a veces real, con su dosis de violencia doméstica o social; la de otras, más imaginario, ejerciendo presión, sin necesidad de violencias física o mental, incluso acomodados en el espacio público y/o laboral. Ejecutando reglas, leyes y normas absurdas y sesgadas, en los espacios más educados, desde posicionamientos económicos, que obligan a las mujeres a quedarse calladas, a no reclamar derechos, a someterse o a largarse en el mejor de los casos, ante los embates desde distintos espacios del poder, ejercido desde épocas muy remotas hasta la actualidad.
"Carta a los padres que están muriendo", es el manifiesto del feminismo literario guatemalteco, quizás ladino o mestizo, aunque no se explica en el discurso a cabalidad. Porque la voz sí se sitúa desde un lugar de conocimiento, donde ha sido relegado a los faldones de aquellos padres, que le dicen ahora sí, sobre el lenguaje, sobre la escritura, sobre los temas, sobre lo que se puede y no se puede hacer en la escritura creativa. Donde le rezan la forma en que debe dirigirse al público lector. La voz lírica, femenina hace un encomio de los errores de aquellos, sus deformaciones, su presencia nociva en la vida de esa voz que enuncia. La carta es de despedida, como muchas cartas de amor, como muchas misivas donde se les leen sus defectos a los hechores, para luego definitivamente abrir la puerta, para largarse.
Considerar esta carta como el manifiesto del feminismo, no es tanto una estulticia, creemos desde los distintos espacios de los feminismos, que la "Carta" de Rodas, muy bien se pudiera leer como el primer escrito de liberación de un yugo, que mantiene todavía a los mujeres del siglo XX, debajo de los famosos faldones de los varones, que tenían y todavía tienen el poder de decidir desde espacios culturales de poder económico, sobre lo que las mujeres pueden o no escribir, decir, pintar, performativizar, incluso hasta enseñar, etc.
sábado, 2 de mayo de 2020
GESTACIÓN DE ANTOLOGÍAS
Hace años Anabella Acevedo y yo hacíamos una antología de poesía joven guatemalteca. Supongo que era entre 1997 y 1998. Hicimos de primero una antología donde compilamos poemas solo de mujeres. Nacidas entre 1920 y 1980. Eran tiempos post firma de la paz. Muy inmediatamente aparecieron las dos antologías de poesía, una de mujeres, apenas 17 mujeres en una antología. Y luego la de hombres y mujeres hasta de 30 años.
En la primera antología aparecía yo incluida como poeta. Los pormenores de mi aparecimiento en la antología ya casi no los recuerdo. De lo que sí estoy segura, es que la decisión no fue mía, aunque yo apareciera como una de las seleccionadoras del corpus que se incluyó. Más bien, la antología tiene otras hablillas literarias mucho más interesantes, pero por insidiosas no las voy a mencionar aquí. Lo que sí tenía la antología era un cierto criterio. Y digo cierto, porque no era totalmente consciente.
Pusimos poemas de las poetas ya reconocidas del corpus de poesía de mujeres. No de todas, porque algunos libros ya no existían. Y a otras no las conocía nadie. Por suerte entraron poetas menos conocidas en ese momento, como Alaide Foppa y Cristina Camacho. Nadie nos creerá, pero a Alaide nadie la ponía en las antologías nacionales. De hecho a mí en la USAC me habían dicho que no entraba en las antologías porque era española. Y la poesía de Camacho era una poesía sideral, espacial, cósmica, que a muchos varones sobre todo, les parecía no-poesía. Pero a Anabella y a mí no. La valoramos mucho, desarrolla una línea que solo ha sido tomado por algunas poetas más jóvenes.
Junto a estas poetas, compilamos a poetas jóvenes con libro publicado como Johana Godoy. Pero el resto eran poetas que no tenían libro, y tampoco teníamos la certeza que tendrían, aunque sí lo hicieron, casi todas. Desarrollaron algunas hacia la poesía, otras hacia el arte. La más joven tenía 17 años. Y publicó su primer libro hasta 10 años después de haberlo terminado en un taller de poesía, y haber dormido los textos todos esos años. Que de repente es la historia de los libros de muchas poetas del país.
