sábado, 3 de septiembre de 2022
viernes, 2 de septiembre de 2022
(m. mayer, imagen)
LA SORORIDAD COMO RELIGIÓN
Solemos olvidar que el mundo de las mujeres está repleto de experiencias donde hemos llevado las de perder tanto en los espacios domésticos como en los espacios públicos.
En la actualidad las mujeres más jóvenes que se encuentran en espacios laborales de distinta índole suelen sufrir frecuentemente de acoso de parte de sus empleadores, o de jefes menores que se consideran con derechos adquiridos por estar en una posición jerárquica arriba del papel que tienen estas jóvenes. Y suponen que como en todo sistema patriarcal, esto les da derechos de pernada.
En el caso de las mujeres que han adquirido suficiente educación para competir por puestos donde antes solo entraban los varones, uno de los impactos más grandes son las consideraciones y clasificaciones de posición y de salarios. Regularmente ganan menos que los varones que aunque no posean los mismos títulos que ellas, se encuentran valorizados un poco más arriba y reciben más sueldo.
Si una mujer reclama su derecho, puede suceder que acabe despedida, o que se encuentre alguna causa para desacreditarla y de esa manera deshacerse de ella en medio del escarnio. En estas maniobras suelen participar otras mujeres, que se encuentran en relaciones de dependencia con los jefes que regularmente son varones. O que son eslabones de un sistema que las ha atrapado y de dónde no pueden o no desean escapar, porque se ha hecho hábito recibir órdenes sin cuestionar los porqués de tal o cual decisión arbitraria por descuentes de género, clase social u origen étnico.
La experiencia nos muestra en la actualidad que las cosas no han cambiado tanto, y que tampoco los derechos peleados y luego adquiridos en las largas luchas por el derecho a la igualdad y la equidad desde el mundo de las mujeres, tienen un impacto en espacios sociales y políticos que se encuentran tomados por la corrupción, el narcotráfico y sus secuelas a distintos niveles, incluso en el académico.
La relación entre mujeres suele ser en la actualidad muy competitiva por un lado, y tiene un lado perverso que está en relación con las diferencias de edad, de clase social, de preferencia sexual y de origen étnico, donde acabamos destruyendo los lazos de solidaridad que distintos grupos de mujeres de variados lugares, orígenes y estratos, construyeron a lo largo de mucho tiempo como un puente de comprensión entre mujeres con problemáticas similares o con alguna recurrencia en las experiencias de opresión doméstica y pública.
Trabajando en espacios muy patriarcales, mujeres que hemos tenido acceso a la educación superior alta, solemos cuestionar, emplazar y rechazar los nuevos juegos del patriarcado, y escogemos como una opción posicionarnos en espacios donde se puedan habitar ambientes menos opresivos y excluyentes, cambiando nuestras actitudes y pensando y reaccionando más sororalmente, ante mujeres con fuertes situaciones de vulnerabilidad.
Ser más sensibles, abiertas y comprensivas con otras mujeres, que están situadas en espacios demasiado patriarcales, y que precisan de nuestra comprensión y ayuda para salir adelante, puede ser el único aliciente en un mundo que no está hecho para que quepan más mundos, y menos uno donde las mujeres podamos vivir libres de violencias, tanto físicas, psicológicas como epistémicas.
viernes, 26 de agosto de 2022
ENTRE JANET GOLD Y JOSEFA GARCÍA GRANADOS
Posiblemente era 1992 o 93, Ana Ma Rodas me habló por tel porque había conocido a una escritora norteamericana en Honduras, y ella le había pedido contribuciones de trabajos sobre mujeres centroamericanas. Ana Ma. le había hablado de mí a Janet N. Gold, con quien hasta hoy seguimos siendo amigas.
Yo nunca la había conocido ni había oído hablar de ella. No eran tiempos de celulares, wasap ni de redes sociales frenéticas. Apenas si bien, teléfonos en casa, y algunos todavía usaban los teléfonos monederos en las calles de la ciudad de Guatemala. Había yo tenido una hija, muy recientemente, y estaba pequeña, a pesar de eso trabajaba como en dos lugares dando clase y no sabía que un día me dedicaría como trabajo y pasión a la investigación en el campo de los ahora estudios culturales, con concentrada atención en el arte, la literatura y la cultura de mujeres de Guatemala, en ese momento y de Latinoamérica con el tiempo.