La antología tiene una línea de desarrollo bien marcada. A la distancia la puedo ver mejor. Se observaba desde los poemas de Alaide una fuerte línea de desarrollo de pensamiento crítico, desde las mujeres, y cómo ellas las primeras poetas con libro publicado como Alaíde Foppa, Margarita Carrera, Isabel de los Ángeles Ruano, Luz Méndez y Ana María Rodas, marcaban con sus textos una estética del nuevo espacio poético. La línea surcaba el espacio de inicio de la década del 80 con la poesía de Carmen Matute, y luego la mía aparecida a partir de 1985, y se iba hacia las nuevas poetas como Johanna y luego las noveles, que no tenían libro publicado, pero donde ya se podía observar en sus textos inéditos, que la línea iba hacia el fin de siglo, cada vez más abierta, crítica y con una fuerte carga de cinismo que no tiene la poesía escrita por los hombres de ese mismo periodo.
En suma con 17 poetas incluidas, Anabella y yo inauguramos el espacio de publicación más abierto y democrático de obra de algunas poetas guatemaltecas. Encontrar a las nuevas poetas, fue de gran dificultad. Hoy no se puede comprender esa imposibilidad porque las redes sociales, proponen una velocidad de conocimiento, que no existía en ese momento. El problema que mirábamos era que su obra apenas iniciaba y era riesgoso en ese momento, publicar sus textos inéditos. Sin embargo, hoy que veo la obra que desarrollaron algunas de ellas. Llegaron a publicar dos y tres libros, otras un poco más, en un país, donde nadie da un centavo por la poesía. Siempre la tenemos que regalar. Pues lo considero una hazaña.
La antología nos dejó historiografía literaria. Era una antología apenas empezada la postguerra. Algunas autoras ya fallecieron, otras se desaparecieron al paso de los años, y no volvimos a saber de ellas, pero todas dejaron su marca, su huella, su surco. Lo puedo ver entre líneas en la obra de otras autoras, que de repente aparecieron, como Tania Hernández, Alejandra Solórzano, Rosa Chávez o Marilinda Guerrero, donde se observan diversas y desconocidas líneas de desarrollo, en un país tan epidémicamente amado como este.
domingo, 26 de abril de 2020
LLUEVE
Sentada aquí frente a la computadora. Leo. Pero al mismo tiempo escucho el sonido fuerte de la lluvia. Cae fuertemente sobre las láminas que cubren parte del patio de la casa. Leo. Escucho llover. Ergo, llueve. Nada prueba que yo escribo mientras llueve. La única realidad comprobable es la lluvia, que tiene sonido, que puede mojar si salgo. La escritura hace un leve tecleo sobre la computadora. Llueve. Leo. Llueve fuerte. Sopla viento fresco entrando por la ventana. Leo. No entiendo mucho lo que leo. El sonido de la lluvia sobre la lámina es fuerte. Me hace pensar. Recuerdo. Otras lluvias. Otros tiempos con lluvia. La ventana de la casa no es la misma. La ventana donde yo me colocaba a ver llover, daba sobre la calle. Miraba correr la lluvia. No había computadora. No había lectura. Solo la intensidad del momento. Sola viendo llover. Solo el sonido de la lluvia, que cae en los dos momentos parece real. Cae sobre las láminas de aquella casa de un piso, y de esta casa de dos pisos. Leo. Sé que está lloviendo fuerte. El sonido se convierte en ruido. Entra la brisa colada por la ventana semiabierta. En el pasado, miro cómo la lluvia es una cortina de agua frente a mi cara. La ventana me cubre. Hay un saliente que cubre parte de la ventana y evita que me moje. Llueve. Cae estrepitosamente sobre las dos láminas. Se escucha el ruido. Cae la tarde. Se oscurece en los dos momentos de la experiencia. Baja el clamor de la lluvia. Miro una vez más por la ventana de aquella casa que no es real. Está siendo sentida por mí. Está en este momento habitándome en la memoria. La casa real me recibe desde algún espacio del amor que no entiende, ni entenderá.