Al final Ana Ma. había amarrado el hecho que yo escribiera algo sobre Josefa García Granados de quién yo era devota lectora, al menos de lo que existía impreso en ese momento, y además mantenía una pasión por su figura descentrada y marginal, a pesar de haber pertenecido a las familias coloniales de Guatemala.
La Pepita casi no se leía en la USAC cuando yo había estudiado allí en la década del 80, y cuando se leía, estaba vedado leer "El sermón". La trabajaban pocos, y solo se la conocía, por haber escrito ese poema entendido como pornográfico. Y eso la descartaba de las lecturas tan doctas que tuvimos que hacer en aquellos años 80. De sus otros escritos casi no se hablaba, seguro nadie buscaba información. Se repetía que no había desarrollado tanto. Un compañero mío sí hizo una tesis sobre ella, cuando nos graduamos en 1989. Total que todos leíamos a la Pepita a escondidas, nadie se atrevía a ir más allá, delante de una escritora que se salía de los límites de todo. De ella tomé el nombre de mi página de internet en el año 1998, Cienvecesuna, nombre de su periódico en el siglo XIX, fundado por ella, y manejado autoritariamente, puesto que ella escribía, lo hacía circular y lo ha de haber pagado, para poder entablar diatribas con puros machos de la época. Se peleó escrituralmente con los salvadoreños que mantenían pugnas con los guatemaltecos en ese revoltoso siglo. Se discutían muchos asuntos políticos y ella no tenía empacho en externar su opinión. Acusada de rara, de vengativa, de mala madre y mala esposa, la Pepita hizo revuelos en el siglo XIX junto a sus compañeros de tertulia, escribió poesía, ensayo periodístico, teatro, y se dio gusto viviendo a su modo.
Entonces fue sobre ella que escribí el primer ensayo entre 1992 y 1993, y en el 94 ya estaba yo revisando el texto cuando me iba a ir a vivir a Estados Unidos. Por eso me recuerdo bien de todo.
Janet recibió el manucrito cuando yo ya estaba en USA, y al paso de los años lo puso en un libro Volver a imaginarlas (Guaymuras, 1998), mi texto se llama "Frente al imaginario retrato", y me lo han criticado, en diversos momentos, por la falta de rigurosidad de archivo, como que si en esa época se hubiera podido abrir los archivos o acceder a ellos en medio de la guerra, o en medio de las invisibilizaciones, que las propias familias coloniales hicieron de algunos escritos realizados por sus antecesores, como es el caso de la Pepita. Lo del imaginario retrato salió porque nunca tuve acceso a su imagen visual. Nosotros no conocíamos cómo lucía la Pepita, sino hasta muchos años después. La confundían constantemente con su nieta, la famosa del poema de Martí, María García Granados, hija de su hermano, Miguel García Granados. De quien sí había imágenes, pero de la Pepita la vimos cuando una persona de su familia, muchos años después envió una copia para ser colocada en el volumen que publicó la Tipografía Nacional en el siglo XXI. Y esa es la imagen que yo pongo ahora aquí para engalanar mi escrito de esta mañana.
Total que de Janet aprendí algo. A no dejarme vencer, y seguir rescatando y buscando escritoras que han quedado en el anonimato. Esperando que cuando no seamos mas que ceniza, alguien se ocupe de nosotras.
jueves, 18 de agosto de 2022
Elisa Rodríguez Chávez, nació en la ciudad de Guatemala en el año 1939, en un periodo histórico conocido como la "dictadura ubiquista". Hizo sus estudios de educación primaria, en el Colegio Belga Guatemalteco. Luego estudió una carrera como secretaria en la Academia Secretarial. No realizó estudios universitarios, pues estaba interesada desde niña en la educación musical, su sueño era ser pianista, y por eso se dedicó a los estudios musicales en el Conservatorio Nacional de Música, desde los nueve años de edad.