Sentada aquí frente a la computadora. Leo. Pero al mismo tiempo escucho el sonido fuerte de la lluvia. Cae fuertemente sobre las láminas que cubren parte del patio de la casa. Leo. Escucho llover. Ergo, llueve. Nada prueba que yo escribo mientras llueve. La única realidad comprobable es la lluvia, que tiene sonido, que puede mojar si salgo. La escritura hace un leve tecleo sobre la computadora. Llueve. Leo. Llueve fuerte. Sopla viento fresco entrando por la ventana. Leo. No entiendo mucho lo que leo. El sonido de la lluvia sobre la lámina es fuerte. Me hace pensar. Recuerdo. Otras lluvias. Otros tiempos con lluvia. La ventana de la casa no es la misma. La ventana donde yo me colocaba a ver llover, daba sobre la calle. Miraba correr la lluvia. No había computadora. No había lectura. Solo la intensidad del momento. Sola viendo llover. Solo el sonido de la lluvia, que cae en los dos momentos parece real. Cae sobre las láminas de aquella casa de un piso, y de esta casa de dos pisos. Leo. Sé que está lloviendo fuerte. El sonido se convierte en ruido. Entra la brisa colada por la ventana semiabierta. En el pasado, miro cómo la lluvia es una cortina de agua frente a mi cara. La ventana me cubre. Hay un saliente que cubre parte de la ventana y evita que me moje. Llueve. Cae estrepitosamente sobre las dos láminas. Se escucha el ruido. Cae la tarde. Se oscurece en los dos momentos de la experiencia. Baja el clamor de la lluvia. Miro una vez más por la ventana de aquella casa que no es real. Está siendo sentida por mí. Está en este momento habitándome en la memoria. La casa real me recibe desde algún espacio del amor que no entiende, ni entenderá.
martes, 7 de abril de 2020
Más
que una pequeña trampa: Del vacío, la memoria y
la palabra
La
obra poética de Aída Toledo es todo menos certidumbre, lo vemos –sentimos- en
este nuevo libro con el que parece continuar el desdoblamiento existencial que
inició desde sus poemas más tempranos. Mientras leo los poemas de este nuevo
libro resuenan libros como Brutal
batalla de silencios (1990) o Realidad
más extraña que el sueño (1994), o bien obras más recientes, como Con la
lengua pegada al paladar (2006) o Un hoy que parece estatua
(2010), pero no como repetición, sino como diálogo constante consigo misma y
como confirmación de una línea de reflexión sobre sí misma y sobre su entorno
que se nos presenta siempre coherente y honesta, eso sí, presente de manera
fragmentaria y obligando a los lectores a descifrar y a seguir ese hilo de
Ariadna que no deja que nos perdamos.
Pero
no estamos frente a una poeta que se mueve dentro del plano de lo puramente
referencial. Lo suyo es la construcción de poemas que pueden leerse a
diferentes niveles, pero para quien conoce su obra –y su vida- es obvio que Más que una pequeña trampa es muchas
cosas al mismo tiempo: lectura de sí misma en clave poética; diálogo con sus
lecturas literarias y filosóficas; apuesta lúdica por el enigma; invitación a
dejarse llevar por el ritmo y la sensualidad de la palabra. En fin, lo suyo es
el reto y la apuesta de quien se lanza al abismo de la palabra y de la vida
como abismo, como cenote.
Y
es que en medio de todo se encuentra el cenote como símbolo camaleónico de una
persona poética que dialoga consigo misma, con la vida y con ese ser que se
define desde el juego de tiempos paralelos pasado/presente/futuro que coinciden
en el poema y en donde la memoria se mezcla con el deseo. De tono filosófico,
los poemas de Más que una pequeña trampa
nos hablan también de una poeta que indaga sobre sí misma a partir de lecturas
y preocupaciones existenciales que se yerguen también como una biografía en
clave académica e intertextual. Reconocemos, por ejemplo, la presencia de
Nicanor Parra o de María Zambrano, pero también nos encontramos frente a agudos
guiños literarios, como el de esa rosa
puntual del “Nocturno rosa” de
Xavier Villaurrutia y de “La rosa puntual” de Enrique Noriega, poetas que
forman parte de su biografía personal y literaria y con los que la voz poética
de Más que una pequeña trampa
dialoga. De ahí que esa pequeña trampa vaya más allá que aquellos itinerarios que la
poeta pueda haber definido de manera consciente.
Dividido
en dos partes: O la nada o el vacío y
Cenotes, el libro se sostiene sobre
la idea del abismo y el vacío. A su vez, la primera parte está dividida en La
cuerda y De la ahorcada, aludiendo a ese
constante ir y venir del riesgo y la probabilidad –la cuerda- a esos saltos al
vacío que suponen el reconocimiento de la derrota y la imposibilidad –la
ahorcada. Allí volvemos a encontrar nuevamente la presencia de tópicos
conocidos y ahora presentes de forma renovada:
el amor y la pérdida; la memoria; el desdoblamiento del sujeto poético
(“Fuera lindo / Que yo / Fuera la otra, nos dice en Cenote V); la muerte; y,
por sobre todo, la palabra que convoca y que concede existencia sobre una
página en blanco que también es cuerpo y es vacío–abismo-cenote, como lo leemos
en el Cenote I, que se nos ofrece casi como un manifiesto:
La soledad de
la palabra
Imaginada
Antes de ser
escrita por la mano
Lista para
saltar
A la página
en blanco
Pequeña
suicida
Sin cenote
Y sí, la persona poética se lanza a Más que una pequeña
trampa de una manera brutal en donde la
reiteración hace que leamos este libro como un largo poema en donde la pregunta
central que se platea es sobre la vida, el desamor, el miedo y abismo de una
voz que, sin embargo, se salva y se reivindica por el cuestionamiento a través
de la palabra, que la define y la salva:
“en esta página escribo mi nombre”, “digo la palabra rosas y ellas
aparecen”, dice la poeta.
Maestra
del ritmo y de la adjetivación, Aída Toledo nos entrega un libro en donde cada
poema es una construcción poética cuidadosamente diseñada y en donde la memoria
personal se ve acompañada por una serie de sutiles referencias contextuales y
literarias que hacen que la persona poética se vea acompañada de otras
presencias y otras voces, algunas más obvias que otras. Cada poema de este
libro es, de alguna manera, la construcción de una escena, de ahí su carácter
cuasi cinematográfico, eso sí, a partir de la sugerencia, el fragmento y el
juego de planos.
De
poemas desgarradores y duros por momentos –aunque sin abandonar ese humor negro
tan suyo-, Más que una pequeña trampa,
vuelve de nuevo a esa sensualidad y ese erotismo que la poeta ha cultivado a lo
largo de su trayectoria y que se nos aparece en este libro quizás de manera más
introspectiva y sutil, pero siempre presente, como se nos presenta en el Cenote
VIII:
Este cuerpo se escribe
En estas líneas
Se posa sobre la página
Acariciándolo a usted
Que se encuentra tan lejos
Estamos ante una voz poética que se va dibujando a partir
de esos cenotes que se presentan como abismos a los que acude ante la soledad,
el abandono, el miedo y el abandono, pero que también son la posibilidad de
dejarnos atrapar por una palabra que nos reta y nos interpela. Más que una pequeña
trampa no solo es la reflexión sobre la vida,
es también la invitación a lanzarnos a una experiencia poética de la cual
podemos ser cómplices.
Introducción. Anabella
Acevedo
jueves, 19 de marzo de 2020
(Diamela Eltit en una de las acciones de CADA)
C.A.D.A.: LA FRANJA DEL NO+
En 1979 Diamela Eltit y otros artistas de Chile, entre ellos Raúl Zurita, Lotty Rosenfeld, Fernando Balcells y Juan Castillo, fundan el colectivo de arte, C.A.D.A., que se constituiría en un colectivo de acciones de resistencia, sobre las problemáticas, políticas, económicas y culturales en el Chile de la década del 70.
Leyendo las acciones que ejecutaron en un periodo beligerante políticamente, son altamente significativas para la historia del arte latinoamericano. Sobre todo para países que como Guatemala y Chile, han experimentado ciudadanamente la fuerte represión de estados dictatoriales.
Una de las acciones que el grupo realizó fue el de "Para no morir de hambre en el arte" en 1979, donde trabajaron con sus acciones el problema del hambre y la pobreza, y señalaron un alto valor simbólico a la leche. Repartieron medio litro de leche en un lugar de extrema pobreza como una de sus más importantes acciones.
Se mantuvieron activos toda la década del 80 y se enfrentaron con distintas acciones, creando finalmente una frase que tuvo mucho impacto político y donde discutieron todas las problemáticas del Chile de Pinochet. En 1983, crearon el No+, cuyo impacto fue central en la población, ya que se añadía y toda la gente lo podía hacer en distintos lugares, uno de los problemas que aquejaban a la población de aquel entonces: No + muerte, tortura, desapariciones, hambre, pobreza, cesantía. La consigna sería usada en 1988 en lo que llamaron, la Franja del No.
C.A.D.A.: LA FRANJA DEL NO+
En 1979 Diamela Eltit y otros artistas de Chile, entre ellos Raúl Zurita, Lotty Rosenfeld, Fernando Balcells y Juan Castillo, fundan el colectivo de arte, C.A.D.A., que se constituiría en un colectivo de acciones de resistencia, sobre las problemáticas, políticas, económicas y culturales en el Chile de la década del 70.
Leyendo las acciones que ejecutaron en un periodo beligerante políticamente, son altamente significativas para la historia del arte latinoamericano. Sobre todo para países que como Guatemala y Chile, han experimentado ciudadanamente la fuerte represión de estados dictatoriales.