La experiencia universitaria que logró en ese tiempo se resume en algunos cursos de literatura que tomó en la Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos de Guatemala, que efectivamente coinciden con el periodo en que estaba escribiendo el libro Cárcel de su cuerpo (1962). Recuerda todavía que tomó un curso sobre el Quijote de Cervantes, impartido por el reconocido profesor Dr. Salvador Aguado Andreut.
Los acontecimientos políticos en medio de los que Elisa nació, creció y se convirtió en la escritora que produciría en la década del 60 dos importantes novelas, se pueden situar muy bien, ya que habiendo nacido durante la dictadura de Jorge Ubico, se hizo adolescente y debe haber presenciado la llegada al poder de los dos gobiernos que han dejado marcas y huellas en las generaciones jóvenes que tuvieron la experiencia de primero de la revolución de 1944 y luego la llegada al poder del primer y único gobierno socialista, que se apagó en 1954.
Lo cierto es que las novelas de Elisa Rodríguez se estaban gestando a inicios de la década del 60, o sea unos años después de la salida del presidente Arbenz, más durante el gobierno del general Castillo Armas, quién es asesinado en 1957. A Castillo Armas lo sustituye una junta de gobierno y a partir de allí la experiencia política de la juventud a la que pertenece Elisa, tiene una experiencia política similar, porque se trata de una serie de gobiernos dictatoriales, de los que no saldrá el país sino hasta la década del 80, cuando se elige mayoritariamente al primer presidente civil.
Las dos novelas de Elisa Rodríguez, Cárcel de su cuerpo y Oro de cobre, fueron gestadas tres años después de 1957. La autora había terminado sus estudios secundarios por completo y había comenzado a trabajar como asistente en una de las unidades educativas de la Universidad de San Carlos. Llevaba cerca de 4 años trabajando en la universidad estatal, cuando da inicio a la escritura de la primera novela.
El proceso de escritura comienza entonces en 1960. Lo cierto es que los primeros borradores conocidos, aparecieron en el marco del premio de los Juegos Florales Centroamericanos de Quetzaltenango en el año 1962. Pero hoy sabemos que durante el proceso de escritura, de primero construye Cárcel de su cuerpo. Lo hace entre 1960 y los primeros cinco o seis meses de 1961. E inmediatamente al terminar la primera versión, inicia la otra novela, Oro de cobre, muy influenciada por los sucesos políticos que observa de cerca en la facultad donde se encuentra laborando. Elisa poseía un borrador ya legible de los dos libros, con los cuales y motivada por su padre, decide someterlas al premio de Quetzaltenango donde Cárcel de su cuerpo resulta ganadora del certamen único de novela y Oro de cobre, obtiene una mención honorífica.
Sabemos que uno de los impactos más fuertes en las novelas de Elisa, fueron los estudios musicales, los distintos ambientes que ella vivía en el Conservatorio Nacional de Música, y su trabajo en la Universidad de San Carlos. Además de su círculo familiar que fue central para la escritura de la literatura, donde tuvo importantes contactos artísticos, profesionales y humanos, que tienen que haber marcado su obra.
Por otro lado su padre, reconocido escritor guatemalteco, era en ese momento, el Director de El diario de Centroamérica, al momento en que Elisa gana los dos premios de novela, y hoy llama la atención que los organizadores del premio en Quetzaltenago, le avisaran de primero al padre que a la escritora ganadora, y es él precisamente, el que le informa a Elisa del acontecimiento.
En 1965 la novela Oro de cobre será publicada en libro, y se reeditará posteriormente en el año 2010. La novela premiada, Cárcel de su cuerpo, nunca tuvo una edición en papel, en el presente está publicada en formato digital en México, dentro de una plataforma creada para la novela corta por profesores e investigadores de la UNAM. Y este espacio solo tiene los derechos por la edición digital. Así mismo, el sello Editorial La Pepita publicará en papel por vez primera el libro de Elisa Rodríguez Chávez en el año 2023.
Elisa va a continuar dedicándose a la escritura los años subsiguientes, pero desarrollará hacia el género del cuento, ganando premios con piezas aisladas, “La tormenta”, obtiene el primer premio en los Juegos Florales de Jutiapa; “Dipsómano” gana el premio único en cuento, además obtiene un segundo lugar en prosa en los Juegos Florales de Escuintla. El premio más importante en el género del relato breve es el de los Juegos Florales Centroamericanos de Quetzaltenango con un pequeño libro titulado Cuentos en la niebla (1974), que escribe cuando se encuentra viviendo y estudiando piano en el extranjero. Volumen de cuentos que nunca se publicó en libro. Entrevistada en este tiempo de covid, Elisa Rodríguez actualmente estudia dramaturgia, y como parte de las exigencias ha ido escribiendo obras de microteatro.
sábado, 16 de julio de 2022
(IMAGEN, M. MAYER, MEX)
SOJOURNEAR
Habito este cuerpo y tengo consciencia de ello. Soy una mujer porque tengo lo que me nombra. Habito un cuerpo que hago mío como cuarto propio. Que administro como templo. Soy una mujer que piensa. Soy una mujer que siente. Soy también una mujer que escribe. Escribir es lo único que me hace ser la mujer que habita el cuerpo desde el que hablo. Por eso este cuerpo que habito me pertenece. No es de nadie y a nadie le debe nada de lo que es y sabe. Se lo ha ido ganando a pulso, gastando horas largas y tendidas de lecturas, de reflexiones, de escritura. Rechazando en innumerables ocasiones, una vida normal, para mujeres normales que antes tejían. Y que se sentaban a esperar largos años a los Ulises de sus sueños. Soy esa mujer que consumió años de resistencias a todo. Inicialmente, al lenguaje que le fue heredado desde una construcción diferente. Intentando no saber más, sino quizás ignorar menos. Una mujer que trató sin éxito de no jactarse de lo que sabe. Y que pretendió no embrollar lo que dice, en una espiral de sinsentidos patriarcales. Todo esto para dejar en otro plano la tal vida normal. Sí, habito este cuerpo bajo mi discreción. Habito este cuerpo como una decisión de vida. Habito este mismo cuerpo que sigue siendo propio. Habito este cuerpo que me permite ser la que firma el texto. La que en libertad dice lo que piensa, lo que siente, lo que le molesta y se coloca todos los días críticamente frente al mundo y la época que le tocó en suerte.
jueves, 23 de junio de 2022
MAPEAR EL CORPUS DE ESCRITORES/AS MAYAS DE GUATEMALA
AidaToledo
(imagen, Danzantes Sotzil)miércoles, 22 de junio de 2022
REFLEXIONES SOBRE EL CORPUS MAYA EN POESÍA Y NARRATIVA DURANTE EL SIGLO XX
viernes, 7 de enero de 2022
PUTA LOCA O EL SÍNDROME DEL GOLPE
En los últimos tiempos, y con esto me refiero a años, he estado meditando, reflexionando acerca de la violencia en el idioma. Algunas de nosotras ya no somos mujeres que podríamos tolerar los golpes en la vida en pareja, pero todavía aguantamos los rudos golpes del idioma, quizás porque bregamos con esa carga todavía colonial de ir reaprendiendo a defender nuestro derecho a no ser agredidas lingüísticamente.
Y que ser agredidas por las palabras, tiene hoy, el equivalente a no poder ser azotadas físicamente. Mi propia experiencia me ha demostrado que difícilmente las mujeres que somos independientes económicamente, somos blancos fáciles de los abusos físicos, tanto en manos de hombres como de mujeres con los/las cuales podemos establecer una relación de pareja. Las palabras que azotan nuestro yo interno pueden tener consecuencias nefastas. Porque el idioma tiene una fuerte relación con la libertad, que seguro han ido ganando nuestras ancestras y que hoy nosotras asumimos como natural en nuestras vidas.