Una de las acciones que el grupo realizó fue el de "Para no morir de hambre en el arte" en 1979, donde trabajaron con sus acciones el problema del hambre y la pobreza, y señalaron un alto valor simbólico a la leche. Repartieron medio litro de leche en un lugar de extrema pobreza como una de sus más importantes acciones.
Se mantuvieron activos toda la década del 80 y se enfrentaron con distintas acciones, creando finalmente una frase que tuvo mucho impacto político y donde discutieron todas las problemáticas del Chile de Pinochet. En 1983, crearon el No+, cuyo impacto fue central en la población, ya que se añadía y toda la gente lo podía hacer en distintos lugares, uno de los problemas que aquejaban a la población de aquel entonces: No + muerte, tortura, desapariciones, hambre, pobreza, cesantía. La consigna sería usada en 1988 en lo que llamaron, la Franja del No.
miércoles, 18 de marzo de 2020
CON PENÉLOPE EN EL TRÓPICO
Hace años me senté a la par de una persona en Antigua. Estábamos almorzando con los participantes de un congreso de literatura. Era una época de viajes, de aviones, de fronteras, de aduanas, de idas y venidas de uno a otro lado. Yo viajaba casi siempre con mi hija. Sin ella yo no habría podido hacer todo lo que he hecho. Entonces me senté a la par de un hombre norteamericano. Me preguntó dónde podía conseguir el libro de los poemas que yo había leído en una de las lecturas de obra del congreso. Le interesaba el tema de mis poemas.
Eran poemas sobre Penélope, de hecho yo había creado una/otra Penélope en los poemas. Estaba tropicalizada. Dialogaba esasuvozmía con la del mito. El tema de la fidelidad lo iba yo desarrollando en la poesía.
Nos tocó vivir una época de transición. Digamos que era difícil ser una joven en ese entonces. Nos movíamos gelatinosamente entre ser vírgenes y no serlo. Todavía creímos lo de los príncipes de los cuentos. Creer religiosamente en algo te hace caer de una altura mayor. Y las desilusiones nos llevaron a algunas a cuestionarnos, a través de nuestra propia experiencia, qué significaba para nosotras ser o no ser puras, ser o no ser diáfanas, ser o no ser fieles. ¿Y que era eso de ser fieles? ¿En que consistía?Nos repetían aquello basados en el concepto tradicional del término.
Leer la literatura griega, al menos a mí, me hizo cuestionarme mi propia experiencia periférica, desde un lugar en caos casi siempre, desde que nací. Siempre la situación política mediaba nuestras vidas. Crecimos en medio de conflictos estudiantiles, enfrentamientos entre estudiantes y policía, huelgas de maestros, de trabajadores, de gente que se atrevía a pelear derechos. Asistimos a ver en las calles la muerte de líderes, desapariciones forzadas, desapariciones por estar militando de forma subversiva. Todo aquello es nuestro contexto histórico y político. ¿Cómo congeniar todo aquello con las relaciones amorosas? ¿Qué oportunidad teníamos de concretar algo? Cuando el amor siempre parecía un cadáver. Así fue. Por eso viramos, hicimos un desplazamiento. Nacimos para reinas, pero nos transformamos en brujas, por no insertarnos muchas de nosotras en la vida tradicional de nuestras mayores. Transgredimos la vida planeada por nuestros padres. Nunca nos adecuamos. Conozco muchas compañeras del mismo momento que tampoco iban concretando lo que llamaban una "vida normal". No pudimos.
Las coordenadas políticas también incidieron. Nuestra vida de juventud se fue entre el compromiso político de amigos, familiares, conocidos; la inestabilidad política, los problemas laborales, la vida mustia que vivíamos en medio de tanto miedo, nos cansó.
Cuando empecé a desarrollar hacia la escritura, el personaje de Penélope fue central. Me di cuenta que ella había inventado una estrategia. Y que la historia detrás de esos subterfugios no estaba contada. Así desarrollé ese libro que le gustó al norteamericano, a dos voces. El libro se llama Realidad más extraña que el sueño (1992), me gané un segundo lugar en el Certamen 15 de septiembre en ese mismo año. Se publicó en 1994, por la Editorial Cultura. Escribí ese libro cuando mi hija ya existía, era una bebé cuando yo estaba escribiéndolo. Lo escribí enferma. Penélope me hizo comprender que iba a cambiar mi vida. Que si sobrevivía, mi vida ya no iba a ser la misma. Tenía una tremenda responsabilidad. Ser madre ya tarde es una responsabilidad que una no se imagina. En ese momento, era la primera vez que tenía una relación que requería que me comprometiera con el concepto de fidelidad. Y quizás por eso apareció Penélope hablándome al oído.
Pensar, repensar, volver a la figura de Penélope me hizo reflexionar sobre mi propia existencia. Buscar un subterfugio, encontrar ese algo para que mi vida no fuera tomada por otros. Los pretendientes fueron una alegoría para mí. Ese libro sobre Penélope lo escribió una madre que estaba enferma, una mujer que se daba cuenta que sentimentalmente su vida también había cambiado. Penélope me salvó. Escribir ese libro fue hacer un análisis sobre mi propia conducta, entender por qué hacía lo que hacía. En el fondo yo tenía mi propia Penélope en el trópico.
El amigo norteamericano del que en este momento no recuerdo el nombre, le llevó ese libro a Brigidina Gentile, escritora italiana que estudiaba mujeres de habla española, que trataran el tema en la poesía. Fue el destino pienso. Sentarme a la par del amigo norteamericano. Que él me hubiera escuchado los poemas sobre Penélope. Que ese fuera el tema que Brigi andaba buscando. todo se conjugó, y por primera vez una traductora italiana, hizo traducciones de mis poemas, y los colocó en esta antología.
La historia escrita es larga, pero la historiografía literaria necesita de detalles a veces.
Hoy recibí un mensaje de Brigidina, saludando en tiempos de coronavirus, para decirme que si podía actualizar mis datos, para una reedición de la antología. No todo es malo pensé. En tanto unos nos buscan de forma extrañamente inquisitorial, otros y otras, nos buscan con el respeto que ofrece la escritura de poesía.
viernes, 6 de marzo de 2020
Rosa Rodríguez López
nace en 1907 en Guatemala y fallece en la misma ciudad en 1992. Desde un inicio
Rodríguez es enviada por su familia a los Estados Unidos a la edad de nueve
años para continuar allá su formación en una escuela religiosa. Al volver a
Guatemala cuatro años después se encuentra con que en el país las muchachas no
tienen oportunidad de ir a la Universidad, lo cual le causa gran impacto. Además porque se veía a sí misma como escritora
y periodista, se da cuenta rápidamente que en el medio político en el que se
encontraba tendría que insertarse de una u otra forma, en las redes sociales
que se encontraban abiertas por un movimiento social y cultural de
transformaciones de la sociedad. De esa manera entra a pertenecer a esa red
social que giraba en torno a una serie de publicaciones en forma de revistas y
periódicos, que intentaban de varias maneras modernizar los espacios públicos.
Dichos espacios de acuerdo a la crítica, eclosionaron tras el derrocamiento de
Estrada Cabrera y proliferaron durante la dictadura de Ubico. Las mujeres de
este grupo a donde se integra Rodríguez, provenían en su mayoría de la
generación de 1920 en Guatemala, y se presentaban como poetas y escritoras.
Poseían en los medios de comunicación, una sección cultural llamada “Sociedad
Gabriela Mistral”, y manejaban para sí, al menos dos columnas fijas para
debatir los derechos de género y pelear por las reivindicaciones ciudadanas. La
red de mujeres estaba influenciada fuertemente por la teosofía y las mismas
autoras pertenecían a asociaciones y
clubs espiritistas.[1]
Es en este contexto que Rosa Rodríguez inicia
el largo camino de asaltar como puede los espacios abiertos por las coyunturas
políticas y culturales. Llegando de alguna forma a fundar esta sociedad con su
hermana y otras de las mujeres de la misma generación. No podemos dejar de mencionar que durante
este periodo de tiempo con la “Sociedad Gabriela Mistral”, Rodríguez aprende a
valorar los densos vínculos de solidaridad e identificación que existen entre
estas escritoras de la sociedad Mistral. Ya que se sienten de alguna manera,
pertenecientes a las redes teosóficas, pero principalmente por la
identificación de género.
Ya se ha señalado que fue
Rodríguez quién asumió un papel protagónico en estos grupos de mujeres
organizadas y unidas por dos fuertes vínculos. Es importante desde nuestra
óptica, cómo ella logra aprovechar con sus compañeras, un espacio que las ayudó
a salir del ámbito doméstico-privado, donde se movían, y empezar a generar
opinión desde distintos medios de comunicación, con lo que realizan lo que
llamaremos aquí el “asalto del espacio público”. En sus escritos periodísticos
trató temas feministas, y la agenda que manejaban a nivel de grupo les dio la
oportunidad de discutir estos temas que no habían sido todavía debatidos, sino
únicamente en círculos reducidos o dentro del espacio doméstico.