Dejarse decir cosas feas, desagradables, impunes y abusivas, puede tener consecuencias irreversibles. Me pongo a recordar relaciones que entablé en mi juventud y de las cuales pude deshacerme, porque mi energía vital era muy fuerte, y me habían enseñado en mi casa, que los hombres no abusan así como así de las mujeres. En mi caso, las relaciones de pareja han sido con hombres. Así, a mí me dio el ejemplo mi padre. Y se lo enseñó a mi hermano. Nosotras, las tres mujeres vimos esto y de allí aprendimos. Pero no significó que no nos viéramos expuestas a esas relaciones desagradables por falta de análisis, y por no poner atención a los consejos de gente sabia, que veía lo que nosotras no lográbamos ver, por ese tipo de ceguera social, que nos inducía al fracaso, y que fue parte de nuestro ser social e histórico.
En la actualidad si un hombre o mujer al que pensás que le debés fidelidad, laboriosidad y recato, osa agredirte con palabras, habría que analizar más las razones por las cuales arremete contra vos de esa manera. Seguir echándonos la culpa no es el remedio. Porque socialmente nos han enseñado que tenemos la culpa, si alguien nos maltrata física o verbalmente. Por el simple hecho de ser mujeres. Cuando en realidad no tienen derecho a tratarte mal de ninguna de las dos formas. Porque hay maneras de resolver esas violencias, hablándolas o decidiendo la separación, porque es obvio que algo no camina ya bien, cuando montado en ira, porque no accedés a no dar tu opinión, te dice puta y luego te llama loca. He conversado con varias mujeres, que han tenido la misma experiencia. Esas dos palabras son muy fuertes, y juntas significan el equivalente a un golpe que no te dieron. Por un lado sabemos que puta, se refiere a la conducta sexual libre, y loca a no ser capaz mentalmente de pensar racionalmente. De las dos formas las mujeres a lo largo de la historia hemos sido tildadas cuando los/las compañeras nos quieren golpear simbólicamente.
Y a pesar de que el análisis que hacemos está dentro de la razón, algo en el fondo nos mantiene calladas, inertes casi, sin poder tomar decisiones que nos alejarían de esos malos tratos, que aunque al inicio se hallan borrado con disculpas, se siguen repitiendo, ya sin ellas, sobre todo si nos resistimos a no quedarnos calladas, cuando aparecen problemas que se pueden resolver hablando o separándose de las personas que ya no nos toleran como somos. Y además es evidente que nosotras tampoco lo hacemos.
Es por eso que escribo esto hoy y aquí. Porque mi mayor expresión de libertad está en la escritura, y es central para mí poder analizar mi propia experiencia a través de la palabra. El error de las personas cuando te agreden verbalmente es creer que es mejor, a que te agredan físicamente. Como que fuera una cosa por la otra. Cuando en realidad, si lo vemos desde un punto de vista humano, no hay derecho a ninguna de las dos.
Mi análisis final sería seriamente tomar decisiones. He visto cerca de mí los abusos que comenten gentes sobre mis seres queridos, pero también he vivido en carne propia los abusos verbales sobre mí, y y pensaba estas noches, que topé con eso. Y que es necesario tomar determinaciones que aunque sean tristes, me puedan alejar de estar expuesta a ese tipo de golpes simbólicos, que me causan depresión y no permiten que lleve una vida más normal.
domingo, 2 de enero de 2022
Presentación del libro Meter la mano en las entrañas – sobre teoría y prácticas del género testimonial1
Dr. Jorge Oswaldo Andrade Tapia
Universidad Nacional de Educación de Ecuador
En primer lugar, quisiera agradecer a Aída Toledo por la invitación a presentar su libro. Lo considero un verdadero privilegio y una responsabilidad que espero poder cumplir satisfactoriamente. Voy a organizar mi presentación desde mi experiencia como lector y desde varios puntos de vista y los iré explicando de uno en uno, sin extenderme demasiado.
El primero punto de vista sería presentar el libro desde mi posición como un outsider, alguien que viene desde afuera, y nuevamente desde varios niveles.
Para empezar, debo decir que no soy un experto en el testimonio, aunque conozco algo sobre el tema.
También soy un outsider porque conozco muy poco de la literatura (y la historia) guatemalteca.
Y, por último, había conocido a Aída Toledo solamente como poeta. Leer su prosa ha sido solo una confirmación de talento como escritora y como crítica literaria y cultural.
El segundo punto de vista gira en torno al texto de Aída como una experiencia de aprendizaje, de reaprendizaje y, lo que podríamos llamar, desaprendizaje.