Rosa Rodríguez al igual que otras
de las mujeres de la sociedad Mistral, también aprovecharon la coyuntura del
estudio de la teosofía. Ya que no se veía mal que las élites intelectuales
urbanas, se dedicaran a su estudio y que lo ampliaran hacia las reflexiones
sobre el espiritismo. Esto las
privilegió para poder discutir abiertamente por los periódicos, los asuntos
relativos no solo al derecho de las mujeres respecto al trabajo y el voto, sino
a tocar otros temas como el del regeneracionismo.[2]
Rodríguez López y sus compañeras aparecieron publicadas en la revista Vida, cuya duración fue de dos años,
publicando de septiembre de 1925 al 15 de junio de 1927. Fueron 48 números,
pero donde es significativo que los
directores fueran siempre varones. Sin embargo esto no lo discutían ellas, ya
que estaba en uso el padrinazgo de algunos escritores de su propia generación.
Su participación en la sociedad Mistral le enseñaría y ayudaría al trabajo que
haría en el futuro. Este momento coyuntural le enseñaría a discutir ampliamente
los asuntos de género sin apasionadas y radicales posturas feministas. Y
aprendería en la práctica que era necesario trabajar para abolir la
inferioridad de las mujeres, de la cual nos deja noticia en sus ensayos,
demostrando que podían ser dignas de igualdad política y social.
Cuando Rodríguez decide salir
para México ha cumplido 19 años, es el año 1926, podemos señalar que la revista
Vida, se deja de publicar en junio de 1927. Lo que nos hace conjeturar sobre el
liderazgo que tenía esta escritora en las publicaciones de la sociedad
Mistral. Se desplaza hacia la ciudad de
México, para estudiar en la UNAM donde logra inscribirse sin problema alguno.
Además pronto encuentra trabajo como periodista en un diario que da noticias
sobre Guatemala. Aquí inicia su participación dentro de un grupo de
intelectuales entre los cuales estaba Diego Rivera. Al mismo tiempo conoce a
quién será su primer esposo, Miguel Ángel de León, dieciséis años mayor que
ella. Es el momento también de su primera publicación, un libro de poemas
titulado El vendedor de cocuyos (1927). Luego de un tiempo en este círculo
junto a su esposo, continúa una travesía, que en la vida de la guatemalteca no
se detendría. Además con de León procrea su única hija y de México se trasladan
a Nueva York, en un momento duro de la depresión económica en Estados Unidos,
durante la década del 20. Su vida daría
en Estados Unidos un cambio radical, ya que debe dedicarse a trabajar como
obrera en un taller de costura. De ese aprendizaje como costurera, viviendo en
el Spanish Harlem, Rodríguez obtiene una fuerte experiencia de sobrevivencia y
de conocimiento, ya que deberá hacerse cargo de su propio hogar cuando colapsa
su matrimonio. Sería haciendo este trabajo que conocería las condiciones
miserables de vida de los trabajadores hispanos en Nueva York. De ese periodo
es la fundación de la “liga de las costureras” donde participa activamente. La
organización se convertiría con el tiempo, en un espacio legal para buscar
mejores condiciones laborales para el colectivo donde se encontraba inserta.
Pero uno de los movimientos políticos más fuertes que hace en ese momento, es
el de unirse tanto al “Centro Obrero de Habla Hispana” como al “Partido Comunista
Estadounidense”, acción que le representaría con el tiempo una gran desventaja
para su estatus migratorio.