Por último, este libro me ofrece un desafío y una oportunidad.
Como decía, no soy un experto en el testimonio, pero como cualquier estudiante de literatura latinoamericana, en la maestría y el doctorado conocí algunas de las obras analizadas por Aída en la primera parte de su libro. En los tiempos en los que hacía mis estudios de posgrado me familiaricé con las discusiones teóricas y no teóricas sobre el testimonio, y, en particular, con la obra Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia, que es uno de los ejes sobre los que gira el texto de Aída.
Aunque no es posible en pocos minutos hacer un resumen del texto, es posible señalar los aspectos que como lector me han resultado más valiosos.
La primera parte del libro de Aída es un recorrido teórico e histórico del testimonio en Latinoamérica, un recorrido rápido pero puntual por los aspectos más relevantes de este género. Las páginas del libro me permiten refrescar mi memoria sobre aspectos que se me habían escapado con el tiempo: el rol del autor, del intermediario, del intelectual solidario, del transcriptor, del editor, los testimonios autoriales y la transdisciplinariedad descolonial. Pero también me recuerdan las teorías del subalterno y de la otredad. En ese sentido para mí ha sido un acto de reaprendizaje.
El testimonio, como bien lo establece Aída, es en sí mismo un fenómeno complejo y complicado. Políticamente está marcado por una especie de estigma ideológico, el de la izquierda – con algunas excepciones, como los textos de Ujpan, analizados en este libro – lo que causa desconfianza en el establecimiento. También es un tipo de relato fragmentario, a momentos incompleto y hasta desinformado (cabe recordar que los autores – la autoría es uno de los debates por los que transitamos de la mano de Aída – son en muchos testimonios personas sin educación formal o personas que no hablan o no dominan el castellano). Los productores de estos relatos – orales o escritos – se encuentran en espacios políticos y sociales vulnerables y en ocasiones surgen de experiencias de supervivencia, como en las guerrillas o los periodos de guerra y exterminación. El relato testimonial también puede olvidar o recordar parcialmente hechos trascendentes, pero también es un texto necesario porque aporta para completar o reparar hechos históricos no registrados, intencionalmente o no. Es una especie de contrahistoria o archivo alternativo y eso también causa contratiempos frente al orden hegemónico.
El libro de Aída me ha permitido hacer un recorrido por mi memoria de estudiante. Había olvidado los detalles de las discusiones – a menudo candentes – de la obra de Rigoberta Menchú. Me hizo recordar la visita de Rigoberta a la Universidad de California hace casi 20 años y todo el alboroto que causó en la universidad y en la ciudad. El teatro estaba tan lleno que tuvieron que pasar la charla por circuito cerrado para que todos los interesados pudieran escucharla. Pero también esta experiencia de reaprendizaje me ha hecho recordar el trabajo investigativo y los escalofriantes reportes de Rodolfo Walsh, en Operación masacre, la obra de los cubanos Esteban Montejo y Miguel Barnet, en Biografía de un cimarrón, el testimonio de la boliviana Domitila Chungara, la relación conflictiva ente Josefina Bórquez y Elena Poniatowska, en Hasta no verte Jesús mío, y más.
Quienes, por desconocimiento o porque no es nuestra área de especialización, nos hemos mantenido al margen o solo hemos topado superficialmente los debates sobre el testimonio, el texto de Aída nos lleva por el camino del desaprendizaje. Recuerdo de mis años de estudiante de posgrado las acusaciones que se hacían a Rigoberta Menchú sobre supuestas falsedades en su primer libro. El testimonio es un tipo de historia paralela a la historia oficial, que dice lo que la historia oficial oculta. Y lo va a decir desde una memoria fragmentada, colectiva, una conjunción de recuerdos y testimonios orales. En el libro de Menchú “se trata específicamente de la capacidad comunal del relato oral”.
También hemos escuchado que el testimonio como género ya se ha agotado, pero como lo demuestra el análisis de Aída, “el testimonio no se ha agotado, ha mutado, se ha hibridizado más, se ha desplazado hacia un arte de la memoria principalmente”. Los textos testimoniales siguen apareciendo y siguen siendo necesarios, especialmente en países como Guatemala, cuya historia parecería ser una espiral eterna en la que la violencia, la pobreza, la discriminación son el eje constante sobre el que gira este círculo vicioso.