Su matrimonio finalmente fracasa
y abandona Nueva York con su hija en 1935, marchándose solas a Florida, donde
ha aceptado un trabajo para organizar a los trabajadores fabricantes de cigarros, cuando laboraba para
la Federación Americana del Trabajo. Y es allí cuando decide dar el salto del
que hablamos, en primer lugar porque toma conciencia de su nueva clase
social. Se cambiará inicialmente el
nombre y asumirá de allí en adelante una nueva identidad, más en relación con las mujeres que vivían en condiciones
similares a las de ella en posición de inmigrantes. Asume entonces el nombre de Luisa Moreno,
cuyo homenaje se lo hace a una obrera común y corriente. Se sabe ahora por
recientes investigaciones, que su nombre de pila cambia a Luisa, en honor a
Luisa Capetillo, de origen puertorriqueño, quién trabajara por los derechos de
las inmigrantes en Florida al menos dos décadas antes que Rodríguez López
apareciera en la escena. Y el apellido lo toma del nuevo color con el cual se
identifica, en oposición al color blanco, que su nombre de pila rezaba. Y de
allí en adelante lo utilizará en sus batallas pro organización de los
trabajadores en Florida, Texas y California.[3]
“La caravana de penas”
Así tituló Rodríguez López,
alias, Luisa Moreno, el discurso que dictara en Washington D.C. en 1940, con el
que denunció la dura vida y el mal trato del trabajador inmigrante, ante la
Convención del Comité Americano para la Protección del Inmigrante (CAPI). A
partir de esta acción política, directamente en el espacio público como
inmigrante, va a iniciar su propia peregrinación. Esta acción realizada por la
guatemalteca es uno de los acontecimientos de mayor envergadura realizado por
las mujeres de la primera mitad del siglo XX, del que tengamos noticia. Su
presencia en el espacio público-privado, fuera del país será tan visible que
terminará por ser detectada por las autoridades de migración, dado que nunca había
aplicado a la ciudadanía estadounidense.
De esa cuenta en 1948 a cambio de mal informar a otro líder de estos
movimientos, el FBI le ofrece la ciudadanía, pero ella se niega y junto a su
actual esposo, Gray Bemis , sale de Estados Unidos en 1950, para no regresar
jamás.
De vuelta en Guatemala asume su
identidad real, y participa por supuesto en las actividades del gobierno de
Jacobo Arbenz. Una de sus actividades fue la de la campaña de alfabetización
para las mujeres en las comunidades indígenas del altiplano. Y aunque no se
haya estudiado bien este periodo, ella aparece como una de las escritoras de lo
que se conoce como la primavera democrática.
Al caer el gobierno de Arbenz, sale para México en un nuevo proceso de
exilio, donde trabajará como traductora, y seguidamente se va a vivir a
Tijuana, trabajando para una galería de arte. Allí recibe en alguna ocasión a
los activistas César Chávez y Dolores Huerta , buscando consejo por su
experiencia política con los migrantes y las leyes. A mediados de 1980
intenta ingresar a Estados Unidos desde México, por problemas de salud, pero le
es negada la entrada, por lo que regresa a Guatemala a vivir con los familiares
que le quedaban y fallece en la ciudad en 1992.
[1] Las autoras estaban vinculadas a las redes latinoamericanas y
mantenían abierta una columna de debate con otros compañeros de su generación,
tratando de crear opinión pública, y en las mujeres en particular, sobre la
necesidad de incorporarse a la sociedad con plenos derechos al trabajo, a la
maternidad libre, al acceso a la cultura y al voto femenino. Para este tema
ver, Marta Casaús Arzú, “La creación de nuevos espacios públicos en Centroamérica
a principios del siglo XX: La influencia de redes teosóficas en la opinión
pública centroamericana”. Revista
Universum. No. 17, 2002, 297-332
[2] En el país se fundó el Círculo de Estudios Teosóficos en 1922.
“Es interesante mencionar que el vicepresidente era Carlos Wyld Ospina y de
vocales estaban las señoras de Quiroz y Vives. En otros artículos se refleja la
alta participación de las mujeres en las sociedades teosóficas, la que será permanente y muy extendida a lo
largo de tres décadas, desde 1920 hasta 1950”. Ver Casaús, “Las redes
teosóficas de mujeres en Guatemala: la Sociedad Gabriela Mistral, 1920-1940”. Revista Complutense de Historia de América,
2001, 27: 219-255.
[3] En 1938, como miembro de la Unión de Trabajadores Envasadores,
Agrícolas, Empacadores y Afines de América, organizó a los desgranadores de
nueces de San Antonio, Texas, en su reclamo por un mejor pago. Más adelante,
trabajó con los laborantes de las plantaciones en el Valle del Río Grande,
Texas. Posteriormente, en 1939, fue una de las fundadoras del primer Congreso
de Pueblos de Habla Hispana en los Estados Unidos, organización que perseguía
dar fin a la segregación en lugares públicos, en la educación, vivienda y
trabajo. Efraín Figueroa. Diario de Centroamérica. Guatemala, 11 de septiembre
de 2015. Revisado el 12 de septiembre de 2017.
https://dca.gob.gt/revistaviernes/index.php/contando-el-tiempo/932-luisa-moreno-poetisa-y-lideresa-de-los-inmigrantes
(Fragmento del capítulo En el filo del cenote (Interioridades críticas de lo literario en Guatemala de Aida Toledo. Guatemala: Cara Parens, 2019)
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