Me ha impactado conocer por primera vez a autores como el Padre Ricardo Falla, Mario Payeras, y otros. Me ha sorprendido mirar el libro de Balam Rodrigo El libro centroamericano de los muertos en la categoría de testimonio, y puedo entender con claridad los argumentos de Aída. En este sentido, el libro de Aída ha sido también una experiencia de aprendizaje para quienes, como yo, conocemos tan poco sobre Guatemala.
Conocía a Aída como poeta y muy buena en su arte. Ha sido una grata revelación confirmar su talento como escritora y crítica literaria y cultural en este libro. No puedo, sin embargo, dejar pasar un momento, de muchos, en el que la prosa y la lírica se mezclan en el ensayo académico. Me permito citar un párrafo de la conclusión: “En este momento utilizo esa imagen de La hora de la estrella de Lispector, para salir por la puerta del fondo. No estoy convencida que podamos concluir algo definitivo sobre el testimonio como género, sobre el testimonio como discurso, como gesto descolonizador. No me cabe la menor duda que el testimonio es un género literario que ha sobrevivido a la larga polémica teórica y práctica del siglo XX. Ha aguantado los golpes suaves o rudos de la crítica más convencional y conservadora. Ha estado en el banquillo de los acusados. Ha sido condenado como no- género, como no-literatura, se le ha negado la existencia. Y ha seguido reapareciendo en otros campos, entre otras disciplinas se ha colado, para seguir adelante discutiendo sus particularidades, su metamorfosis y su camaleonismo”.
A veces discutimos con nuestros colegas y estudiantes y tratamos de convencerlos de que la escritura creativa nos permite acceder a la escritura académica. La prosa de Aída confirma lo que para los estudiosos de la lengua siempre ha sido una certeza. Un buen escritor creativo es un buen escritor académico.
Al final, me parece que Meter la mano en las entrañas es un libro necesario, porque nos permite, como en mi caso, aprender, reaprender y hasta desaprender lo que conocíamos o pretendíamos conocer sobre el testimonio. Creo que los numerosos textos y temas que trata la autora merecían un poco más de espacio, pero la economía del lenguaje de Aída le ha permitido darles un lugar, aunque sea un poco apretado, en un libro que se lee rápido, que se disfruta y que al mismo tiempo afecta e incomoda al lector. Deja en mi mente la sed por conocer más y mejor los autores que antes desconocía, buscar un libro del padre Falla, leer Los días de la selva, de Payeras y releer y tratar de asimilar el contenido a veces brutal y a menudo doloroso de Balam Rodrigo en El libro centroamericano de los muertos, buscar el relato de Reyna Caba, libros que no son fáciles de conseguir en Ecuador.
El libro de Aída también abre una puerta para mi propio trabajo como investigador: a eso me refiero con que es un desafío y una oportunidad. En los últimos meses hemos estado desarrollando un proyecto de investigación sobre la migración en el Ecuador, un tema presente que nos afecta como ciudadanos, como compatriotas, como docentes e investigadores. En el Ecuador, la migración – la emigración debería aclarar – se trata desde las estadísticas y los ensayos sociológicos, políticos, económicos y hasta históricos, pero no se le ha dado voz al migrante, y ese es un espacio en el que el testimonio nos puede ayudar a reconocer esta herida que, literalmente, desangra a nuestro país, y una vez que la reconozcamos, podamos buscar maneras de cerrarla, y si no sanarla, al menos dejar constancia de la importancia de la emigración, de los peligros, los riesgos y los resultados.
Por todo lo dicho, por este recorrido por un género que no pasa, que no puede pasar de moda, agradezco a Aída por su libro que definitivamente mete las manos en las entrañas, unas manos que no salen limpias – no pueden hacerlo – pero que de alguna manera se purifican en las duras memorias que van apareciendo, fragmentadamente, a veces incompletas o inconclusas, pero siempre necesarias.
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